Escritos de infancia, adolescencia y primera juventud. 

No fue la pasión literaria la primera en llamar a la desbordante imaginación de Santiago Ramón y Cajal:

iva y pudiera el intelecto, maduro para la compresión de lo abstracto, gustar de las excelencias y primores de la literatura clásica, las matemáticas y la filología. Esta sazón llegó también, pero muy tardíamente, como veremos más adelante”.

Las razones hay que buscarlas en la consideración paterna de los relatos literarios como distracciones de lo que debía ser el verdadero saber. Pero el niño romántico, de carácter indomable y grandes ideales encontraría pronto en la literatura no sólo el simple y maravilloso placer de la lectura, sino también un nutritivo alimento para su imaginación y un recurrente cauce, junto al dibujo y la fotografía, para su expresión artística:

“Dejo consignado ya que en mi casa no se consentían libros de recreo. Ciertamente mi padre poseía algunas obras de entretenimiento; pero rescatábalas, como mortal veneno, de nuestra insana curiosidad; en su sentir, durante el periodo educativo no debían los jóvenes distraer la imaginación con lecturas frívolas. A pesar de la prohibición, mi madre, a hurtadillas de la autoridad paterna, nos consentía leer alguna novelilla romántica que guardaba en el fondo de baúl desde sus tiempos de soltera. Eran, lo recuerdo bien: El solitario del monte salvaje, La extranjera, La caña de Balzac, Catalina Howard, Genoveva de Brabante y algunas otras cuyos títulos y autores se han borrado de mi memoria. Ocioso es decir que, tanto mis hermano como yo, las leíamos entusiasmados de un tirón, burlando la celosa vigilancia del jefe del hogar.

Fuera de las citadas novelas, mis lecturas recreativas habíanse reducidos hasta entonces a algunas poesías de Espronceda, de quien era yo fogoso admirador, y a cierta colección de romances clásicos e historias de caballería andante, que por aquellos tiempos vendían a cuatro cuartos los ciegos y los tenderos de estampas, aleluyas y objetos de escritorio. Por entonces –lo he dicho ya– era ya un romántico ignorante del romanticismo. Ningún libro de Rousseau, Chateaubriand, Víctor Hugo, etc., había llegado a mis manos.

Más el azar se hace muchas veces cómplice de nuestros deseos. Un día, explorando a la ventura mis resbaladizos dominios de tejas arriba, me asomé a la ventana de cierto desván perteneciente al vecino confitero y contemplé ¡oh grandísima sorpresa!, al lado de trastos viejos y de algunos cañizos cubiertos con dulces y frutas secas, copiosa y variadísima colección de novelas, versos, historias, poesías y libros de viajes. Allí se mostraban, tentando mi ardiente curiosidad, el tan celebrado Conde de Montecristo y Los tres Mosqueteros, de Dumas (padre); María o la hija de un jornalero, de E. Sué; Men Rodríguez de Sanabria, de Fernández y González; Los mártires, Atala y Chactas y el René de Chateaubriand; Graziella, de Lamartine; Nuestra Señora de París y Noventa y tres, de Victor Hugo; Gil Blas de Santillana, de Le Sage; Historia de España, por Mariana; Las comedias de Calderón, varios libros y poesías de Quevedo, Los viajes del capitán Cook, el Robinsón Crusoe, el Quijote e infinidad de libros de menos cuantía de que no guardo recuerdo puntual. Bien se echaba de ver que el confitero era hombre de gusto y que no cifraba solamente su ventura en fabricar caramelos y pasteles.

Ante tan fausto acontecimiento, la emoción me embargó durante algunos minutos. Repuesto de la sorpresa y decidido a aprovecharme de mi buena estrella, estudié un plan de explotación de aquel inestimable tesoro: forzoso era destacar del todo las sospechas del dueño y las huellas delatoras de mis pasos por el desván. La más elemental prudencia me aconsejó respetar por el momento los exquisitos y apetecibles dulces del cañizo, persuadido de que si el pastelero echaba de menos sus peras y ciruelas confitadas eran parte de la literatura cerraría o enrejaría la ventana, dejándome a la luna que Cajal leía de joven de Valencia. Tras madura reflexión, decidí dar el primer golpe por la mañana temprano, durante el sueño de los inquilinos, y coger los libros codiciados de uno en uno, respondiendo cada volumen en el mismo lugar de la anaquelería. Gracias a tales precauciones, saboreé, libre de sobresaltos, las obras más interesantes de la biblioteca, sin que el bueno del repostero se percatara del abusos, y sin que mis padres sorprendieran mis escapadas del palomar.

El Robinsón Crusoe (que volví a leer más adelante con verdadera delectación) revelóme el soberano poder del hombre enfrente de la naturaleza. Pero lo que me impresionó en grado máximo fue el noble orgullo de quien, en virtud del propio esfuerzo, descubre una isla salvaje llena de asechanzas y peligros, susceptible de transformarse, gracias a los milagros de la voluntad y del esfuerzo inteligente, en deleitoso paraíso. ‘¡Qué soberano triunfo debe ser –pensaba– explorar una tierra virgen, contemplar paisajes inéditos adornados de fauna y flora originales, que parecen creados expresamente para el descubridor como galardón al supremo heroísmo!’.

Por las antecedentes frases, que traducen harto libremente mis emociones de la adolescencia y juventud comprenderá el lector que el sano y fuerte realismo del Quijote no me hizo gracia. Sólo más tarde, curado del empalagoso romanticismo que padecí, aprendí a gustar del espíritu del libro, a recrearme con la riqueza, donosura y elegancia del estilo, y a apreciar en su valor exacto la maravillosa armonía resultante del contraste entre los soberbios tipos de Don Quijote y Sancho; personajes que –según se ha dicho muchas veces– con ser altamente ideales, vienen a ser los más reales y universales concebibles, porque simbolizan y encarnan los dos modos antípodas del sentir y del pensar humano”.

