SANTIAGO RAMÓN Y CAJAL O EL ENTUSIASMO

Nadie mejor que Santiago Ramón y Cajal personifica el significado de la palabra “entusiasmo”, hasta el punto de que si no existiera en el diccionario debería inventarse para describir uno de los principales rasgos de su personalidad. Los otros dos, la fuerza de voluntad y el patriotismo, también se relacionan estrechamente con el entusiasmo, pues no en vano éste se define como “estado de intensa excitación espiritual provocado por la fe en algo o la adhesión a alguien, que se manifiesta en la viveza o animación con que se habla de la cosa que lo provoca o el afán con que se entrega uno a ella”.

Cajal tiene una fe inquebrantable en el progreso científico como motor de avance social y de mejora de la vida de las personas y al servicio de esta tarea pondrá una “voluntad indomable” alimentada por la tenacidad y un constante afán de superación: “el entusiasmo y la perseverancia hacen milagros”; en sus Charlas de café comentará: “Si hay algo de nosotros verdaderamente divino, es la voluntad. Por ella afirmamos la personalidad, templamos el carácter, desafiamos la adversidad, corregimos el cerebro y nos superamos diariamente”. Su firme adhesión a España, aún en las horas más bajas de su historia, es incuestionable: “Amemos a la patria aunque no sea más que por sus inmerecidas desgracias”; en su discurso Patria chica, alma grande (1890) instará a los jóvenes: “El territorio de España ha menguado; juremos todos dilatar su geografía moral e intelectual”.

Esa excitación estimulante, ese “dios interior” (entheos), se manifiesta en Cajal no sólo en su singular tarea investigadora del sistema nervioso, sino también para desarrollar otras facetas de su excepcional capacidad de trabajo: da clases, forma investigadores, se adentra en el camino de la Bacteriología, descubre fórmulas para realizar la instantánea fotográfica, mejora la técnica e incorpora el color a la fotografía, dibuja exquisitamente tanto temas artísticos como anatómicos, pinta con calidad estimable, graba en madera, publica no sólo para científicos, sino también con afán divulgador, escribe cuentos y ensayos y aun le queda tiempo para acudir a las tertulias de café y cultivar el debate enriquecedor y las relaciones amistosas. Por eso, no es de extrañar que Lain calificara de “homérica” la figura cajaliana y que para el histopatólogo alemán H. Spatz, Cajal fuera un verdadero héroe: “Heroica era su apariencia, heroica la noble expresión de su lenguaje, heroico su ánimo para vencer toda suerte de obstáculos. Heroica fue, en fin, la meta de sus aspiraciones: lograr que el nombre de su patria fuese apreciado en el mundo entero”. Por su parte, el biógrafo W. Williams lo describía como un “Don Quijote del microscopio”, mientras que Unamuno lo tomaría por ejemplo “vida bien llena y bien útil”.

 

CAJAL Y SU TIEMPO

Cuando Santiago Ramón y Cajal nace el primero de mayo de 1852 en Petilla de Aragón hacía escasamente tres meses que se había producido el frustrado atentado del cura Merino contra la reina Isabel II; justamente el año que le fue concedido el premio Nobel de Fisiología y Medicina (1906), Mateo Morral atentaba contra Alfonso XIII y su esposa Victoria Eugenia de Battenberg tras la celebración de la boda real. Son dos claros ejemplos de la inestabilidad política y social de la España que le tocó vivir a Cajal, una España sobre la que planeaba el espectro del hambre, de la miseria y de la incultura –a mediados del siglo XIX tres de cada cuatro españoles eran analfabetos, situación que apenas había mejorado: dos de cada tres, al comenzar el siglo XX–, que se fragmentaba interiormente por las guerras carlistas, el ascenso de los nacionalismos y los diferentes intereses políticos –durante su vida tuvo tiempo de conocer cuatro reinados, dos Repúblicas, decenas de gobiernos de uno y otro signo y varias Constituciones–, que no acababa de solucionar convenientemente su presencia en África y que perdía todas sus posesiones en América y Asia, lo que provocaría una gran crisis en el tránsito del siglo XIX al XX y la necesidad de un programa de regeneración –al que se sumaría decididamente Cajal–, cuyo precursor fue su admirado Joaquín Costa; el programa regeneracionista defendía la construcción de un futuro libre del lastre del pasado y basado en el progreso, estaba en línea con el espíritu liberal y, en su lado más izquierdista, defendía la separación de la Iglesia y el Estado, así como la independencia del Poder Judicial.

El año 1852, que se había despertado a la mañana con la importante novedad del sello de correos en las cartas postales con las que se comunicaban entre sí los españoles, también alumbró otras grandes personalidades de la cultura y de la Ciencia española, como el arquitecto Antonio Gaudí, el inventor Leonardo Torres Quevedo y el bacteriólogo Jaime Ferrán, éste último personaje protagonista, como luego veremos, de uno de los más importantes capítulos de la vida del “Cajal-bacteriólogo”.

