La gripe llega a España

En España la gripe vino a añadir la crisis sanitaria a la grave situación social, económica y política en la que vivía el país. Las condiciones de vida resultaban difíciles en general y verdaderamente miserables para una buena parte de la población. El descontento social se iba extendiendo cada vez más e influía, junto con los problemas de territorialidad, a crear un clima de inestabilidad política con continuos cambios de Gobierno. La reducción de las tasas de mortalidad que se venía experimentando desde principios de siglo, con el consiguiente aumento de la población española (había alcanzado ya los 20 millones de habitantes), y la no intervención en el gran conflicto armado (España mantuvo su posición de neutralidad durante toda la guerra) eran los únicos claros celestes que dejaban ver los negros nubarrones a los que acabamos de referirnos.

Las primeras evidencias de la epidemia se registraron en el centro del país y desde este foco se difundió al resto de la Península ibérica. En junio, toda España –muy especialmente las zonas urbanas– estaba sufriendo los efectos de la gripe con más intensidad que la mayoría de los demás países europeos. La gripe se hizo notar fundamentalmente en Madrid a partir de las fiestas de San Isidro –el 23 de mayo El Heraldo de Madrid hablaba de más de 100.000 personas atacadas por la “epidemia reinante”, cifra que se había duplicado una semana después–, aunque, según el diario ABC, en su inicio la desagradable infección se reducía a “dos o tres días de brazos caídos y cuerpo derrengado”; por su parte las autoridades municipales hablaban de “numerosas invasiones” de una enfermedad de muy escasa duración que no ofrecía “gravedad alguna”. La vida social, laboral y cultural de la capital se vio seriamente afectada; la gripe alcanzó hasta al propio rey y a parte del Gobierno de Eduardo Dato, muchos cines y teatros cerraron y Correos y Telégrafos, entre otras instituciones y empresas, llegaron a la parálisis casi completa. Una situación parecida se repetiría en muchas capitales de provincia.

Al principio, dada la benignidad de la epidemia, una gran parte de la población se la tomó a broma convencida de que podía sobrellevarse con humor …y unas dosis de aspirina; mientras tanto, entre los responsables sanitarios, había quien hablaba ya abiertamente de gripe y quien prefería aludir a “una enfermedad todavía no diagnosticada”. Sin embargo, ante la extensión de la epidemia y el cariz que tomaban los acontecimientos el 1 de junio el ABC advertía que era preciso que “sin alarma, pero con seriedad, dejándose de motes ridículos, que más dicen de inconsciencia que de ingenio, el vecindario se preocupe de la amenaza que le acecha. La epidemia va tomando caracteres de gravedad, que es preciso atajar con el esfuerzo de todos”. Pero la alarma comenzó a sonar ante las dudas, la preocupación e incluso el sentimiento de pánico de muchos. Según El Liberal, la confusión existente provocó “otra enfermedad más peligrosa que la gripe y que se llama por los aledaños de las antiguas puertas de la villa ‘canguelitis’”. Afortunadamente, a mediados de junio, esta primera oleada, comenzó a declinar y, a principios del mes de agosto, prácticamente había desaparecido del país.

No obstante, lo peor estaba por llegar. La segunda oleada apareció de forma brusca en distintos puntos de la geografía española en la última semana de agosto y la primera de septiembre. Las numerosas fiestas de finales de verano, las celebraciones de las cosechas por San Miguel, el continuo trasiego de trabajadores eventuales (se calcula que en aquella época existía más de medio millón de vendimiadores) y el ir y venir de los nuevos reclutas y de los soldados licenciados fueron los principales focos de difusión de una epidemia que tuvo en el ferrocarril un medio de transporte idóneo. La oleada se prolongaría hasta mediados de diciembre, tuvo sus momentos más álgidos en los últimos días de octubre y los primeros de noviembre, afectó muy especialmente al área mediterránea y al noreste del país y fue más cruel en aquellas zonas que habían sido poco atacadas por la invasión gripal de la primavera. En Barcelona, sólo durante el mes de octubre, se registraron más de 150.000 casos con cerca de 10.000 defunciones atribuibles de forma directa o indirecta a la gripe. A finales de otoño, la epidemia se había extendido por todos los rincones del país y alcanzado en algunas regiones una tasa de mortalidad de hasta el 2% de la población. Según el Boletín de Estadística Demográfica Sanitaria, en 1918 fallecieron en España más de 148.000 personas a causa de la gripe, por lo que es de suponer que las víctimas fueron muchas más, habiendo señalado algunos autores una cifra en torno a los 250.000 fallecimientos. Pero a las familias españolas no sólo llegó el luto, sino también el pavor y el estupor.

Si recurrimos nuevamente a la prensa, podemos afirmar que conforme fue acentuándose la extensión y gravedad de la epidemia se fue acrecentado tanto el malestar de la población ante la escasa respuesta del Gobierno como la crítica general a los poderes públicos. El 12 de octubre se señalaba en El Liberal: “¿Va a tratar a este microbio, que torpedea a las poblaciones españolas, como acostumbra a tratar a los demás microbios y macrobios que hacen lo mismo? (…). Ahora no pueden alegarse divergencias de opiniones. Todo el país cree que puede ponerse inmediatamente remedio a los estragos de este enemigo que nos ha entrado por las puertas”.

Asimismo, el escepticismo de la opinión pública fue cada vez mayor ante los postulados de la medicina científica y, una vez constatada la gravedad de la epidemia y su “carácter gripal”, los medios de comunicación trataron de elaborar un discurso explicativo pagano (M. I. Porras).