Aunque la formación literaria en el niño Cajal pueda considerarse tardía y heterodoxa, lo que sí puede decirse, por lo que nos ha dejado escrito en Mi Infancia y Juventud, es que él mismo es un personaje literario, un personaje en cuyo alma llegaron a fundirse los arquetipos literarios del siglo xix: el Tom Sawyer de Twain y el Gianetto de Parravicini, un personaje que “se quijotiza leyendo el Quiote y se robinsoniza devorando el Robinson” (P. Laín).

De su arte para el dibujo y de su quehacer literario se valió para ganarse la confianza de su patrón, el señor Acisclo, un peculiar barbero de ideales revolucionarios con quien su padre le acomodó como aprtendiz, y también de sus profesores de dibujo y de retórica en el Instituto de Huesca. En relación a este último, don Cosme Blanco, cuenta su hermano Pedro que “le juzgó favorablemente y hasta le premió con la calificación de notable; el motivo de esta honrosa sanción fue que en los exámenes que dicho escritor organizaba con sus alumnos todos los años, a fin de inquirir sus aptitudes para la rima, Santiago debuta con un drama histórico en cuatro actos, escritos en macizos endecasílabos, ornado con sendos dibujos aclaradotes del texto”. Por esa misma época, llevado por su afición y su dominio de la honda escribe su Estrategia y arte lapidaria, en la que da reglas e instrucciones para evitar las piedras lanzadas por los enemigos.

Asimismo, R. Salillas, condiscípulo y amigo de Cajal –quien lo califica como “el primer antropólogo criminalista de España”–, pone de manifiesto la vocación literaria del muchacho rebelde y ávido de gloria, gloria que no es sino “esa vana ilusión, sin duda, pero capaz de remover montañas y de impulsar ardientemente la humanidad hacia la verdad y el bien”, como más tarde él mismo confesará:

La isla de Cajal. – El anuncio de la publicación de la autobiografía del insigne histólogo me hace recordar vivamente la época en que lo conocí. Y la recuerdo por un detalle singular. El muchacho de entonces, de la época en que cursábamos el segundo año de Humanidades (como antiguamente se decía) en el Instituto de Huesca, no era un innominado, un desconocido, una figura del montón. Tenía una personalidad que, bien considerada, coincide con la que ya puede llamarse su personalidad históríca. Los panegiristas de Cajal, todos ellos ilustres, reconocen que no ha tenido maestro; que se ha formado solo; que lo que es constituye una manifestación de su propia potencia, de su firme voluntad, de su esclarecido intelecto. No ha tenido maestros… Ni los quiso tener, añadiría diría yo.

Aquel muchacho de apariencia arisca, no muy sociable, que se aislaba siempre que podía y que por actitud de reconcentración reflexiva siempre estaba al lado, era clasificable entre los caracteres que, según Juan Huarte –otro escolar de la Universidad de Huesca –y llaman los toscanos caprichosos por su semejaza con las cabras, que viven aisladas en los cerros .

Cajal, en la época en que lo conocí, no fue discípulo de ningún catedrático… ¡Y así lo trataron ellos más de una vez!. El Instituto no lo atraía con ningún género de curiosidad ni estímulo. Iba, cuando iba, a la cátedra venciéndose a sí propio. Su inclinación era muy otra.

Al dejarse llevar de su tendencia, salía al campo libre, solo generalmente, alguna vez con muy pocos amigos, que lo secundaban más bien que lo comprendían, y en largas o en pequeñas expediciones, sentía siempre la contrariedad de tener que volver…

La primera vez que merecí una confidencia de Cajal fue leyéndome una novela que escribía e ilustraba. No sé como lo admiré más, si como novelista o como dibujante.

Aquella novela, que entonces no la podía comparar, la clasificaría ahora entre las robinsoniana. Un naufragio, la salvación en un leño, el arribo a una isla desierta y la continuación de la aventura en aquel territorio, describiendo la flora, la fauna y los salvajes pobladores.

Todo esto no tendría nada de particular en la historia del autobiografiante si se considera que el hacer versos o el hacer literatura, el fantasear y también el hacer monos, aunque se hagan mucho mejor de lo generalmente acostumbrado, es, como el mismo Cajal ha dicho, un sarampión, una fiebre eruptiva.

Lo importante es que la novela coincida con la acción personal, y que esa acción, constantemente manifestada, conduzca a un resultado efectivo.

Cajal era un novelista de acción. Nos leía su novela y la representamos juntos más de una vez.

Una avenida de un modesto río, más modesto que el Manzanares, caracteriza la escena del naufragio.

En los sotillos del Isuela, que es el río de que se trata, se vieron a la hora del baño algunos salvajes, muy bizarramente, y manejando con cierta habilidad sus arcos al disparar las flechas.

No fue un juego; fue una representación

Cajal creía, y nos hizo creer, en la posibilidad de que la novela se realizara (…)

Pero después, tras muchos años en que no supe nada de mi compañero escolar,

cuando supe lo que hacía cuando ensalzaron sus descubrimientos, volví a creer y a creer firmemente, que entre aquella novela de corte robinsoniano y la realidad de los descubrimientos científicos, no había ni siquiera variación de asunto.

 

Ganivet ha dicho que lo que importa es tener la fragua encendida y Cajal ha dicho que lo que importa es tener una hipótesis directriz. Lo que importa es creer y poder.

Cajal siguió creyendo en su isla. Navegó, se orientó y llegó victoriosamente

¡La isla existía!

En los centros nerviosos, en la médula y en el cerebro se encuentra efectivamente la Isla de Cajal”.

 

El propio Santiago Ramón y Cajal da cuenta de otras pequeñas obras, o más bien entretenimientos literarios, una vez dejada atrás la adolescencia y convertido ya en un joven universitario:

“Precisamente por aquellos años (1871 a 73) surgieron en mis tres nuevas manías: la literaria la gimnástica y la filosófica.

Digamos algo de estas enfermedades de crecimiento.

