antibióticos control consumo

El consumo de antibióticos de fines de los años 70 había que frenarlo.

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Curiosamente todos lo sectores estaban de acuerdo, aunque por distintos motivos, ¿Por qué?:

  • La administración, sobre la que recae la mayor carga del gasto farmacéutico asiste preocupada al inexorable incremento anual del citado gasto en el que los antibióticos tienen un peso importante.
  • Los científicos asisten impotentes al incremento de aislados resistentes con unas cifras que superan a las del resto del mundo.
  • Los médicos cambian sus hábitos terapéuticos ante los fracasos con las pautas convencionales.
  • La industria se adapta perfectamente a la situación lanzando nuevas moléculas mas caras, obteniendo mas beneficios, pero empieza a preocuparse porque sus esfuerzos en investigación pueden rentabilizarlo en menos años; sus moléculas se “queman” rápidamente.

Y con este panorama ¿qué se hace en la década de los 80? Paradójicamente nada mas que alguna que otra tímida denuncia de la situación. Esta especie de parálisis social está justificada por varios motivos entre los que citamos:

  1. No existen estudios ni datos concretos, salvo los económicos de un sector, sobre la producción y consumo (ver capítulo) y sobre todo no se conoce el consumo en el resto de los países, lo que impide saber con certeza si nuestra situación entra dentro de la normalidad. Además se actúa con tiento para no molestar demasiado a la potente industria farmacéutica, motor de la investigación biomédica.
  2. En el ámbito científico-sanitario se discute si las resistencias son causa o consecuencia. En el medio hospitalario era, y es, fácil demostrar la aparición de resistencias a un fármaco tras su utilización, pero en Atención Primaria, el mas importante mercado, es complicado su demostración. Incluso actualmente, son escasas las investigaciones que lo demuestran. Por otro lado, la aparición de resistencias impulsaba la investigación de nuevas moléculas que dinamizaban el sector y llevaba a los optimistas a confiar en la capacidad humana para desarrollar nuevas estrategias. O sea, que frente a las bacterias, erróneamente, el genio humano siempre dominaría.
  3. En otro sentido, siempre hubo defensores de la necesidad y ventajas del consumo como tal: seguridad terapéutica ante ausencia de diagnóstico etiológico (falta de laboratorios) y la práctica erradicación de procesos como la fiebre reumática. Otros se preguntaban ¿Se logra algo reduciendo el consumo humano cuando crece en veterinaria?
  4. En la industria farmacéutica se asiste a una tremenda paradoja. El lanzamiento de una nueva molécula, lanzada para “sustituir” a otra inferior (resistencias, farmacocinética etc.) se sigue siempre, como si de una ley física se tratara, del crecimiento exponencial en consumo de la última y ¡del mantenimiento de la “sustituida”! al menos durante meses o años.

En las discusiones sobre si son galgos o podencos nos plantamos en la década de los 90 con una situación ya insostenible. Las actuaciones de los diferentes colectivos, aunque tímidas, dan cuenta de la preocupación imperante.

En 1990 se aprueba la ley del Medicamento modificada luego por la ley 13/1996 de 30 de Diciembre. En este ámbito legal se contemplan la comercialización de genéricos, la obligatoriedad de la receta para adquirir antibióticos, la mayor rigidez en requisitos para registro de nuevos antimicrobianos, los comités hospitalarios, de ensayos clínicos etc.

Fue un paso importante pero presenta curiosidades que podemos comentar: Es fundamentalmente economicista que persigue principalmente contener el gasto con escaso éxito inicial. Es lo que ocurrió con los genéricos que van escalando puestos muy lentamente. Para que el lector se haga una idea de la dimensión del problema en el año 2005 disponíamos en España de 15.125 formatos comerciales autorizados en Atención Primaria y 1535 hospitalarias (el 10,2%). Solo de las hospitalarias contamos con 272 especialidades genéricas de los que la mayoría, 165, corresponde al grupo de antiinfecciosos sistémicos.

La obligatoriedad de la receta se saldó con un rotundo fracaso al faltar el desarrollo de la ley que penalizara las infracciones. Se llegó a dar la paradoja que, pese a la prohibición, según encuestas de la Sociedad Española de Quimioterapia, en 2006, la automedicación (adquisición sin receta) alcanzaba el 32% del consumo. La transferencia de Competencias sanitarias a las Comunidades Autónomas dificulto la toma de decisiones en esta línea aunque algunos implantaron la política de la Unidosis, como un paso para el uso racional de los antibióticos. Los argumentos a favor y en contra se sucedieron en un “todos contra todos”. La reducción de costes era relativo porque se hacía a cargo de los farmacéuticos (tiempo personal etc.) y el fracaso estaba cantado.

En mi opinión estamos en camino de enmendar la situación, basada en las actividades de los últimos 15 años consistente en 3 puntos:

  • Sensibilizados por lo problemas derivados del consumo se han multiplicado las investigaciones para conocer la realidad del consumo, necesidades y repercusiones.
  • Las sociedades científicas y otras instituciones aprovechan cualquier circunstancia para hacer una Formación continuada entre profesionales y ayudar a la educación sanitaria de los ciudadanos.
  • La participación de la Unión Europea en la regulación del uso de Antimicrobianos en Veterinaria y sobre todo la aplicación ¡por fin! a finales de 2005 de la penalización correspondiente al infringimiento de la ley que prohibe suministrar antibióticos sin receta.

Autor J. Prieto Prieto

 

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