La tercera oleada, que duró desde febrero a mayo, fue “como el rescoldo que queda después de un gran incendio, ya que, lentamente fue afectando a aquellos pequeños reductos donde aún existían personas que carecían de defensas inmunológicas” (B. Echeverri). De acuerdo con los expertos, la enfermedad presentó las mismas características de virulencia, pero el índice de mortalidad fue diez veces inferior.

Apuntes de la gripe en la literatura española

En su Cuaderno gris, el libro en el que supo hacer como nadie lo pequeño hermoso y dotar de universalidad lo próximo, lo local, Josep Pla dedica extensos comentarios a la epidemia de “gripe española” comenzando ya con la primera frase del libro:

“Como hay tanta gripe han tenido que clausurar la universidad. Desde entonces, mi hermano y yo vivimos en casa, en Palafrugell, con la familia. Somos dos estudiantes ociosos”.

En la tercera semana de octubre, cuando la gripe está en pleno auge, relata el escritor ampurdanés:

“La gripe hace terribles estragos. La familia se ha tenido que dividir para ir a los entierros. En La Bisbal ha habido el de María Linares. En Palafrugell, el de una hija de dieciocho años (una flor de criatura) de la familia S. He ido a La Bisbal.

Desde la calle se oían llantos. Llantos en la casa y en la escalera del piso. Espectáculo impresionante que contrasta con el aire de compostura de la gente –un aire que, al oír los llantos, se encoge automáticamente, se vuelve marchito y hundido–. Estas manifestaciones de dolor lo transforman todo y hasta el paisaje parece diferente”.

Y apenas unos días después:

“…La gripe continúa matando implacablemente a la gente. En estos últimos días he tenido que asistir a diversos entierros. Esto, sin duda, hace que empiece a sentir una mengua de emoción ante la muerte –que sentimientos reales y auténticos se me transformen en una especie de rutina administrativa–. Nuestros sentimientos están siempre afectados por lo poco o por lo mucho           –son de una movilidad indecente–. Aunque sólo fuese por esta razón, convendría que este escándalo de la patología tuviese un fin –que la gripe no matase a nadie más–”.

Ya el 24 de febrero del año 1919 es el propio escritor quien contrae le enfermedad:

“He pasado todo el día de ayer y una parte del de hoy en la cama, con la gripe. He sudado como un caballo. Treinta y seis horas seguidas. Me levanto pálido y deshecho. Por un lado, me parece que me hubiera podido morir y que me he librado por los pelos. Cuando constato que, a pesar de la fatiga, me puedo levantar, pienso que quizá ha sido una gripe benigna (…). Las esquelas son numerosísimas. Pone la carne de gallina. La gente dice que la infección microbiana ataca, sobre todo, a los organismos fuertes y de complexión robusta”.

Por su parte, en Mi idolatrado hijo Sisí, Miguel Delibes recrea la situación vivida en una capital de provincias con la llegada de la gripe:

“-¡Ah, la gripe! –dijo Cecilio Rubes–. ¡Desde cuándo la gripe es una enfermedad importante?

Pensaba en Cecilio Alejandro y creía que con sus gritos restaba gravedad a la situación; quizás, hasta podría ahuyentar la gripe; todo dependía del vigor y la convicción que imprimiera a sus palabras.

Dijo Valentín:

– Esta de ahora no es cosa de broma, señor Rubes. Es una gripe que no se pasa con dos días de cama y un sello de aspirina.

Méndez levantó su rostro granujiento. Siempre se ruborizaba para hablar; con un rubor que lo incendiaba todo, la frente, las orejas y los párpados:

– Ayer murieron dos mujeres en mi barrio –dijo.

-… Mi barrio –dijo Valentín– ¿No me había dicho a mí el párroco que no dan abasto los curas para administrar la Extremaunción?

La ciudad entera se sentía atenazada por el invisible fantasma de la gripe. Se dictaron una serie de medidas preventivas: se cerraron las escuelas y los teatros; se suprimieron los paseos dominicales; las empresas funerarias montaron un servicio nocturno permanente para atender el exceso de enterramientos; a los niños nuevos se les imponía el nombre de “Roque” para preservarles de la peste; Las fondas y hospedajes cerraban por falta de clientes; los alumnos de la Facultad de Medicina recibieron una autorización especial para tratar casos de urgencias; los médicos no descansaban ni de día ni de noche… y Cecilio Rubes decía: ‘¡Ah, la gripe! ¿Desde cuándo la gripe es una enfermedad importante?’(…).

La gripe alcanzó su cenit en la ciudad y lentamente comenzó a decrecer. Los datos de las autoridades sanitarias invitaban al optimismo (…). La tensión de Cecilio Rubes comenzó a decrecer también. Seguía el luto ahincado en la ciudad, pero era un luto sosegado y pacífico. Poco a poco la gente iba asomando a la calle; iniciaba tímidamente los paseos dominicales, un teatro abría sus puertas, otro anunciaba la próxima apertura con la reaparición de una compañía de cómicos muy renombrados, y, de este modo, la ciudad iba retornando a su antiguo ritmo, encontrándose a sí misma, olvidándose del paso funesto de la peste como de un mal sueño”.

 

Leer capítulo 1: La verdadera historia de la Gripe del 18

Leer capítulo 2: “Verdad y literatura de la gripe española”

Próximo capítulo: “La gripe y la partida de ajedrez”

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

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