Grafomanía.– Fue un ejemplo típico de contagio. Reinaba en España, durante la época revolucionaria, cierta peste lírica, agravada con la persistente inoculación del romanticismo francés. Con ocasión de cualquier acontecimiento político brotaban en los diarios himnos y odas a granel. Los prosistas escribían en estilo señoril, noble y altisonante (recuérdese al pobre Bécquer, a Donoso Cortés, Quadrado y Castelar), y los poetas componían estrofas con cadencias y sonoridades musicales. En la novela, nuestro ídolo era Victor Hugo; en el género lírico, Espronceda o Zorrilla, y en la oratoria, Castelar. Débiles ante la avasalladora sugestión del medio, muchos jóvenes fuimos gravemente atacados de la enfermedad a la moda (…) Caí, pues, en la tentación de hacer versos, componer leyendas y hasta novelas. Transcurridos algunos años, sobrevino al fin la convalecencia, y con ella el amargo desengaño.

¿Para qué hablar de mis versos? Eran imitación servil de Lista, Arriaza, Bécquer, Zorrilla y Espronceda, sobre todo de este último, cuyos cantos al Pirata, a Teresa, al Cosaco, etc., considerábamos los jóvenes como el supremo esfuerzo de la lírica”. Como estos versos de 1869:

“Morena la niña
De negros cabellos,
Tus ojitos bellos,
Aparta de mí,
Aparata y no mires,
Porque es tal mi pena,
Que al verlos morena,
Me siento morir (…)”

Recuerda Cajal que de todos sus ensayos el que más éxito alcanzó entre sus condiscípulos fue cierta oda humorística escrita con ocasión de ruidosa huelga estudiantil:

“Mayor influencia todavía ejercieron en mis gustos las novelas científicas de Julio Verne, muy en boga por entonces. Fue tanta que, a imitación de las obras De la tierra a la luna, Cinco semanas en globo, La vuelta al mundo en ochenta días, etc, escribí voluminosa novela biológica, de carácter didáctico, en que se narraban la dramáticas peripecias de cierto viajero que, arribado, no se sabe cómo, al planeta Júpiter, topaba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque de estructura esencialmente idéntica. En parangón con aquellos colosos de la vida, nuestro explorador tenía la talla de un microbio: era por tanto, invisible. Armado de toda suerte de aparatos científicos, el intrépido protagonista inauguraba su exploración colándose por una glándula cutánea; invadía después la sangre; navegaba sobre un glóbulo rojo; presenciaba las épicas luchas entre leucocitos y parásitos; asistía a las admirables funciones, visual, acústica, muscular, etc., y en fin, arribado al cerebro, sorprendía –¡ahí es nada!– el secreto del pensamiento y del impulso voluntario. Numerosos dibujos en color, tomados y arreglados –claro es– de las obras históricas de la época (Henle, van Kempen, Kölilinker, Frey, etc), ilustraban el texto y mostraban al vivo, las conmovedoras peripecias del protagonista, el cual amenazado más de una vez por los viscosos tentáculos de un leucocito o de un corpúsculo vibrátil, líbrábase el peligro merced a ingeniosos ardides. Siento haber perdido este librito, porque acaso hubiese podido convertirse, a la luz de las nuevas revelaciones de la historia y bacteriología, en obra de amena vulgarización científica. Extravióse sin duda durante mis viajes de médico militar”.

 

En esta “novela de aventuras ilustrada” aparecen por primera vez juntos el científico, el literato y el artista para crear una obra de ciencia ficción en la que el lápiz y la palabra se ponen al servicio de la fantasía del creador. Esta forma de ver el mundo microscópico del Cajal–literato no dejará de estar presente cuando el Cajal–investigador haya realizado ya sus decisivas contribuciones científicas. Como plantea uno de los más eminentes fisiólogos del siglo XX, Charles Sherrington, en la carta prólogo a la biografía de Dorothy F. Canon:

“Un rasgo muy notable en él era que, al describir lo que veía por el microscopio, hablaba ordinariamente de ello como si fueran escenas vivas, lo que causaba sorpresa, porque no solamente eran preparaciones fijas y muertas, sino que presentaban un aspecto tosco o habían sido tratadas con poca delicadeza (…).

El intenso antropomorfismo que imprimía a las descripciones de las preparaciones que mostraba se acogía al principio con alguna alarma. Trataba la imagen microscópica como si fuera viva y estuviera habitada por seres que sentían, actuaban, esperaban y ensayaban como humanos. Personificaba las fuerzas naturales como tan absolutamente como en la segunda parte del Fausto de Goethe. Una célula nerviosa valiéndose de su fibra emergente ‘¡se afanaba por encontrar a otra!’. Si hemos de penetrar adecuadamente en el pensamiento de Cajal en ese campo, habríamos de suponer que entramos por su microscopio en un mundo poblado por pequeños seres que actúan por motivos, esfuerzos y satisfacciones no muy diferentes de los nuestros. Consideraba el espermatozoo como animado de una especie de impulso apasionado por rivalizar en la penetración de la célula del huevo. Escuchándole, me preguntaba hasta qué punto su aptitud para representar los hechos en estilo antropomórfico habría contribuido a su éxito como investigador. Jamás encontré a nadie que poseyera esta capacidad en tan alto grado”.

CUENTOS DE VACACIONES

Los Cuentos de vacaciones, escritos durante su estancia en Valencia, son relatos variados, de escasa aportación desde el punto de vista literario, y en los que el fondo –la crítica social y política, la fe en el progreso de la ciencia, la investigación y la educación como herramientas para superar el atraso de los países, la fantasía científica, etc.– trata de imponerse a la forma. El suspense se mantiene bien, con gracia e ironía, a pesar de lo ingenuo de la trama. Quien fuera su secretaria particular durante varios años, E. Lewy Rodríguez, buena conocedora de la personalidad cajaliana, considera que ésta “asoma por todas partes” a lo largo de los cuentos. El propio autor los califica de “narraciones semifilosóficas y seudocientíficas que no osé llevar a la imprenta, así por el estrafalario de las ideas, como por la flojedad y desaliño del estilo”. Por eso no es de extrañar que, escritos hacia 1885-1886, no se dieran a la imprenta hasta 1905 y que de los doce cuentos originales, que representaban “pendiculaciones y cabriolas de una imaginación inquieta”, únicamente se publicaran cinco, “no sin antes retocar algo su forma y modernizar un tanto los datos científicos en que se fundan”. Según comenta el propio autor en la Advertencia Preliminar con la que se abre el libro:

“En el primero, que rompe plaza, bajo la divisa de A secreto agravio, secreta venganza, el Autor se propone simplemente la amenidad, amén de exponer algunos rasgos salientes de la curiosidad psicológica de los sabios, esencialmente amoral y profundamente egotista (hay excepciones naturalmente); el segundo – El fabricante de honradez– y el cuarto –El pesimista corregido–, bajo una forma demasiado declamatoria y difusa, entrañan tesis filosóficas y científicas más o menos estimables y vulgares; el tercero, titulado La casa maldita, encierra un transparente símbolo de los males y remedios de la patria (¡perdón corifeos del naturalismo literario!), y, si hemos de creer a quienes lo han leído, es el menos malo de la colección; en fin, el último, etiquetado El hombre natural y el hombre artificial viene a ser un estudio pedagógico de índole crítica, compuesto recientemente con la mira puesta en las rutinas, enervamientos y decadencias de la educación nacional”.

Al final de este preámbulo, Cajal advierte que no acepta la responsabilidad de las ideas, más o menos disparatadas, defendidas por sus personajes, pero no disimula las simpatías por la figura moral de D. José (La casa maldita) y de Jaime (El hombre natural y el hombre artificial). Como de los cuentos se ocupan otros compañeros en distintos capítulos del libro, únicamente nos referiremos aquí a ambos personajes, con objeto de conocer mejor al nuestro.

En relación al primero de ellos, D. José, el cirujano, uno de los contertulios que se reúnen en la rebotica de Rivalta a debatir, con calor y vehemencia, pero de forma amena y pacífica, los misteriosos sucesos de Villa Inés, se puede decir que representa al hombre de ciencia, que cree positivamente en la razón científica, no sólo como motor de progreso sino también para extraer la espina del dogmatismo y humanizar a los hombres, pero que, ante las grandes preguntas del ser humano, adopta un actitud comprensiva y tolerante ante quienes anteponen la razón de la fe a la fe en la razón:

“… Estimo una lamentable equivocación la creencia en agentes sobrenaturales; convengo en que la humanidad ha sido muchas veces adormecida y envenenada por el dogma; pero un sentimiento de caridad y de tolerancia superior a los dictados de mi razón me impide llegar a radicalismos de acción y a prohibiciones por lo general contraproducentes. Aunque en este coro de intolerancias disuene mi voz, pienso y he pensado siempre que la ilusión y el error son tan respetables como la verdad, y creo, con Lange, que el misticismo y el ensueño son frutos cerebrales tan naturales y legítimos cual puedan serlo la ciencia y el arte. Lejos de mí la tentación criminal de arrancar al hombre los mitos piadosos y alentadoras leyendas, en las cuales encuentra beleño para el dolor, fortaleza y constancia para el trabajo, resignación y valor ante la muerte. Antes al contrario, si de mí dependiera, encerraría en las bibliotecas (para uso exclusivo de las cabezas fuertes y de los entendimientos cultivados) todos los libros filosóficos y críticos capaces de apartar a las gentes sencillas del divino Jesús, del insuperable maestro de moral, como afirma Renan… Porque veo con dolor que está muy lejos aún el día glorioso en que la razón, emancipada de la revelación y del sentimiento, apague exclusivamente su sed devoradora de luz y de verdad en los raudales puros e inexhaustos de la ciencia. ¡Sí!… El Universo, a pesar de las grandiosas conquistas de la astronomía, de la geología, de la química y de la biología, continúa siendo un enigma impenetrable. Y mientras el tenebroso arcano no se esclarezca; mientras la biología, ciencia de las ciencias, iluminando el oscuro problema de la herencia y evolución del protoplasma, no descarte de la raza humana la deformidad, la debilidad y la degeneración; mientras la psicología y la fisiología experimentales no acierten a dirigir las tendencias instintivas, poniendo freno a deseos irrealizables, apagando malsanos misticismos, creando, en fin, amor y resignación a la muerte, las religiones positivas subsistirán y avasallarán las conciencias porque satisfacen inextinguibles apetitos, atávicos y primitivos quizás, pero naturales e imperativos en la mayoría de los hombres.

 

(…) Y, sin embargo, a pesar de tan consoladoras profecías, la religión se debilita y todo anuncia que está próxima a morir… Y cuando llegue su hora no la matará, como afirma Zola, el libro de texto del bachillerato, denunciador de las ignorancias y errores de la Biblia relativos al mecanismo del mundo y de la vida. La matará la experiencia individual de los hombres, mil veces más demoledora que los libros científicos y las críticas despiadadas de Voltaire, Straus y Renan; la cual nos muestra en toda su desconsoladora desnudez la imperfección, la injusticia y la impasibilidad reinando en la Naturaleza. La destruirá, sobre todo, esa desdeñada biología que, a la chita callando y sin vociferaciones sectarias, ha suprimido el demonio, convertido los milagros en alucinaciones, descubierto la neurosis de la santidad y del misticismo, y está en camino, cuando acabe de roturar las ignotas tierras cerebrales, de fijar todas las condiciones físico-químicas de las emoción y del pensamiento, del ensueño y del error, del sentimiento antropomórfico y del incurable espejismo de lo absoluto. Pero no hablemos del porvenir y atengámonos al presente. Y la obra actual debe ser labor de ilustración y tolerancia. El que todo lo comprende, todo lo perdona, ha dicho, creo que Víctor Hugo. Comprendamos, pues, para perdonar, y perdonemos para amar”.