En el terreno cultural, puede decirse que, a partir del estuario del Romanticismo   –corriente cultural surgida del movimiento ilustrado como respuesta a la caída de Antiguo Régimen–, las aguas de la mentalidad ochocentista estuvieron movidas por tres oleajes fundamentales: el Evolucionismo, que tuvo en su vertiente biológica su máximo exponente con la obra de Charles Darwin, el Positivismo, que, tomando su nombre del sistema filosófico de A. Comte, iría mucho más allá y acabaría inundando la vida entera, y la general convicción de que el curso de la historia podía ser racional y científicamente entendido. “Hoy el mundo ya no tiene misterios. La concepción racional pretende aclararlo todo y comprenderlo todo… La Ciencia ha renovado la concepción del mundo y revocado irreversiblemente la noción de milagro y de lo sobrenatural”, dirá M. Berthelot dejando claramente establecida la nueva mentalidad. Y es que los sabios del siglo XIX habían aceptado el reto de Kant: “atrévete a saber” y se habían lanzado “a campo traviesa” a la empresa titánica de conocer científicamente al hombre, “el más adecuado objeto de estudio para el hombre”, según había proclamado A. Pope. En cuanto a la Medicina, en un sentido amplio puede decirse que la vida de Santiago Ramón y Cajal corre paralela al desarrollo de la etapa científica de la Medicina

Por eso, no es de extrañar que, en lo que a la Literatura se refiere, el Romanticismo, que llegó algo más tardíamente a España –de la pluma de Larra, Espronceda, Zorrilla y Bécquer así como de las traducciones de los autores extranjeros: Goethe, Hoffman, Byron, Keats, Shelley, Víctor Hugo, Manzini, Leopardi, etc.–, diera paso al Realismo y al Naturalismo, representados entre nosotros fundamentalmente por Benito Pérez Galdós y Emilia Pardo Bazán, y que hallaron mas allá de nuestras fronteras el eco de las obras de grandes autores, especialmente de los representantes de la literatura francesa, como Zola, Flaubert, Sthendal, Balzac,etc., y de la literatura rusa, como Dostoievski y Tolstoi, entre otros. La valoración de lo subjetivo –el “sentimiento del yo”– se sustituía por la valoración de lo objetivo.

En su etapa de madurez, Cajal tendría oportunidad de conocer y relacionarse con algunos de los autores más representativos de la singular y variada Generación del 98; Ya en los años de su vejez vio alumbrar a la interesantísima e intelectual Generación del 14, que tomó a Cajal como modelo a imitar y abrazó con fervor su programa regeneracionista, basado en la fuerza de voluntad forjada en el laboratorio, y a la más joven y poética Generación del 27.

Por otra parte, Cajal asiste a una auténtica transformación del arte –su periodo universitario coincide con la explosión del Impresionismo, un fenómeno estrechamente ligado en su nacimiento al arte de la fotografía– y al desarrollo plenamente científico de las más importantes disciplinas. No obstante, él siempre quiso “emular las glorias del Tiziano, de Rafael y de Velázquez”, siguiendo a lo largo de toda su vida el canon clásico de la pintura. Y junto al Arte, la Ciencia y la Técnica. Es la época de los grandes inventos de aplicación a la vida cotidiana y, como consecuencia de ello, la mitificación de la tecnología y la conciencia de que el pensamiento filosófico ha de unirse al saber de la Ciencia positiva. La realización de la primera Exposición Universal en Londres un año antes de su nacimiento (1851) resultó una gran exhibición de los avances técnicos que habían experimentado las distintas industrias al tiempo que dejaba vislumbrar nuevas y grandes posibilidades, muchas de las cuales eran ya una realidad en la Exposición Universal celebrada en Barcelona, justo el año (1888) en el que el insigne investigador español concibió en la ciudad condal la unidad anatómica y fisiológica de la célula nerviosa. Referido al campo de la Biología, tres grandes hechos llamarían años más tarde de su aparición la atención de Cajal y resultarían fundamentales para sus propias investigaciones; fueron éstos: la publicación del Origen de las especies (1859) a partir de las observaciones realizadas por Darwin en su viaje alrededor del mundo en el Beagle dos décadas antes, la teoría celular, desarrollada primero por T. Schwann (1839) y perfeccionada luego por R. Virchow (1858) y el descubrimiento de las leyes de la herencia por T. Mendel (1865).

Por su parte, a finales del siglo XIX y principios del XX la Microbiología médica estaba constituida como disciplina autónoma, con su material y método propios y con su fecunda proyección hacia la clínica, la epidemiología y la higiene. La denominada mentalidad etiológica, es decir, el conocimiento científico de la enfermedad mediante la explicación causal de los fenómenos estaba firmemente apoyada en tres pilares fundamentales: la “Teoría de los gérmenes” de Pasteur, que establecía definitivamente el origen microbiano de la enfermedad infecciosa; las famosas “Reglas de Koch” para poder afirmar científicamente que un determinado microorganismo es el causante de una enfermedad; y el aserto erróneo de Klebs, según el cual la enfermedad es siempre infección, es decir, la expresión entre un combate entre el organismo y el germen infectante, dependiendo el cuadro clínico de cada una de ellas de la particularidad biológica del microorganismo. Todavía le alcanzaría la vida a Cajal para hacerse eco del descubrimiento de la penicilina por Alexander Fleming, quien publicaría sus investigaciones en el número 3 del volumen 10 de la revista British Journal of Experimental Pathology, en el que se concluía que la acción antibacteriana de los cultivos de Penicillium podían ser “un antiséptico eficaz para aplicaciones o inyecciones en zonas infectadas por microbios sensibles”. Desgraciadamente, no pudo ver la introducción clínica de la penicilina a principios de los años cuarenta, pero, a cambio, no tuvo que soportar la sinrazón de la Guerra Civil española.

