Con la que está cayendo el término excelencia se cuela con demasiada frecuencia en nuestra vida profesional. Vivimos obsesionados por medir méritos (impacto, citaciones, rentabilidad, …), para definir excelencia que indica algo casi único, genial, de élite, elegido, lo que significaría que existe sola. ¿Y el resto? ¿O se trata de una coartada para reducir presupuestos, excluyendo a la mayoría?.

excelente vs mediocreCuando en un centro sanitario alguien aluda a la “excelencia” de su unidad acto seguido exigirá recursos a costa de otras unidades que serán tachadas despectivamente de mediocres. La “depredación” llevará al desequilibrio asistencial –docente investigador- con todos sus problemas.

La excelencia se utiliza con frecuencia como un arma arrojadiza para presupuestos, becas, subvención de proyectos, sexenios de investigación, acceso a Jefaturas y Cátedras, etc. En su concesión se usan criterios excluyentes para seleccionar a los excelentes. En un proceso poco estimulante. Todos conocemos magníficos profesionales que, ante la dificultad por competir con grupos de excelencia, han tirado la toalla y han cerrado su “mediocre” línea de trabajo con el enorme perjuicio social que conlleva (cursos de Doctorado, doctorandos, becarios, etc para caer en la rutina).

Los políticos creen que en biomedicina como en deporte, es relativamente fácil “construir” una medalla de oro concentrando recursos. Pero lo deseable es preparar una gran masa de deportistas para beneficiar el deporte y la salud del país y además se obtendrán medallas.

Un “excelente”, un “genio” como se sabe elegido por los dioses, no permite medir la actividad de un país, en impacto, tendencias, aplicaciones sociales etc. y si se aspira a promover la excelencia de todos, deja de ser excelencia. Además la palabra y concepto excelencia no casan bien con el trabajo en equipo y en red, que debe estar presidida por los CUDEOS (comunalismo universalismo, desinterés y escepticismo organizados) de Merton de la sociología de la ciencia. Su aplicación interesada, utilizando para todo la valoración de las publicaciones científicas, lleva inexorablemente al efecto Mateo, basado en el pasaje del Evangelio: “Al que mas tenga se le dará y tendrá abundancia; y al que menos tenga se le quitará lo poco que tenga porque no lo merecería”.

excelente enemigo bueno¿Quiere decir que no defiendo la excelencia?, No digo tal cosa, intento explicar que, si la administración solo apoya la excelencia crea mas desequilibrios de los existentes ¿O es deseable que algunos equipos tengan que recurrir a “trucos” para hacer compatibles varias subvenciones mientras otros acaban tirando la toalla? ¿Es lógico que la mayoría de los centros sanitarios tengan alguna unidad de élite mientras otras son tercermundistas? ¿Quién no conoce universidades que, a favor del efecto Mateo, tienen una asignatura con 6-8 catedráticos mientras otras asignaturas escasamente tienen la dotación de un titular?.

En el ámbito privado la ley de la oferta y la demanda es equilibradora de la actividad, pero en el público la excelencia lleva al efecto Mateo, bueno para las personas del grupo pero perverso para la sociedad por los desequilibrios que produce.

Me gustó un relato de Luis Landero donde refiere cómo un tipo vulgar, tras valorar ventajas e inconvenientes, decidió organizar su vida para llegar a ser perfecto en su mediocridad. Consistía, entre otros principios, en elegir un trabajo gris, ejecutado con corrección, evitar  aglomeraciones y aislamientos, lenguaje normal, votar en blanco, carecer de manías y, como el Ulises urbano, hacer un arte de la vulgaridad. Esta caricatura de la mediocridad debería ser ensalzada a la categoría de imprescindible y ser tomada en consideración. Constituye la masa crítica por la que se autorregula la sociedad científica, académica y asistencial. Soporta y alimenta el progreso social. No nos engañemos, de nuestros Premios Nobel, Cajal fue un “francotirador” y Ochoa obtuvo sus méritos en el extranjero. Quienes de verdad han elevado el nivel asistencial, científico y universitario, han sido los miles de grupitos que, prácticamente sin recursos, hacen “extras” a contracorriente de su ambiente, sus gerentes y a veces sus propios compañeros. Si se les descarta en las convocatorias de excelencia, si se recuperan los cerebros a costa de dejar fuera al investigador medio, si se potencian en los centros sanitarios solo las unidades “excelentes”, si se dotan las cátedras universitarias fijando los perfiles según los candidatos, olvidando las necesidades, seguro que favorecemos alguna excelencia, pero en un país con graves deficiencias. Si los profesionales con ilusiones al límite y escasez de recursos, que es la masa crítica mas importante en biomedicina, son excluidos el mayor perjuicio es para los jóvenes residentes y becarios (si es que queda alguno).

Opino que el concepto excelencia en biomedicina tendría que contemplar el equilibrio, al mayor nivel deseable, entre publicaciones en revistas de máximo impacto, alta valoración docente y asistencial y capacidad reconocida de organización, gestión, comunicación, divulgación, transmisión de ilusiones, asesoramiento a instituciones, asociaciones, alumnos y dirigentes. Me temo que solo se optará por considerar lo mensurable para determinar los méritos. En resumen, todos estamos de acuerdo en la necesidad de contar con grupos de excelencia, en la recuperación de “cerebros”, en premiar la productividad científica y en aprovechar a los profesores mas brillantes, pero siempre que el sector público garantice que el profesional medio, fundamental en la sociedad, no es expulsado del sistema y que al menos pueda aspirar a perfeccionar su “mediocridad”. O sea, que lo mejor sigue siendo enemigo de lo bueno.

Dejar respuesta