En cuanto al personaje de Jaime Miralta –el hombre “natural– es descrito por el autor como “español, naturalizado francés, célebre ingeniero y director de importante y acreditada fábrica de aparatos eléctricos”, amén de defensor del “positivismo inglés”, del “evolucionismo científico” y del “regeneracionismo español”. De la larga conversación con su amigo Esperaindeo Carcabuey –el hombre “artificial”–, abogado, tradicionalista, engendrado por una madre cincuentona mediante fecundación artificial y víctima de la artificialidad de la educación, hemos extraído el siguiente párrafo:

“Lo importante es hacer más fácil y agradable la vida de los hombres, conquistar un rincón en las almas y en los libros, donde gozosas aleteen nuestras ideas; emerger, en fin, la masa anónima del pobre rebaño donde se cuenta por millones para ingresar por derecho propio en la brillante legión en que se cuenta por unidades. Ardua es la labor, grandes los contratiempos y sinsabores de la lucha; pero ¡cuán hermosa y halagadora la victoria! ¡Qué alborozo sentirnos por primera vez enfocados desde abajo por miles de ojos curiosos y acariciadores!… Y luego se eslabonan otras mil satisfacciones, resultantes de la trascendencia científica y social de la obra, de la gratitud de la miseria redimida, del soberano orgullo de pensar que, al venir al mundo, no hemos fatigado en vano la fragua de la Naturaleza…

(…) Ha poco te decía que el mundo no esta en sazón para la filosofía ni para la   justicia.  Triste es reconocerlo…, pero ello es que, a pesar de la tan decantada tolerancia de los  modernos tiempos, sólo le dejan a uno ejercitar el sentido común en el apacible campo de la ciencia.

Laboremos, pues, en él, puesto que en él se nos permite discurrir libremente. Los apóstoles de la justicia serán oídos más adelante cuando la ciencia omnipotente haya iluminado todos los antros y sinuosidades de la Naturaleza y del espíritu”.

 

Hace algunos años García Durán y Nana Ramón y Cajal rescataron otro de los cuentos iniciales: La vida en el año 6000, en el que el autor, datos cronológicos al margen, muestra su poder de predicción y nos asoma a un futuro hecho hoy realidad en una buena parte:

 

“Claro, en vuestro tiempo obtuvisteis la urea y sintetizasteis las grasas, pero hoy construimos los albuminoides a bajo precio y todos los principios inmediatos necesarios a la vida. Aquellos huevos que esta mañana almorzasteis son artificiales y estaban destinados a obtener en las estufas vesículas blastodérmicas y pollos artificiales. Pero más os maravillaréis si supierais que en la culta hotentotia se están fabricando mamíferos artificiales y que está en estudio la fabricación humana a buena marcha. Hasta ahora se han conseguido óvulos de construcción nueva, que tienen la propiedad de evolucionar cuando se los inyecta en una matriz femenina y se le fecunda artificialmente. Falta, sin embargo, algún punto de detalle que esperamos resolver en breve. Por lo demás, todas las academias sabias esperan con impaciencia este descubrimiento, cuyos nuevos incidentes son vistos y telegrafiados por aparatos especiales a todas las oficinas del Estado. Este interés depende de la controversia acerca del papel de la herencia en el progreso humano. Hay quien supone que el hombre máquina será un imbécil porque no ha podido heredar todas las disposiciones embrionarias del cerebro que han preparado el desarrollo actual. Quien defiende al contrario, que esta nueva obra de la industria será un modelo de la raza, un hombre sin pecado original, exento de todos los prejuicios que el largo errar de los siglos han precipitado sobre el cerebro, un hombre sin padres y por tanto sin sentimientos ni adherencias morales que deriven inútilmente sus corrientes nerviosas, un hombre sin ideas teológicas, históricas, lingüísticas, debe ser un ser perfecto, capaz de sentir la verdad y cultivar la ciencia con un éxito extraordinario.

¿Pero cómo se ha realizado este progreso?

Porque ya ha penetrado el hombre todos los resortes de la estructura del óvulo; sí, en este conocimiento se fundan los progresos; ha averiguado todos los principios inmediatos de que el protoplasma se forma, las leyes de su distribución, ha arrancado el secreto de la química celular, que consiste principalmente en la elaboración de fermentos y su acción sobre las materias asimiladas. Ha llegado a ver en qué puntos reside el movimiento evolutivo, cuál es su ley y el por qué de la reproducción de los órganos y de las formas filogénicas. Ha sabido después, imitando los procederes químicos de la naturaleza, hacer principios inmediatos, los ha moldeado, en fibras, en membranas, ha rodeado a éstas de sus condiciones normales de vida y desarrollo y han vivido y desarrolládose. En esta labor han transcurridos muchos milenios y para darla cima han tenido que descubrir nuevos cuerpos, trabajando tenazmente los sabios de mil naciones. El primer ser artificial que se obtuvo fue un micrococo de una millonésima de milésima de milímetro de diámetros. Tras él vinieron otros y hoy no hay bacteriólogo que necesite sembrar sus caldos para obtener ricas cosechas de microbios.

Así hemos logrado obtener familias de filósofos meditabundos con codos cartilaginosos, zapateros con callosidades en las nalgas, razas de devotos con bolsas serosa permanentes y hereditarias en las rodillas, boxeadores con puños colosales, herreros con zarpa de tornillo y bailarinas con pantorrillas auténticas.

Pero estas selecciones desaparecieron por inútiles dando paso a las selecciones intelectuales. Hoy sólo de cuando en cuando surge algún imbécil que otro, que figura comno rara avis en los museos de plantas (…)”.

 

No sería ésta la única predicción en el terreno de lo científico. Como tampoco dejaría a lo largo de su vida de adelantarse al futuro en el terreno de lo social y de lo político, como desgraciadamente lo prueba su preciso pronóstico de la Segunda Guerra Mundial, nada más acabada la Primera, así como del diagnóstico de la fuerza desintegradora de los exasperantes nacionalismos. No obstante, siempre se mostró optimista y no cayó en el pesimismo de otros autores acerca de “la decadencia de Occidente”.