 

CAJAL Y EL PROCESO CREATIVO

Decía Gabriel Miró que el artista no crea de la nada. El científico, tampoco. Sólo Dios es capaz de crear de la nada. En la Ciencia como en el Arte, crear equivale a elaborar una relación innovadora, a construir un nuevo orden, a partir de elementos preexistentes. Las “obras de la Naturaleza” están dotadas de vida y, por ello, serán perecederas; en cambio, las obras de arte y las obras científicas perduran con la “angustiosa fragilidad de lo eterno”. La obra de arte más que un descubrimiento es un invento que se oferta al desconocido y asombrado observador para su disfrute, mientras que la ciencia procura soluciones al hombre sin dejar de provocar en éste sorpresa y fascinación durante el camino recorrido para conseguir sus objetivos (A. Portera).

Esta manera de concebir la Ciencia y el Arte, esos dos aspectos complementarios –como la materia y la energía– de esa única realidad que es el proceso creativo del ser humano en su titánica y utópica lucha por alcanzar la verdad y la belleza, también dominó el pensamiento de Santiago Ramón y Cajal. En sus Reglas y Consejos sobre Investigación Científica afirma que la construcción científica “ se eleva a menudo sobre las ruinas de teorías que pasan por indestructibles” y que “no hay cuestiones agotadas, sino hombres agotados”, antes de hacer suyas dos frases, una de Saint Hilaire: “Delante de nosotros está siempre el infinito”, y la otra, de Carnoy: “la Ciencia se crea, pero nunca está creada”. Seguramente también admitiría como dos fundamentos del proceso creativo “tónicos de la voluntad” como la curiosidad y el entusiasmo, el asombro y la satisfacción por el trabajo bien hecho.

En efecto, la curiosidad y la admiración es la primera motivación, el sustrato sobre el que se ponen en marcha la serie de reacciones que constituyen el proceso creativo, mientras que la satisfacción es el estímulo, el catalizador sin el cual no sería posible reanudar una vez tras otra la tarea creativa. En este sentido, pocas cosas hay que se puedan comparar al placer de contemplar la obra terminada o, mejor aun, el instante previo, en el que el pálpito del corazón –que ya intuye la importancia y la trascendencia de lo conseguido– se acelera por el gozo pleno de los sentidos y el puro deleite intelectual ante la nueva creación, ante el descubrimiento. Y esto ocurre en la Literatura, en la Música, en el Arte… y también en la Ciencia.

En Cajal, “la admiración de la Naturaleza”, como una de las irrefrenables tendencias del espíritu del niño que jugaba en Valpalmas, se convierte décadas después, en plena madurez humana y científica, en la “virtud excitadora y vivificante” que tiene el examen directo de los fenómenos. Pocos investigadores a lo largo de la historia han aunado de forma tan precisa como Cajal las principales características que el maestro Laín Entralgo señala como fundamentales en el hombre de ciencia: asombro, interrogación y sentido del saber científico.

Probablemente la histológica y la microbiológica son dos de los tipos de investigación que mejor encarnan la doble condición –curiosidad y satisfacción– del instinto creativo, pues seguramente pocas personas como el investigador de estos campos en el momento supremo de su trabajo experimenta tan a menudo la inigualable sensación de integrar lo desconocido en lo conocido, ni vive con tanta frecuencia la gratificante sensación estética de las formas, las composiciones artísticas con las que aparecen a su aguda mirada microscópica las distintas formaciones celulares, las neuronas, las bacterias y cuantos microorganismos son objeto de su investigación. Si al explorar los paisajes histológicos del organismo animal, afirma su disposición a “deletrear con delectación el admirable libro de la organización íntima y microscópica del cuerpo humano” y se asombra ante “esa obra maestra de la vida” que era la textura fina del sistema nervioso, en sus incursiones en la Bacteriología –a la que confiesa abandonar con pena– Cajal reconoce la importancia de “saber ver” en lo pequeño: “¡qué de cuestiones de alta humanidad laten en el misterioso protoplasma del más humilde microbio!”, así como la necesidad de conocer no sólo las bacterias infecciosas, sino también los “inofensivos microbios pululantes en las infusiones y materias orgánicas en descomposición”, ya que de ellos depende que el planeta resulte habitable para el hombre.

Esa belleza de la observación científica es la que seguramente atrapó a lo largo de su vida a personajes como Leuwenhoek, Pasteur, Koch, Ehrlich y, sin duda es la que atrajo también a Ramón y Cajal. Así lo hace ver el sabio aragonés:

“Afirma Carlos Richet que en el hombre de genio se juntan los idealismos de Don Quijote al buen sentido de Sancho. Algo de esta feliz conjunción de atributos debe poseer el investigador, temperamento artístico que le lleve a buscar y contemplar el número, la belleza y la armonía de las cosas, y sano sentido crítico capaz de refrenar los arranques temerarios de la fantasía y de hacer que prevalezcan en esa lucha por la vida entablada en nuestra mente por las ideas, los pensamientos que más fielmente traducen la realidad objetiva.

Ante el científico está el Universo entero apenas explorado; el cielo salpicado de soles que se agitan en las tinieblas de un espacio infinito; el mar, con sus misteriosos abismos; la tierra guardando en sus entrañas el pasado de la vida, y la historia de los precursores del hombre, y, en fin, el organismo humano, obra maestra de la creación, ofreciéndonos en cada célula una incógnita y en cada latido un tema de profunda meditación.

