Le podríamos añadir otras características como el signo más frecuente, el más  estudiado, el que más veces se determina, el más referido en publicaciones científicas o el primero relacionado con la infección. Desde el siglo VII a.C. existen referencias a la fiebre que después (era hipocrática) se interpretó como un desequilibrio con dominio de la bilis amarilla (frecuente asociación a la ictericia) En el XVIII-XIX coinciden el desarrollo de aparatos de medida, concepto científico medico (C. Bernard) y etiología infecciosa.

fiebre-infeccionAunque fueron muchos los intentos de medir la temperatura y otros tantos los aparatos diseñados, la termometría se inicia en 1592 con el termómetro de agua de Galileo. Amontons en 1699 ideó el termómetro de aire demostrando la ebullición del agua a misma temperatura constante lo que le permitió fijar la primera referencia. Después Fahrenheit en 1714, entre la temperatura de ebullición y la de congelación, establecería la primera escala (212-32ºF) reproducible y muy estable, primero sobre un termómetro cerrado de alcohol y finalmente de mercurio. Luego Celsius en 1742 reconvertiría la escala a decimal de 100 a 0ºC aceptada en todo el mundo salvo en USA. (siguen con la escala ºF)

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Termómetro de agua de Galileo.

Los termómetros descritos eran una simple curiosidad en Medicina porque eran de lectura lenta, grandes, engorrosos y muy frágiles. Por eso, en 1866, el invento del inglés Allbutt, de un termómetro de 15cm de longitud, compacto y de lectura en no mas de 5 minutos, convirtió en rutina su uso en pacientes. Había nacido el termómetro clínico y la termopatología. El maravilloso aparato dividió a los médicos. Unos se escudaban en el tacto clínico como método tradicional que enriquecía el “ojo clínico”. Otros, los emergentes científicos, vieron en el termómetro la posibilidad de cuantificar efectos patológicos. El físico Kelvin que trabajó también en este campo (T absoluta) llegó a afirmar: “Ciencia es medir y comparar, lo demás es opinar”.

El éxito del termómetro clínico fue tal que en apenas 2 años, 1868, el alemán Wunderlich fijó la aplicación clínica con un ingente trabajo de investigación. Estudió varias veces la temperatura de unos 25.000 ciudadanos hasta obtener cerca de ¡un millón! de datos. Fijó, la T normal en 37ºC y la fiebre a partir de 38º. Casi 150 años más tarde estos datos siguen siendo válidos; y algunos de los nuevos estudios aportan más confusión que claridad. En 2001 una Sociedad internacional (IUPSCTP) ve la necesidad de definir la fiebre como: “Elevación de la temperatura normal…”. Es evidente que el paciente no se va a poner el termómetro el día anterior a su enfermedad. ¿Es tan difícil establecer la T. normal?. A lo citado se unen numerosas variantes como momento del día, edad, sexo y tiempo de aplicación. Los termómetros de mercurio, por su riesgo de toxicidad, han sido prohibidos. Los niños ya no podrán jugar a recoger y fusionar las gotitas de Hg dispersas por el suelo cuando “descuidadamente” rompían el termómetro; la era digital ha entrado en la termografía.

termómetro rotoLa fiebre, como signo clínico, marcó avances importantes en Infectología. La fiebre amarilla, las fiebres palúdicas, fiebres exantemáticas, eruptivas, tifoparátificas, tercianas, etc. son ejemplos de cómo el signo fiebre con el color de la piel, lesiones cutáneo-mucosas, estado tifoso, cronología u otros signos o síntomas añadidos conferían carácter patognomónico al  proceso. La termometría clínica vino a desarrollar otro campo, la termografía- Desde finales del XIX, por las finas observaciones clínicas se elaboraron patrones propios de cada enfermedad, evolución y pronóstico. Es el caso de la fiebre en meseta, en V, ondulante, intermitente, contínua, recurrente, remitente, efímera, del 5º día… La prueba de su importancia es evidente. Si curiosea cualquier tratado de infecciosas lo comprobará. Por ejemplo el Mandell le dedica 169 apartados específicos con 52 entradas, y 117 subapartados. En los diccionarios, como en el Dorland por ejemplo la fiebre ocupa 226 registros diferentes de los que 185 corresponden infecciones. Curiosamente se incluyen ¡67! epónimos como F. de Malta, de Oroya, del Valle del Nilo, o de las Montañas Rocosas.

Pero aparecieron los antipiréticos; la quina, la aspirina y actualmente los potentes antipiréticos le restan valor diagnóstico a la fiebre; si añadimos los antibióticos, capaces de cambiar el curso de la infección nos explicaremos el menor interés clínico. Y siguen controversias en torno a la etiopatogenia, ventajas e inconvenientes, valor diagnóstico y peso de la fiebre en “escores” de sepsis, neumonías, infecciones del neutropénico, indicaciones de antipiréticos, conducta ante la F. de Origen Desconocido, etc. Si la historia, la tecnología, la prevalencia y las lagunas médicas son argumentos a favor de una especialidad, el manejo de la fiebre sigue siendo al menos un área de interés.

 

Autor: J. Prieto. Fiebre e Infección.

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