ARTÍCULOS DEL DOCTOR BACTERIA

 

Los artículos, publicados bajo el título de Las maravillas de la Histología y firmados con el seudónimo de Doctor Bacteria, aparecieron primero en la revista La Clínica de Zaragoza y, más tarde, en la Crónica de Ciencias Médicas de Valencia, durante el periodo en el que, según los biógrafos G. Durán y F. Alonso, “hervía de ideas su cerebro atizado con el fuego de intensa lectura, y la parte de artista, tan pujante en su personalidad, exigía se le prestase cierta atención, lo que le impulsó, a fin de limpiarse del peso de estos pensamientos a dar rienda suelta a la fantasía, echándolos fuera de sí”. Desafortunadamente, los artículos, parecen haber desaparecido y sólo quedan los retazos que el propio autor reproduce en la segunda parte de sus Recuerdos.

En general se trata de artículos en los que el texto es ciertamente recargado, al “estilo Castelar” –como señala su propio autor–, pero que poseen fuerza poética y un importante valor literario por la peculiaridad de sus descripciones de ese “maravilloso mundo de lo infinitamente pequeño”, en las que se hace muy patente el antropomorfismo señalado por Sherrington. Cajal llena el paisaje microscópico de seres que viven y luchan, que se apasionan y afanan como si fueran humanos. Así, unas veces, echa mano de la realidad social para describir al leucocito errante con sus contracciones amiboideas, abriendo brecha en la pared vascular “como el preso que lima las rejas de la cárcel”, y a las células adiposas, “modelo de economía doméstica, quienes en previsión de futuras escaseces reservan los alimentos sobrantes del festín de la vida para utilizarlos en las huelgas orgánicas y en los grandes conflictos nutritivos”; otras veces, se vale de la estrategia militar, como cuando describe a la noble célula nerviosa extendiendo sus brazos de gigante, “a modo de los tentáculos de un pulpo (…) para vigilar las constantes asechanzas de las fuerzas físico-químicas”, o cuando se refiere a “las luchas homéricas libradas entre los elementos semiasfixiados de los territorios inflamados o de los elementos amenazados por la invasión de los tumores”; otras, en fin, se vale del avance de la técnica y, así, por ejemplo, cuando se refiere a la fibra muscular, la describe con su geométrica arquitectura, y en la que, “a semejanza de la locomotora, el calor se transforma en fuerza mecánica”. Tampoco falta, un poco recargado, el recurso poético: “los campos traqueales y laríngeos, sembrados de pestañas vibrátiles que, por virtud de secretos impulsos, ondean cual campo de espigas al soplo de la brisa invernal”.

Cajal, partidario decidido de la “grandiosa y trascendental teoría celular de

Schwann y de Virchow”, llama la atención acerca de la “hermosura de lo pequeño” y alienta a los jóvenes a escudriñar el fascinante mundo de cé

lulas y microbios:

“Venid con nosotros al laboratorio (…). Asomaos a las ventanas del ocular, y la hoja del vegetal como el tejido animal os revelarán por todas partes una construcción idéntica: especie de colmena formada por celdillas y más celdillas, separadas por una argamasa intersticial poco abundante, y albergando en sus cavidades, no la miel de la abeja, sino la miel de la vida, bajo la forma de una materia albuminoide, semisólida, granulosa, cuyo seno encierra un pequeño corpúsculo: el núcleo”.

También el proceso de fecundación, la unión del incansable zoospermo y del sencillo óvulo, “imán de sus amores” es objeto de análisis por parte del maestro de la Neurofisiología:

“¿Quién osará negar que existe una severa competencia de carreristas en los zoospermos que, para dar cima al acto supremo de la fecundación, vuelan en el denso enjambre hacia el óvulo? Sólo uno de ellos, el más fuerte o el más afortunado, sobrevivirá a la destrucción irrevocable para sus compañeros más perezosos (…). De este ósculo de amor brotará la innumerable progenie de células del organismo. Pero sólo aquél zoospermo privilegiado alcanzará el supremo galardón de perpetuar la raza y de conservar y transmitir, cual nueva vestal, el fuego sagrado de la vida (…)”.

Asismismo, las ideas evolucionistas y de la selección natural, tan en boga en la época, salen a relucir en los escritos cajalianos:

“Una existencia, por grande que sea, aun ennoblecida por los fulgores del genio, nada significa a los ojos de la Naturaleza. Que todo un pueblo sucumba; que razas enteras sean aniquiladas en la lucha por la vida; que especies zoológicas antes pujantes sean inmoladas en la bárbara batalla, poco importa al principio director del mundo orgánico. Lo esencial es ganar la contienda, tocar la meta final, objeto de la evolución orgánica”.

Y tampoco faltan el ansia de inmortalidad:

“Consolémonos considerando que si la célula y el individuo sucumben, la especie humana y, sobre todo el protoplasma, son imperecederos. El accidente muere, pero la esencia, o sea la vida subsiste”.

 

No podemos terminar esta breve alusión a Las maravillas de la Histología sin hacer partícipe al lector del siguiente texto que nos muestra ciertas coincidencias del pensamiento de Cajal con ciertas ideas filosóficas de Schopenhauer, Spencer y Nietzsche, cuando todavía no había leído una palabra de estos autores:

 

“Este protoplasma llenó con sus creaciones el espacio y el tiempo; se arrastró en el gusano, vistiese de irisados colores en el vegetal, adornóse con la radiante corona del espíritu en el mamífero. Comenzó inconsciente y terminó consciente. Fue esclavo y juguete de las fuerzas cósmicas, y acabó por ser el látigo de la naturaleza y el autócrata de la creación…

¿Adónde va la vida? ¿Ha llegado a la meta y agotado su fecundidad en el organismo humano, o guarda en cartera proyectos de más elevados organismos, de seres infinitamente más espirituales y clarividentes, destinados a descorrer el velo que cubre las causas primeras, acabando con todas las empeñadas polémicas de sabios y filósofos?