(…) la emoción placentera asociada al acto de descubrir es tan grande, que se comprende perfectamente aquella sublime locura de Arquímedes de quien cuentan los historiadores que, fuera de sí por la resolución de un problema profundamente meditado, salió casi desnudo de su casa lanzando el famoso Eureka: ‘¡Lo he encontrado!’. ¡Quién no recuerda la alegría y la emoción de Newton al ver confirmada por el cálculo, y en presencia de los nuevos datos aportados por Picard con la medición de un meridiano terrestre, su intuición genial de la atracción universal! Todo investigador, por modesto que sea, habrá sentido alguna vez algo de aquella sobrehumana satisfacción que debió experimentar Colón al oír el grito de ¡Tierra! ¡Tierra! lanzado por Rodrigo de Triana.

Este placer inefable, al lado del cual todos los demás deleites de la vida se reducen a pálidas sensaciones, indemniza sobradamente al investigador de la penosa y perseverante labor analítica, precursora, como el dolor al parto, de la aparición de la nueva verdad. Tan exacto es que para el sabio no hay nada comparable al hecho descubierto por él, que no se hallará acaso un investigador capaz de cambiar la paternidad de una conquista científica por todo el oro de la tierra(…)”.

Todos los descubridores citados, y Cajal con ellos, fueron “entendimientos

productores”, hombres de ciencia semejantes a “los astros que producen luz”, especie desgraciadamente poco abundante en comparación con aquellos científicos “transmisores”, que sólo “reflejan la luz”.

 

MEDICINA Y LITERATURA

Desde los poemas homéricos hasta las novelas del reciente premio Nobel J. Coetzee la tematización literaria de la Medicina –el diagnóstico, la clínica, la terapéutica, el quehacer médico, la vivencia de la enfermedad por parte del enfermo, etc.– ha sido constante, lo mismo que la aportación de metáforas sin fin por parte de la medicina a la creación literaria y artística. En el telar de la historia Medicina y Literatura se han entretejido de todas las maneras posibles. Tan es así que A. Conan Doyle proponía realizar una memoria acerca del empleo de la Medicina en la novela popular, memoria que en la actualidad habría aumentado considerablemente de tamaño, y es que en el último siglo la relación entre la enfermedad y la Literatura es tal que hasta se ha llegado a plantear que “hay un punto en el que son la misma cosa” (J. J. Millás), ya que muchas veces la obra maestra surge ante situaciones límite de la vida, “dolorosas encrucijadas en que intuimos la insoslayable presencia de la muerte” (E. Sábato).

A pesar de la larga relación entre ambas, es en la segunda mitad del siglo XIX cuando la Medicina, convertida ya en Ciencia, comienza a ser objeto de tratamiento riguroso y respetuoso por parte de la Literatura, y cuando algunos autores descubren en toda su dimensión la maravillosa tarea del médico, no escatimando elogios a la encomiable labor de atención la persona que busca su ayuda, así como el “poder literario” de la enfermedad y del hombre enfermo. En el caso de España, este reconocimiento encuentra su máxima expresión en la novela realista y naturalista que antecede a la llamada Generación del 98, especialmente Emilia Pardo Bazán, y Benito Pérez Galdós. Esta importante presencia del médico y de la medicina en la literatura se continuará hasta mediados del siglo XX, con las peculiaridades propias de cada autor, en la obras de un buen número de escritores. No obstante, mientras que el enfermo y su vivencia del dolor y la enfermedad aparecen en muchas ocasiones como la trama principal de una novela o un drama, raras veces la figura del médico alcanzan el protagonismo de una obra, aunque sí puede decirse que la profesión médica, a través de sus diversas facetas, se presenta de forma casi constantemente en una Literatura que, a veces, parece escrita por médicos dada la precisión clínica, diagnostica o terapéutica de ciertos relatos, labor en la que es preciso mencionar entre otros muchos a Flaubert, Bernard Shaw, Ibsen, Proust, Kafka, Mann, Camús, Clarín, Azorín, Unamuno y Cela.

En los últimos cincuenta años los impresionantes avances técnicos y científicos que han tenido lugar en la Medicina, las reformas legislativas habidas en el desarrollo del ejercicio profesional, la consideración de la salud como un derecho –y también como un bien de consumo– que trajo consigo el “Estado del bienestar” y los cambios ocurridos en la consideración social del médico y en la relación médico-paciente, han proporcionado una variada temática para quienes han tratado de dibujar literariamente la realidad del médico de hoy. Por otra parte, el fenómeno de la llamada novela biográfica ha permitido, con resultados desiguales desde el punto de vista de la calidad literaria, conocer mejor a grandes médicos del pasado o disponer de una visión más completa de la figura del médico en determinadas épocas históricas.

La Literatura, tanto la de creación como la de ensayo o la biográfica, también ha sido escrita por los propios médicos. No es corta la nómina de médicos que, entregándose en cuerpo y alma al oficio de escribir, han dejado su huella inconfundible en las páginas de la Literatura universal, ni son pocos los que, sin abandonar su quehacer médico diario, han contribuido a que desde la Literatura no sólo se pueda conocer mejor la realidad del hombre sano y enfermo, sino también a que el propio médico dirija la mirada hacia sí mismo con el propósito de conocerse mejor como hombre y como médico. Surgen así dos figuras: la del escritor médico y la del médico escritor, que si bien es fácil delimitar en algunos casos, en otros no lo es tanto. Uno y otro aportan a la tarea literaria la base científica, el rigor metodológico, la capacidad de observación y ese plus de conocimiento del ser humano que llevan consigo el estudio y el ejercicio de la Medicina. De acuerdo con C. Blanco Sorel, “el diálogo entre escritores que juegan a médicos y médicos que lo hacen a literatos, viene de antiguo. El médico vive el momento de la mejor literatura: el dolor y la muerte, el amor y la locura, el odio y la resignación, el heroísmo callado y el resentimiento que aniquila”.

