Esta pregunta tiene una lógica e inmediata contestación; los antibióticos no engordan, si acaso son los consumidores de antibióticos los que engordan.

Respecto a esta respuesta se pueden dar dos enfoques el animal y el humano. En ganadería se conoce bien la utilidad de los antibióticos en terapéutica y como ¡promotores de engorde! Pero ¿qué son los promotores? En los años 50 los ganaderos norteamericanos observaron que añadiendo al pienso desechos farmacéuticos industriales con nutrientes y restos de tetraciclinas y/o cloranfenicol (recién descubiertos) mejoraban el rendimiento animal en carne leche y huevos. Se generalizó su uso en granjas (lechones, terneros, ponedoras) evitando brotes de gastroenteritis y otras epidemias, facilitando la adsorción de nutrientes y por tanto el engorde (de aquí “promotores de engorde”). También se evitaron retrasos y otras irregularidades en el ciclo de producción animal, aspecto fundamental en la explotación ganadera masiva.

Por otro lado, los problemas suscitados con los promotores no son nuevos, se remontan a 1969 en que se recomienda no utilizar en animales productos que se fueran a utilizar en humanos o seleccionara resistencias; se habían aislado Salmonellas resistentes al cloranfenicol, de elección para infecciones por este género microbiano. Esta política no se admite en USA donde se defienden las ventajas reales sobre los posibles inconvenientes. Desde 1975 se incorporaron en ganadería antibióticos descartados en humanos como avoparcina, tirosina, virginamicina, bacitracina, flavomicina, avilamicina, monencina o salinomicina entre otros. No hizo falta esperar mucho para encontrar un gran número de resistencias cruzadas con antibióticos usados en humanos: Vancomicina, macrólidos, aminóglicosidos, quinolonas… quedaban “tocados”.

A partir de 1998 se empiezan a prohibir en Europa la avoparcina primero, luego (en 1999) la espiramicina, bacitracina y tirosina, mas tarde la avilamicina y fluoromicina y finalmente se prohibió en Europa la práctica de promotores de engorde con antibióticos.

La sensibilidad de SalmonellaE. coliCampylobacter y enterococos ha mejorado desde entonces.

En España, la falsa cultura creada en torno a la inocuidad de los antibióticos, facilitó un uso casi libre. Por su alto precio, la dificultad para obtenerlos en la primera época y sus propiedades, su uso llegó a considerarse un signo de distinción familiar para los niños enfermizos con infecciones de repetición por ejemplo. La observación de mejoría general y del estado nutritivo llevó a principios populares del tipo de “los antibióticos engordan” “dos mejor que uno”, “el antibiótico no hace daño”… fue una de las causas del uso excesivo en pediatría hasta la década de los 80. En el ámbito rural los que sobraban o caducaban se añadían al pienso de las mascotas y animales domésticos. No se podía desechar un fármaco tan preciado.

Los estudios sobre el microbioma del tubo digestivo darán luz y confirmaran los datos que ya aparecen en publicaciones de alto impacto en estos últimos años. La clave está en relacionar como causa o consecuencia la alteración de la flora intestinal con cambios metabólicos. Es la explicación de la acción como promotores de engorde en granjas y piscifactorias. Se acepta que, experimentalmente, los animales que reciben antibióticos a bajas dosis cambian su metabolismo, aumentando su grasa y su peso en 8-15%. Se relaciona con alteraciones de la población microbiana intestinal por la acción de antibióticos que, por el contrario, cuando es persistente y/o a altas dosis son el punto de partida de efectos secundarios locales intestinales.

Las consecuencias son múltiples. El ciclo de producción limitado en el tiempo con la limpieza, renovación completa en la granja etc. no evita la selección de resistencias transmitidas a humanos y alteraciones ecológicas (residuos, abonos…). También se producen fenómenos de acumulación en los productos alimenticios (carne, leche, huevos…) productores de sensibilizaciones.

En las diferentes etapas pediátricas el empleo de antibióticos es muy alto y desconocemos su influencia a largo plazo, pero el aumento de la obesidad en el mundo coincide con el uso generalizado de antibióticos; algún papel deben desempeñar que deberá dilucidarse con mas investigación.

En consecuencia los antibióticos no son inocuos, sus acciones pueden afectar a terceros y por tanto los tienen que controlar las autoridades sanitarias y se deben indicar solo en los casos en los que el médico estime mas beneficios objetivos que inconvenientes.

(publicado en el nº6 Revista Infección y Vacunas. Año 2013.)

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