¿Quién sabe? Acaso este protoplasma semidiós fenecerá también, en aquel triste día apocalíptico en que la antorcha solar se apague, el rescoldo central de nuestro globo se enfríe y no queden sobre su corteza sino fúnebres despojos e infecundas cenizas… Día horrendo, soledad angustiosa, noche oscurísima aquella en la cual se extinga con la luz del Universo la luz del pensamiento … Pero no …, esto es imposible … Cuando nuestro miserable planeta se fatigue y la fría vejez haya consumido el fuego de su corazón, y la tierra se torne glacial e infecundo páramo, y el sol enrojecido y muriente amenace sumirnos en tinieblas eternas…, el protoplasma orgánico habrá tocado la perfección de su obra. Entonces el rey de la Creación abandonará para siempre la humilde cuna que meció su infancia, asaltará audazmente otros mundos y tomará solemne posesión del Universo”.

REGLAS Y CONSEJOS SOBRE INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA

 

Subtitulada Los tónicos de la voluntad, este libro, como el mismo autor advierte en el prólogo, es una reproducción, “con numerosos retoques y desarrollos”, del discurso de ingreso de Santiago Ramón y Cajal en la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, pronunciado el 5 de diciembre de 1897 y titulado Fundamentos racionales y condiciones técnicas de la investigación biológica.

Está considerado como las más literaria de sus producciones científicas y la más científica de sus obras literarias y, según Severo Ochoa, “debería ser lectura obligatoria de todos los estudiantes de los últimos cursos de bachillerato”, ya que de su lectura, además de otros muchos “consejos y advertencias”, se puede sacar la enseñanza de que “todo hombre puede, si se lo propone, ser escultor de su propio cerebro” y que la historia de Cajal es la de “una voluntad indomable resuelta a triunfar a toda costa”. Marañón lo consideraba como “un verdadero evangelio de la santa busca de la verdad”.

A pesar de las penurias pasadas para sacar adelante la primera edición en forma de libro –no hubiera sido posible “si el doctor Lluria no hubiera tenido la generosidad de reimprimirlo a su costa”–, la verdad es que la obra tuvo seis ediciones en vida de Cajal y, luego, ha sido publicada en diferentes idiomas, incluido el japonés, lo que demuestra el aprecio de este pequeño tesoro en todo el mundo.

Cajal parte de varias premisas: la primera es que toda obra grande es el resultado de “una gran pasión puesta al servicio de una gran idea”; la segunda es que, para conseguirla es necesaria “una voluntad resuelta a crear algo original”; la tercera, que tan educable es la voluntad como la inteligencia del investigador. Ni que decir tiene que a lo largo de toda la obra se mantiene como un referente constante el que la investigación científica es “el solo derrotero que puede conducirnos a una explicación racional y positiva del hombre y de la naturaleza que le rodea”, una de las aspiraciones más nobles y loables que el hombre pueda perseguir, ya que “acaso más que ninguna otra se halla impregnada con el perfume del amor y la caridad universales”.

Presenta el trabajo dividido en siete capítulos:

“en el primero procuraremos disipar preocupaciones y falsos juicios que enervan al principiante, arrebatándole esa fe robusta en sí mismo, sin la cual ninguna investigación alcanza feliz término; en el segundo expondremos las cualidades de orden moral que deben adornarle, y que son como depósitos de la energía tonificadora de su voluntad; en el tercero, lo que es menster que sepa para llegar suficientemente preparado al teatro de la lucha con la Naturaleza; en el cuarto apuntaremos las enfermedades de la voluntad y del juicio del que debe preservarse; en el quinto detallaremos el plan y marcha de la investigación misma (observación, explicación o hipótesis y comprobación); en el sexto haremos algunas advertencias tocantes a la redacción del trabajo científico; en el séptimo, en fin, consideraremos los deberes del investigador como maestro”.

El libro acaba con un “breve estudio acerca de nuestro atraso científico y de las obligaciones del Estado en orden al fomento y enseñanza de la investigación”, reconociendo que el rendimiento científico de los españoles ha sido “pobre y discontinuo” y recomendando “despensa y escuela”, es decir, la regeneración por el trabajo y el estudio, como los remedios a la España que navegaba de un siglo a otro en medio de los embates del bravío oleaje político, ya que “nuestros males no son constitucionales, sino circunstanciales, adventicios”.

Las palabras del gran matemático Julio Rey Pastor son bien elocuentes del impacto que el libro causó en las nuevas generaciones de investigadores españoles: “creo que esta es la máxima eficacia que cada pensador puede esperar de sus propias ideas; que ellas queden flotando en el ambiente y adheridas a las otras mentes hasta impersonalizarse; sus ideas no serán ya nunca más suyas cuando lleguen a ser de todos los españoles, a quienes dio Usted pauta y ejemplo”.

 

EL ARTE Y LAS VANGUARDIAS

El nacimiento de la Microbiología como disciplina científica tuvo su correspondencia en el Arte con la irrupción del Impresionismo, uno de los movimientos artísticos más determinantes en la historia del hombre. A través de ambos fenómenos, el hombre pudo descubrir nuevos mundos fascinantes. Por un lado, se trataba de aprehender la naturaleza mediante la imagen, no mediante la forma; por otro, se ponía al descubierto una parte de la vida que había permanecido oculta para el hombre: el mundo microbiano, una de las manifestaciones vitales más maravillosas y excitantes de ese universo invisible al ojo humano que nos rodea. El Impresionismo era en palabras de Antonio Machado “una pintura de ciegos que quiere alcanzar la luz”, la Microbiología era para Pasteur y los suyos la luz que ponía fin a largos siglos de ciencia ciega.

El Arte descubrió que la única fuente creadora de los colores es la luz solar que envuelve todas las cosas y las revela, según las horas del día, con infinitas formas; la técnica había encontrado una fuente única para obtener colores artificiales: la síntesis química. Del color a la luz. La luz se había convertido en el verdadero sujeto de la pintura impresionista, y la luz significaba la posibilidad de observación de los organismos microscópicos. Otro punto de coincidencia. Y es que “sólo con la luz las cosas tienen cuanta realidad puedan tener” (F. Pessoa).