No es cuestión aquí de hacer una relación de aquellos médicos que hicieron de la Literatura su verdadera profesión o los que la ejercieron con apasionada vocación, sin dejar de ser médicos. Basta con recordar, al margen de los datos cronológicos, a Rabelais, Keats, Chejov, Munthe, Conan Doyle, Schiller, Céline, Bulgakov, Lobo Antunes, Sacks y Scliar entre los autores en lengua extranjera, así como a Villalobos, Trigo, Baroja, Pombo Angulo, Marañón, Loren, Martín Santos, Laín Entralgo, Vallejo Nájera,  Salom y Castilla del Pino entre los escritores españoles. Como paradigmas de uno y otro modelo se puede señalar a Pío Baroja como ejemplo del escritor médico y a Gregorio Marañón como ejemplo del médico escritor. Pero aun hay otro tercer modelo en la manera de conjugar las actividades médicas y literarias: el del médico escritor que, en lugar de ejercer la práctica médica, se dedica a la investigación, el médico cuyo “santuario” es el laboratorio, no la clínica. Ni qué decir tiene que esta es la personalidad a la que responde Santiago Ramón y Cajal.

Si, como señala J. Bonilla, el microscopio es el instrumento por excelencia de los escritores: “Colocan cualquier elemento ante su lente y lo que nos muestran es una naturaleza insospechada”, entonces podemos concluir que Cajal tuvo una buena pluma, como así lo prueba su nombramiento como académico de la Real Academia de la Lengua Española –aunque no llegó a pronunciar su discurso de entrada– y lo reconocieron escritores pertenecientes a distintas generaciones y de tan variado estilo y gustos literarios como Pérez de Ayala, Pardo Bazán, Unamuno, Azorín, Ortega, Marañón y Laín, aunque otros, como Baroja, fueran más críticos.

 

FORMACIÓN LITERARIA

Puede decirse que la obra literaria de Cajal resulta de la lucha entre sus personalidades artística y científica y representa el equilibrio entre la fantasía del artista y la vigilante sobriedad del científico. Parece que “trabajaba afanosamente los escritos, cincelándolos a fuerza de pequeñas correcciones, aun cuando subsistía lo primitivamente escrito para no restarle espontaneidad” (G. Durán y F. Alonso).

La preocupación religiosa, la constante búsqueda de una luz en torno al problema del origen y la finalidad de la vida, la pasión por la arquitectura cerebral, su interés por la Filosofía, su curiosidad romántica y la necesidad de confesar sus convicciones o aventar sus dudas están presentes en la literatura de Cajal.

Al margen de sus furtivas lecturas infantiles, en donde las novelas de aventuras, los libros de viajes y las obras románticas ocuparon el mayor tiempo de su ocio literario, se puede afirmar que hasta los últimos años de Universidad Cajal no pudo comenzar a tener una formación literaria y humanística sólida. De acuerdo con la que fuera su secretaria, E. Lewy Rodríguez, “su verdadero despertar intelectual se produjo en Zaragoza, a punto de terminar la carrera de Medicina”. A partir de ahí, como señala Gregorio Marañón, “su avidez de saber le llevó a la lectura copiosa y desordenada de cuanto en su mano caía”. Así hizo su preparación literaria, a la que contribuyeron decisivamente sus contactos con distintas figuras del pensamiento sociopolítico             –fundamentalmente liberal–, científico y humanístico de su tiempo en Valencia y Barcelona, pero sobre todo en Madrid, en donde las conferencias del Ateneo y las charlas del Café Suizo se convirtieron en manantiales de agua fresca de los que bebió un sediento Cajal.

En sus escritos Cajal alude a una gran variedad de fuentes españolas y extranjeras, entre las que destacan los autores griegos y romanos y los clásicos españoles, con Cervantes, Quevedo, Gracián y el padre Feijoo a la cabez. De sus contemporáneos subraya su predilección por Benito Pérez Galdós –luchó para conseguir su candidatura al premio Nobel de Literatura-, Emilia Pardo Bazán –cuyo ingreso en la Academia de la Lengua propuso reiteradamente- y Leopoldo Alas Clarín entre los de la generación inmediatamente anterior a la del 98, de la cual destaca especialmente a Unamuno, Ramiro de Maeztu y José Martínez Azorín. La relación con Ramón Pérez de Ayala fue de una gran admiración mutua. Por otra parte, se sintió muy cercano al pensamiento sociopolítico de Joaquín Costa y de los krausistas de la Institución Libre de Enseñanza, principalmente Francisco Giner de los Ríos y Gurmensindo de Azcárate. La obra de José Ortega y Gasset le pareció de una gran talla intelectual. En la segunda parte de su vida fue un infatigable lector, y no sólo de Literatura, sino también de Filosofía y, lógicamente, de Ciencia, lo que le proporcionó la excelente base humanística que no pudo tener durante sus años de formación académica, aunque él siempre se definió más como un hombre de acción que de pensamiento y palabra.

Si tenemos en cuenta a los estudiosos de su obra, todas estas lecturas, –le forjaron un pensamiento heterodoxo–, junto con el hábito de la redacción científica, fueron los determinantes del sobrio, claro y expresivo estilo del Cajal literato, aunque las reminiscencias de sus lecturas románticas de juventud, den algunas veces como resultado una prosa algo densa y recargada, como puede observarse en el siguiente fragmento de uno de los Cuentos de vacaciones:

“¡Sí!… de la hojarasca de esa selva impenetrable de la ley, cuyas ramas    exuberantes se imbrican, entrelazan y oponen de mil modos, roen los jurisperitos como la oruga de la col. ¡Pobres de ellos si la lógica y el sentido común, después de oír la voz de la Naturaleza, se metieran a corregir y simplificar nuestras leyes!”.

