Enfermedades como motores del desarrollo de los antibióticos, o antibioticoterapia.

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En historia, lo mas fácil y atractivo a la vez consiste en identificar hitos históricos con nombres y/o fechas pero, como en las revoluciones todo hecho se produce en un contexto cuyo estudio suele ser de gran utilidad. En este capítulo solo pretendemos relacionar algunos fenómenos.

Siempre hemos identificado a Ehrlich como el padre de la quimioterapia y a Domagk (sulfamidas) y Fleming (penicilina) como iniciadores de la era de la antibioticoterapia. Habría que añadir a ciertos personajes ya olvidados que son también claves en la historia. Pero todos estos personajes se sitúan en ámbitos determinados ¿Cuales son estos escenarios?

Siempre la enfermedad ha provocado en el hombre una necesaria reacción. Las epidemias, superados los ancestrales sentimientos de sometimiento al destino, provocaran, a partir de la edad media sobre todo medidas revolucionarias. Frente a las pestes se establecieron medidas higiénico-sanitarias y políticas. Ya en los siglos XIX-XX, cada vez que una epidemia se cernía sobre el horizonte de países vecinos se creaba en España, como en otros países, un Ministerio, o Dirección General o similar, se instaba a iniciar campañas de vacunación, se libraban fondos para investigación apareciendo toda una pléyade de expertos, charlatanes, benefactores, aprovechados … que creaban un grupo social peculiar. Las cosas, aunque ahora recibe otros nombres, no han cambiado demasiado.

Además de las “pestes” en general, algunas infecciones han sido mas influyentes en la antibioterapia. El paludismo, con la historia de la quina fue un caso importante pero trascendió menos que otros como la sífilis. En esta enfermedad vergonzante, se habían utilizado todo tipo de remedios y lo mismo pasó con los derivados arsenicales que Ehrlich estaba probando para enfermedades tropicales (tripanosomiasis). Cuando se comprobó la eficacia del 606 en la sífilis todo cambio. Ehrlich siguió trabajando con arsenicales (neosalvarsán) y lo mismo hicieron otros equipos. En el Instituto Rockefeller obtuvieron la tripanosamida para la enfermedad del sueño y la sífilis cerebral. En el Instituto Pasteur el estovarsol para la sífilis primaria y en la Universidad de California recuperaron el carbason, descartado por los alemanes por su ineficacia antitripanosómica, como el mas eficaz fármaco en la disentería amebiana. Para procesos sifilíticos se aprende a recuperar infernales compuestos tóxicos a base de suavizar su acción, buscar otras vías de aplicación o disminuir dosis. Así se dispone del mafarseno, derivados mercuriales (mertiolato, mercurocromo) y sobre todo los derivados frente a terribles enfermedades como el kala-azar o leishmaniosis visceral, el botón de Oriente y la enfermedad del sueño. Pero lo más importante es que con la sífilis se aprende una metodología de investigación en antimicrobianos. ¡Lástima que no se pudiera disponer de un modelo experimental adecuado! al no cumplir los postulados de Koch (el Treponema pallidum no se cultiva).

Las estafilococias y estreptocócicas han sido también enfermedades clave. En ellas se daban 2 factores importantes. Metodológicamente eran fáciles de estudiar y su prevalencia y gravedad las hacían especialmente dramáticas. De hecho Domagk recibió el encargo específico de su empresa de buscar algún antiestreptocócico y las experiencias de la penicilina estuvieron muy ligadas a las estafilococias.

Otras enfermedades como la meningitis cerebroespinal epidémica o la fiebre tifoidea parece que se beneficiaran de la inercia investigadora con diferentes fármacos y alguna otra como la tuberculosis merecería un capítulo aparte, por la complejidad e importancia de su historia.

Seguramente en los últimos 50 años las que mas influencia han tenido han sido: las infecciones hospitalarias, verdadero motor de desarrollo actual en investigación aplicada. Las resistencias bacterianas acompañan como una sombra a la aparición de nuevos fármacos que a su vez, como si de una estúpida carrera, se tratara, intentan distanciarse de su sombra. De todas formas las aportaciones han sido indudables. Carbapenems, quinolonas, etc. presentan una potencia inusitada y se introducen nuevos antifúngicos en un número y eficacia destacable. Pero donde mas se ha notado el desarrollo, ha sido en el campo de los antivíricos. El SIDA ha actuado de potente motor que ha impulsado la aparición de numerosos compuestos especialmente una nueva visión de la quimioterapia antiviral.

Otros factores han impulsado, tanto o mas que las infecciones el desarrollo de la antibioticoterapia. Destacaremos algunos:

La aparición a mediados del siglo XIX de los tintes sintéticos revolucionó el mundo en las mas variadas facetas, textil, química, armamento, artística etc. pero en lo que a nosotros nos ocupa también el campo de la etiopatogenia y de la quimioterapia. Los colorantes eran el campo de Ehrlich y con ellos trabajó hasta encontrar el salvarsán y neosalvarsán, y en este campo continuaron otros muchos, gracias al cual se encontraron las sulfamidas. Este aspecto lo podemos ligar con el papel de la industria. En una dinámica de retroalimentación animada por la necesidad de nuevos antibióticos (resistencias, nuevas indicaciones) la tecnología, y por que no admitirlo, la economía, se produce un desarrollo sin precedentes de la industria farmacéutica, que se extiende desde los antibióticos a todo tipo de fármacos.

Las guerras han sido siempre motivo de todo tipo de desgracias pero, en el sentido positivo luego ha habido aportaciones interesantes. La guerra franco-prusiana con las pérdidas francesa de Alsacia-Lorena dejó para muchos años una serie de odios que no respetaron ni a los intelectuales, llevando a una competencia muy interesante. El grupo de Pasteur y sus discípulos y el de Koch y los suyos, siempre trabajaron mirándose por el rabillo del ojo. Tras la Primera Guerra Mundial entraron en liza los ingleses y poco después también los americanos. Muchos recelos de Pasteur, experiencias de Fleming con enfermos gangrenosos en la 1ª Guerra, los episodios del francés Forneau con la germanina de la casa Bayer, la carrera ante la inminencia de la 2ª Guerra Mundial, el desarrollo acelerado y producción masiva de la penicilina en laboratorios americanos durante esta guerra, son algunos ejemplos del impacto que las guerras han tenido sobre los antibióticos. No en vano los estrategas sabían que muchas guerras las ganaban los militares y las perdían las infecciones.

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