El Alfonso XIII laboratorio de higiene

A nadie hay que convencer de la penosa situación sociosanitaria española de finales de siglo XIX, y el caso es que no faltaban personas o grupos con ilusión y preparación para diagnosticar problemas e intentar poner soluciones.

El Alfonso XIII laboratorio de higiene

La mortalidad infantil superior a 280 x 1.000, la falta de higiene, la tuberculosis, paludismo, difteria, tifus, cólera, viruela, y otras infecciones eran dramas nacionales queproducían más de 100.000 muertes al año en mayores de 1 año para una población de 17 millones. Las esperanzas de vida eran de ¡32,1 años!. Afortunadamente coincide la época con el descubrimiento de muchas bacterias patógenas causantes de infecciones y el desarrollo de vacunas, sueros y otros remedios que podían enmendar la tragedia sanitaria.

En 1899, el Dr. Taboada dirigía un modesto Instituto de Vacunación y el Dr. Mendoza el de Bacteriología. El Dr. Cortezo, Director General de Sanidad, recoge una iniciativa de 1897, que no había prosperado, donde se habían implicado Alfonso XIII, Ramón y Cajal y otros, en una curiosa suscripción popular y, agrupando los 2 modestos institutos existentes crea en el verano de 1899 el añorado Instituto Nacional de Higiene con el nombre de “Instituto de Vacunación, Sueroterapia y Bacteriología de Alfonso XIII”.

La dirección del Instituto fue motivo de intensos debates. Se buscó un líder, médico de prestigio y con buena preparación en bacteriología. Como era habitual en aquella época la alternativa era Ferrán o Cajal, adversarios científicos en numerosos foros.

Finalmente Ferrán es vetado por Cortezo y se nombra a Cajal que, aunque mas famoso por la histología, con seguridad era el mejor bacteriólogo español del momento. Rápidamente nombra a su equipo (Mendoza, Tello, Murillo, Mouriz, García Izcara, Colomo, Victor Cortezo y Pittaluga) y se pone a trabajar. Se instalan inicialmente en el viejo edificio de una antigua vaquería situado en la calle Ferraz. La provisionalidad duraría hasta 1913 en que se inaugura la nueve sede de Moncloa (destruida en la guerra civil). Comprendía cuatro secciones principales (Vacunación, Sueroterapia, Bacteriología y Biología) con los departamentos de apoyo de Veterinaria y Química.

A lo largo de los primeros 20 años apenas cambia el organigrama y únicamente se anotan cambios en algunos nombramientos. Por ejemplo aparecen los Dres. Ruiz-Falcó, Obdulio Fernández, Serret y Puerta y en 1920 dimite Cajal, pasando F. Tello a la dirección.

De las funciones del Instituto Alfonso XIII se conocen fundamentalmente las docentes. A lo largo de su existencia miles de farmacéuticos, veterinarios y médicos españoles recibieron una magnifica formación sanitaria. Los cursos “Diplomado en Sanidad” son el ejemplo mas conocido. La otra labor, menos conocida pero no menos importante, era la producción “industrial” de sueros y vacunas que debía cubrir las necesidades nacionales. Para hacernos una idea de su importancia relacionamos la siguiente producción correspondiente a 1901:

Linfovacuna antivariólica: 53.275 viales

Antitoxina diftérica: 40 litros; 438 frascos de suero antidiftérico; 50 gr. de suero desecado

Vacuna antirrábica obtenida en el Alfonso XIII por el método Pasteur, dosis para 50 enfermos.

Hay que recordar que a principios de siglo mueren de viruela una media de 3.000 pacientes año y que la vacunación antivariólica sería de aplicación obligatoria a partir de 1906. Dada la situación político-económica española, el Instituto no solo era rentable en lo económico, sino también estratégicamente necesario.

En el caso de la antitoxina diftérica ocurre algo similar; 60.000 enfermos anuales con mas de 5.000 muertes en la edad infantil, hacía a esta enfermedad especialmente dramática y la seroterapia era la medida mas eficaz. Debemos aclarar que la vacuna antidiftérica no se establecería hasta 28 años mas tarde.

En 1905 se incrementa la producción y unos años mas tarde se anuncia en los periódicos que cualquier médico puede adquirir la vacuna antivariólica al precio de una peseta la dosis, para tres personas, y 10 cc de suero antidiftérico por cuatro pesetas. Así mismo la institución dispone ya de un catálogo que incluye, además de los citados, la vacuna anticarbuncosa y antirrábica, los sueros antiestreptocócico, anti mal rojo del cerdo, antitiroideo y sueros para forenses (para revelar sangre humana). Así mismo se oferta la realización de análisis de emunctorios, líquidos patológicos, aguas y alimentos.

Estas actividades producen unos importantes ingresos que se suman a los presupuestos oficiales (generalmente escasos) y las aportaciones que hacen algunos investigadores que utilizan el material del Instituto para tesis doctorales, preparación de cátedras etc. Pero esta situación económica provoca inevitablemente tentaciones o cuando menos envidias, viéndose involucrado el Director, D. S. Ramón y Cajal en al menos dos procedimientos rodeados de un cierto escándalo, aunque se resolvieran en ambos casos sin mayores consecuencias. El primer caso (1906) llevó a constituir oficialmente la Junta Inspectora del Instituto Alfonso XII. El segundo se encargó de “publicitarlo” en el periódico ABC el mordaz escritor W. Fernández Flórez.

El atosigante control oficial del Instituto, mas la creciente demanda de sueros, vacunas y otros elementos terapéuticos y la experiencia económica y de gestión obtenida en el Alfonso XIII necesariamente debía inducir alguna iniciativa empresarial. Efectivamente, en 1918 se crea en Madrid el Instituto THIRF que corresponde a las iniciales de sus propietarios todos ellos del Alfonso XIII, los Dres. Tello, Hidalgo, Illera, Ramón Fañanás (hijo de Cajal) y Falcó (Ruiz Falcó) que aportaran un capital fundacional de 11.000 pesetas cada uno. Cualquier iniciativa era buena y necesaria en aquella época lo que explica que no se aplicara incompatibilidad alguna, permitiendo el cargo simultáneo en el Alfonso XIII (Tello sería Director al poco tiempo y Ruiz Falcó y Ramón Fañanás ocuparían subdirecciones).

No tardaría en salirle competidores. Cuando están montando el THIRF, Pittaluga Catedrático de la Complutense y también profesor del Alfonso XIII se une a Arcaute, Castillo, Garmendía, Cervera, Campuzano, Mouriz y Arrese. Junto al empresario Urgoiti, ponen en marcha el laboratorio Ibys, emblema de los faraones, panacea de eterna juventud y vigor.

Pero el año 1926 se descubre la vacuna con toxoide antidiftérico y la vacuna antitosferinosa y en el año 27 la antitetánica y la BCG. Se avecinan importantes desarrollos comerciales y son necesarias altas inversiones. En 1929 se fusionan los dos laboratorios bajo el nombre de Ibys, que sería un protagonista en las iniciativas con los primeros antibióticos españoles después la guerra civil. Los primeros director y subdirector del nuevo laboratorio fusionado fueron Ruíz-Falcó y Ramón Fañanás respectivamente. La tradición de este laboratorio facilitaría en los años 50 la publicación en su revista de todos los acontecimientos relacionados con efemérides de Cajal, Tello, reuniones de higienistas etc.

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