También salen a relucir en algunos pasajes de sus libros aquella vena artística de su infancia y juventud:

“El jardín de la neuroglía brinda al investigador espectáculos cautivadores y emociones artísticas incomparables. En él hallaron, al fin, mis instintos estéticos plena satisfacción. Como el entomólogo a la caza de mariposas de vistosos matices, mi atención perseguía, en el vergel de la sustancia gris, células de formas delicadas y elegantes, las misteriosas mariposas del alma, cuyo batir de alas quien sabe si esclarecerá algún día el secreto de la vida mental”.

Este lirismo se hace presente en sus más severos textos científicos y en aquellas libertades “seudocientíficas” de sus cuentos y relatos de “ciencia-ficción”:

“Larva eres que tejes el intrincado capullo de un cerebro pensante para volar mañana por el libre ambiente de la ciencia y de la acción”.

Hay que tener en cuenta que estos y otros relatos de “ciencia-ficción” fueron escritos por Cajal en la época que aparecían an la escena literaria obras como La Regenta (Clarín), Los Pazos de Ulloa (Pardo Bazán), Fortunata y Jacinta (Pérez Galdós), pero que detrás de ellas hay toda una tradición de cuentos fantásticos oscurecidos por la brillantez de la novela naturalista. Estos cuentos fantásticos presentan facetas muy variadas, como lo desmuestran las diferentes creaciones de una larga lista de autores extranjeros: Goethe, Balzac, Poe, Shelley, Cheiov, Stevenson, London, Wells, Verne, etc. y españoles: Valera, Pardo Bazán, Pérez Galdós, Clarín, etc.

Por tanto, no es de extrañar que en los cuentos cajalianos se encuentren mezcladas la sensibilidad naturalista y la modernista, sapilcadas de romanticismo. También conviene significar que muchos de ellos están rehechos a la hora de su publicación conjunta de acuerdo con las consecuencias morales d 1898 (J. C. Mainer).

Un espíritu eminentemente creativo en lo científico no podía escribir sólo para describir, sino también para crear con la palabra e incluso “crear la palabra misma” Pero es su estilo científico quien más fuertemente determinó la forma de hacer literatura de Cajal. Veamos lo que al respecto dice Marañón, a quien corresponden también las consideraciones anteriores:

“En algunos de los biógrafos de Cajal he leído la influencia que debió tener, en la ordenación de sus proyectos científicos, la publicación de su primer libro, que fue su Manual de Histología. Creo que es verdad. Yo recuerdo el efecto que me hizo, en mi primer año de vida universitaria, al empezar a leerlo, tras los cursos de bachillerato y del preparatorio, en los que el libro de texto solía ser una pesadilla torturante. Aquellas páginas, límpidas de forma y de pensamiento, eran un verdadero deleite. Y ahora, al releer la primera edición, que apareció cuando su autor tenía treinta y siete años (1889), la impresión gozosa se repite todavía; y se percibe claramente que sí, que fue, sin duda, en este libro donde se forjó no sólo el método, sino el estilo del maestro”.

Este estilo, concluye el polifacético médico y escritor, permite “descubrir el rastro de su pluma en cualquier anónimo papel”. Pero el estilo límpido, preciso y sentencioso, sin engolamiento, es muy laborioso, tanto para quien lo escribe como para quien lo lee (Pérez de Ayala). Por eso, no es de extrañar que Cajal parta de la premisa de que lo que desea el lector es que se “le entregue todo el contenido ideal de la frase: esto es, el ave con plumas y la maceta con sus flores”.

Otras dos cualidades de la escritura de Cajal son la influencia de su interés por las Ciencias Naturales –recuérdese sus trabajos de investigación y sus escritos acerca de las hormigas y los placeres que le proporcionaba su pequeña huerta de los Cuatro Caminos de Madrid– y su admiración por la Microbiología, a la que hace continuas referencias, como veremos a lo largo del capítulo y de la que adelantamos la siguiente metáfora relativa nada menos que a la pasión: “Las pasiones se cogen y no se escogen. Llegan a nosotros como el sarampión y la viruela, en una edad en que toda reacción mental defensiva es imposible”.

 

ALGUNOS TEXTOS, ¿CIENTÍFICOS O LITERARIOS?

Cajal entendió que la literatura no es una simple copia de la realidad y que, como sus cortes histológicos, “atraviesa las capas superficiales para penetrar hasta su mismo fondo” para mostrar, luego,  con visión macroscópica, las particularidades y pormenores de la situación (G. Xian). De ahí, su capacidad de expresión narrativa, derivada de la necesidad de retratar en sus manuales experimentales de la forma más sencilla posible lo que el microscopio le ponía delante de sus ojos. Pensaba, con E. Mach, que “una palabra bien elegida puede economizar cantidad enorme de pensamiento”. Este “estilo científico” llevado a la literatura era novedoso en su tiempo y fue subrayado por Marañón, quien aparte de la categoría pedagógica y estética, resalta la “limpidez y concisión” del Cajal escritor: “ninguna retórica supera en atractivo y gracia a la claridad”. Por eso, no es de extrañar que la mayoría de estudiosos de la vida y obra del Nobel español consideren incompleto todo bosquejo de análisis literario de Cajal en que no sean tenidos en cuenta sus libros científicos, especialmente los pedagógicos. Incluso, para algunos de ellos, son estos escritos los que “representan la mejor obra de su manifestación literaria” (G. Durán y F. Alonso).

