Depresión

Melancolía, romanticismo y depresión. Tres términos que, significando lo mismo médicamente, a lo largo de la historia se han percibido de forma diferente.

Dependiendo del aspecto dominante, se encuadraba en este proceso a personas delicadas, sensibles , creativas, tristes, etc. que suscitaban una cierta simpatía en los demás. Hoy día la sintomatología es más cruda y el término depresión, generalizado desde el siglo XVIII, es más adecuado. Lo que se consideraba “un estado de ánimo” con el desarrollo de la Psiquiatría y la Psicofarmacia se ha identificado como un “trastorno del estado de ánimo”, es decir, una enfermedad, transitoria o permanente, caracterizada por sentimientos de abatimiento, infelicidad y culpabilidad. A veces acompañada de ansiedad;siempre con sufrimiento. Todos aceptan que se trata de una enfermedad muy compleja y, como tal, sometida a debate cualquiera de sus facetas:

Profesionalmente, Psiquiatras, Psicólogos clínicos o no, aparte de Farmacólogos, Médicos de familia, Endocrinólogos, Neurólogos, etc. reclaman su protagonismo; y creo que con razón.

Se acepta que el origen es multidisciplinario -factores biológicos, genéticos, psicosociales- lo que da pie a todo tipo de hipótesis.

La clínica, sintomatología subjetiva y variadísima, base de la clasificación, explica las dificultades de consenso diagnóstico y terapéutico.

El diagnóstico, esencialmente clínico, exige un estudio diferencial con una larguísima relación de procesos endocrinos, metabólicos, neurológicos, inflamatorios, degenerativos, etc. En muchas ocasiones, a su vez, están en el origen de la depresión. La participación de otras especialidades justificaría el aspecto multidisciplinar.

Otro debate se abre con el tratamiento. ¿Cuándo y cuánto tiempo utilizar antidepresivos? ,¿y el control de los factores biológicos o posible enfermedad de base?, ¿cuándo ,cuánto y cómo la psicoterapia?, ¿cómo evitar el incumplimiento terapéutico?,etc.

Y mientras se discute “si son galgos o son podencos” los hechos son tozudos. Por eso nos parece adecuado el interés de la OMS. Pero que nadie piense que es para hablar solo un día, como suele ocurrir con muchas celebraciones del “Día…”.

La OMS destaca algunos datos:

Se estima que la enfermedad afecta a unos 350 millones de personas (prevalencia en torno al 3%). No se contabilizan adecuadamente los enfermos del tercer mundo. Además está aumentando en torno al 18% en los últimos 10 años. Es especialmente llamativa en mujeres y adolescentes (4-5% de prevalencia).

Las consecuencias personales-hasta el suicidio- y sociales pueden resultar devastadoras. Las recaidas y cronificación son frecuentes. Los costes directos e indirectos derivados de la asistencia sanitaria, absentismo escolar y laboral, caída de la productividad e implicación de las familias pueden resultar altísimos.

Las soluciones tienen que partir de todos: sociedades científicas, asociaciones, instituciones oficiales, etc. Los medios de comunicación juegan un importante papel en la educación sanitaria. Entre todos tenemos que superar el estigma que suponen socialmente las enfermedades mentales.

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