Entre los principales textos científicos escritos por Cajal destacan, amen de sus numerosos artículos científicos, el Manual de Histología, editado en 1889, pero que había comenzado a ser publicado por fascículos desde 1884, el Manual de Anatomía patológica, cuya primera versión vio la luz en 1890 y su obra más importante, Textura del sistema nervioso del hombre y de los vertebrados, editada en 1904, pero que ya había comenzado a publicarse también por fascículos a partir de 1897. Tras la concesión del premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1906 publicaría varias obras, unas veces como único autor, y otras, junto a sus colaboradores. Entre ellas, son dignas de mención: Estudios sobre la degeneración y regeneración del sistema nervioso (1914), Contribución al conocimiento de los centros nerviosos de los insectos (1915), Manual técnico de Anatomía patológica (1918), Técnica microcrográfica del sistema nervioso (1932) y ¿Neuronismo o reticularismo (1933). Tampoco se debe olvidar que, dada la escasez de publicaciones científicas españolas, a veces Cajal tuvo que editar sus propias revistas para dar a conocer los trabajos que estaban cambiando el conocimiento neurofisiológico. Así ocurrió con la Revista Trimestral de Histología Normal y Patológica (1988), primer soporte, nada más y nada menos, de los trabajos conducentes al establecimiento de la “teoría neuronal”, que, como es bien sabido, demuestra la individualidad de las células nerviosas, establece que las neuronas –nombre dado por H. W. Waldeyer en 1891– se comunican entre sí por contigüidad, no por continuidad, y que la corriente nerviosa transcurre por la célula nerviosa mediante “polarización dinámica”.

Volviendo al aspecto literario de sus obras científicas, traemos aquí como ejemplo los textos con los que comienzan dos capítulos de su Manual de Anatomía Patológica General y de Bacteriología Patológica, que sirvió de libro de texto a sus alumnos el año de su jubilación en la Universidad de Madrid y en el que, para facilitar el aprendizaje, se incluyen nada menos que 320 grabados en color y en blanco y negro. El primero de ellos se refiere al concepto de la Anatomía patológica:

”La Anatomía patológica es la rama de la patología que investiga las perturbaciones  materiales del organismo en sus relaciones con las causas y síntomas del estado      morboso.

Llámase enfermedad a la desviación permanente o transitoria de la estructura y actividades normales de los seres vivos, sobrevenida ya por consecuencia de variación excesiva, cualitativa o cuantitativa, de los estímulos normales de la vida (calor, humedad, sustancias alimenticias, etc.), bien como efecto de violencias mecánicas (traumatismos), ora como resultado de la invasión de micro-organismos nocivos (infecciones, acción de zooparásitos, etc.). Cuando las variaciones de los estímulos oscilan dentro de estrechos límites o son de poca duración, la enfermedad no se produce, porque el organismo puede, merced a la acción de mecanismos compensadores y reguladores, acomodarse a las nuevas condiciones del ambiente. Por ejemplo: la pobreza en oxígeno del aire acelera el ritmo respiratorio; el calor intenso pone en juego el mecanismo termo-regulador de las glándulas sudoríparas; el frío excesivo incita al ejercicio, que es fuente de calor, etc. Mas si la variación del medio es demasiado grande, harto duradera, o penetran en el organismo parásitos agresores, la compensación inmediata es imposible, desarrollándose un estado anormal (la enfermedad), durante el cual ciertas funciones se perturban, otras se suspenden o se hacen dolorosas y el sujeto experimentara una sensación de abatimiento y de impotencia. En la mayoría de los casos el organismo logra recobrar la salud; porque durante el proceso morboso, lejos de permanecer pasivo y a merced de las influencias perturbadoras, despliega nuevas energías, poniendo en juego, además de los mecanismos compensadores ordinarios, que trabajan ahora a más alta tensión, otros de carácter extraordinario destinados a rechazar la agresión causal y reparar sus daños. La enfermedad representa, por consiguiente, un proceso de reacción o compensación indirecta o mediata, que se asocia a menudo al dolor físico y moral.

Elementos de la enfermedad.- Por lo expuesto se ve que la noción de enfermedad es bastante compleja, pues prescindiendo del factor subjetivo, es decir, del padecer propiamente dicho, comprende tres elementos: causa, lesión material y lesión dinámica. El estudio de las causas constituye la Etiología el de las lesiones materiales

o anatómicas, la Anatomía patológica, y el de los desórdenes funcionales, la Fisiología patológica.

Estos tres elementos se asocian y compenetran indisolublemente en el organismo enfermo; pues ya se comprenderá que, en cuanto obra la causa, surgen coetáneamente y por modo inseparable el desorden somático y la alteración funcional. Sólo necesidades didácticas pueden justificar la separación de términos tan unidos como son: máquina descompuesta y función alterada o anormal.

No existe alteración funcional sin lesión anatómica, como no hay lesión sin causa exterior perturbadora, conocida o desconocida. Suponer la existencia de enfermedades sin lesión, es tanto como afirmar que las manifestaciones fisiológicas pueden cambiar caprichosamente, escapando a todo determinismo científico. Los autores que, por no haber hallado en la autopista perturbaciones anatómicas, describen enfermedades sin lesión, olvidan, que bajo la máscara de una normalidad exterior, los tejidos pueden ocultar graves alteraciones microscópicas, las cuales no son siempre reveladas con nuestros recursos analíticos, porque distamos mucho de haber descubierto todos los delicadísimos resortes de la estructura celular y todas sus posibles desviaciones. A medida que nuestros medios de observación se perfeccionan, más se va reduciendo el número de enfermedades sin localización, pudiendo afirmarse que cada progreso notable en la técnica se traduce por la reducción a perturbaciones anatómicas concretas de algún proceso reputado irreductible. Y aún suponiendo que nuestros recursos amplificantes nos permitieran agotar el orden morfológico, quedaría aún, con todas sus obscurísimas incógnitas, el orden químico normal y perturbado”.

El segundo define y clasifica las bacterias a luz de los conocimientos de la época:

“Son las bacterias, llamadas también microbios (Sedillot), schizomicetos (Naegeli), shizophitos (Cohn), ciertos hongos unicelulares de extrema pequeñez (los seres más diminutos que se conocen), que viven a expensas de las materias orgánicas vivas o muertas, y se multiplican, ya por simple fisiparidad, ya por fisiparidad y esporulación. La mayor parte de los botánicos (Naegeli, Cohn, de Bary, Migula, etcétera) colocan las bacterias entre los hongos, a los cuales se aproximan por carecer de clorofila, por alimentarse de substancias orgánicas complejas, y a menudo, de los mismos jugos y tejidos vivos de los animales y plantas. Son, pues, verdaderos protofitos, es decir, la forma más elemental y sencilla del reino vegetal, colocados como un anillo de unión entre los hongos y las algas más sencillas.

Clasificación de las bacterias.– No es posible, en el estado actual de la ciencia, hacer una clasificación definitiva de las bacterias sobre la base de su estructura y generación, que son los caracteres más substanciales y aprovechados en los ordenamientos sistemáticos de las plantas superiores. Por hoy, fuerza es contentarse con una clasificación transitoria de base morfológica, hasta que los adelantos de las técnicas revelen en los schizomicetos diferencias estructurales y biológicas tan acusadas, que permitan distribuirlos en grupos naturales.

Entre las clasificaciones provisionales, una de las más aceptables es la siguiente (Flügge), que distribuye todos los microbios en cuatro grupos: cocos, bacilos, espirilos y bacterias pleomorfas (…).

Los parásitos microbianos del organismo del hombre y vertebrados pueden distinguirse en dos categorías: parásitos por necesidad y parásitos discrecionales.

A los parásitos por necesidad corresponden todos aquellos que no pueden vivir más que en el cuerpo de los animales, multiplicándose en ellos y saltando de unos a otros cuando el terreno orgánico se destruye por muerte o se esteriliza por las defensas celulares. En tales bacterias la acción patógena es la ley de su existencia misma; privarlas de hacer daño es tanto como condenarlas al aniquilamiento. Puede citarse como ejemplos de esas familias bacterianas: el bacilo tuberculoso, el leproso, el del muermo, etc. De estos y otros muchos microbios patógenos no conocemos vida saprofita natural; pero cada día los bacteriólogos, ideando nuevos terrenos de cultivo, les fuerzan a vivir sobre materias muertas, siendo probable que tarde o temprano se logre aclimatar todas las bacterias patógenas obligadas a medios artificiales. Esta posibilidad de adaptación a terrenos extraorgánicos da cuenta quizá del origen de las enfermedades infecciosas. Se presume que los gérmenes patógenos obligados representan bacterias saprofitas comunes que, habiendo colonizado accidentalmente en el organismo se habrían adaptado por completo a este nuevo terreno, perdiendo en gran parte sus antiguos hábitos saprofititos (…).

Los patógenos discrecionales son los que vegetan con igual facilidad en las materias orgánicas muertas que en las vivas. La bacteria colérica, el bacilo séptico, el bacilo del tétanos, el bacilo tifoso, etc., son ejemplos de esta ubicuidad, pues se los halla tanto en las aguas más o menos cargadas de materias orgánicas, como en el interior del organismo humano.

El grado de acción patógena deriva del tanto de cultivabilidad del microbio en el organismo y de la actividad tóxica de las materias que segrega. Un microbio puede ser parásito y no ser patógeno, como acontece con los que habitan ordinariamente en la boca e intestino, los cuales están desprovistos de secreciones tóxicas.

Condiciones que han de concurrir en un microbio para que sea considerado como patógeno.- En general, para pronunciarse sobre la naturaleza patógena de las bacterias, es preciso satisfacer las cuatro condiciones experimentales establecidas por Koch: 1ª que en el germen que se supone responsable de tal o cual enfermedad se encuentre constantemente en los órganos afectos, faltando siempre en todos los demás estados morbosos; 2ª, que pueda ser cultivado constantemente en medios artificiales o naturales, durante un gran número de generaciones para que, con la renovación del terreno, todas las substancias tóxicas o virulentas extraídas del organismo con los gérmenes hayan desaparecido, 3ª, que inoculado el cultivo puro a cortísimas dosis pueda reproducirse la enfermedad originaria, y 4ª, que en los órganos correspondientes del estado morboso provocado por infección se halle el mismo microbio con iguales relaciones anatómicas que en el organismo de donde se extrajo la primera semilla”.

Referencia: García JA, González J, Prieto J. Santiago Ramón y Cajal, bacteriólogo. Barcelona: Grupo Ars XXI, 2006

 

 

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

Dejar respuesta