 

La luz no sólo dispone a nuestro espíritu para percibir el misterio infinito de la vida macroscópica, sino también el de la microscópica. Convertida en un haz luminoso permite producir, mediante el microscopio óptico, imágenes aumentadas mil o más veces de un microorganismo no perceptible a simple vista, haciéndolo perceptible al ojo humano. Este campo de observación se ha ido extendiendo conforme se ha ido disponiendo de la microscopía de campo oscuro, la microscopía de contraste de fases y la microscopía de fluorescencia. Pero lo mismo que inventó el color a imitación de la Naturaleza, el hombre también “hizo la luz”. El desarrollo del microscopio electrónico, en el que los rayos luminosos han sido sustituidos por haces de electrones, ha permitido conocer el tamaño, la estructura y la morfología de los virus así como mejorar el conocimiento de las estructuras bacterianas. La luz, tanto en el cuadro del pintor impresionista como en el microscopio del investigador, ha dado respuesta al poeta: es tan sólo existencia. Por eso, la tarea del científico y del artista no se acaba nunca, ya que “expresar lo que existe es una tarea interminable” (M. Merleau-Ponty).

Se señala a la fotografía como uno de los claros influyentes en el nacimiento y desarrollo del Impresionismo y a las técnicas de tinción como uno de los elementos clave a los avances microbiológicos. A ambos contribuyó Cajal inventando técnicas y procedimientos fotográficos y aplicando en época temprana el color, por una parte, y aportando, en su famoso estudio sobre el cólera, un método de coloración del “bacillus comma” y otro para conservar y colorear las colonias del vibrión colérico en agar y gelatina.

Sin embargo, en su mocedad, época en la que pudo dedicar más tiempo a su vocación artística, no pudo tener contacto con un movimiento que se desarrolló fundamentalmente a partir de la década de 1870, en la etapa en la que Cajal estaba más volcado en su ingente labor científica, si bien nunca abandonó sus impulsos artísticos, aunque sólo fuera para ilustrar sus libros y sus clases universitarias, como hace ver el siguiente testimonio de uno de sus alumnos en la Universidad de Madrid: “En la pizarra del aula, y con tiza de diferentes colores, trazaba, no esquemáticas, sino maravillosas, completísimas láminas, que eran la admiración y sorpresa de todos nosotros. (…) hubo alguna ocasión en que el entusiasmo juvenil hubiera estallado en aplausos hacia el artista, y digo hacia el artista, porque los dibujos en su significación histológica, lo mismo que la lección oral, estaban bastante lejos del poder comprensivo de la masa”.

 

Sería ya en sus años de madurez cuando volvería su mirada nuevamente al Arte, pero lo que vio en el llamado “arte de vanguardia” surgido a partir del Impresionismo parece que no le gustó demasiado. El que fue un auténtico vanguardista –recuérdese que la vanguardia más auténtica iba unida a actitudes sociales progresistas e implicaba innovaciones formales y un ansia transformadora de la sociedad, a la que estaban contribuyendo decididamente la ciencia y la técnica– en el terreno de la ciencia, se mantuvo fiel a la idea del arte clásico a lo largo de su vida.

En 1902, a los cincuenta años, Cajal publica La psicología de los artistas, artículo que da nombre a un libro de ensayos y tres décadas más tarde, en El mundo visto a los ochenta años expone lo que él considera “la de generación de las artes” ocurrida, según su opinión, a finales del siglo XIX y principios del XX:

 

“Durante mi fase de madurez –hace veinticinco años o treinta años– los buenos pintores, fieles al concepto clásico de la exacta representación objetiva no incompatibles con un sano idealismo, copiaban fielmente la Naturaleza. Acataban sumisos los cánones inmutables legados por la antigüedad, ampliados y enriquecidos con mágicos efectos de color, dibujo y expresión por adquirir maestría en la composición y el diseño, imitar el modelado, dominar la luz, fijar, según normas geométricas, la perspectiva e infundir espíritu y fue adquisición privativa, si no exclusiva del siglo XIX) el trasunto fiel del paisaje, los celajes, la indumentaria y cuantos elementos de ambiente y de interior complementan y realzan el tema pictórico. En mi devoción fervorosa de la anatomía humana, estaba yo encantado al advertir cómo el artista creaba hombres de carne y hueso, sin traicionar las sabias leyes de la perspectiva y el ritmo del movimiento y del esfuerzo. Pero ¡oh desilusión! Durante estos últimos veinticinco años nos han invadido los bárbaros, nacidos casi todos en Francia, Alemania; Holanda y Escandinavia. Menospreciando las enseñanzas acumuladas por dos mil años de tanteos y progresos, han tratado de envilecer nuestros museos y exposiciones con los engendros más disparatados e insinceros. El afán de novedad, el ansia de lucro fácil y la complicidad de marchantes sin conciencia les han llevado a profanar, con sus manos rudas de artesanos, la excelsa hermosura del arte perenne. Y muchos de ellos han conseguido imponer a los beocios, horros de buen gusto y de memoria visual, una manera nueva, superficial, esquemática y pueril, hecha de incompetencia, comodidad y pereza. Aquellos eximios artistas que tardaban meses en domar la realidad, quedarían absortos si resucitaran y vieran que un modernista puede improvisar un cuadro –vamos al decir– en dos o tres días.

¡Quién lo dijera! Estos esperpentos han hallado eco y aplauso en los críticos contemporáneos a quienes, cuando se trata de juzgar a los grandes artistas del pasado no se les cae de la boca, con intención peyorativa, las palabras de academismo (tal creen ellos), clasicismo, pintura fiambre de museo, objetivismo fotográfico, etc. Así creen enterrar o arrinconar en los desvanes de la historia las gloriosas creaciones de antaño, dándonos como quintaesencia del arte un amasijo multiforme y contradictorio de escuelas que han bautizado con los pomposos nombres de arte moderno, pintura de vanguardia, cubismo, prerrafaelismo, expresionismo, fauvisme, arte viviente, postimpresionismo, etc. Y hasta existen críticos tan candorosos y complacientes, como Roh, que emplean su talento en forjar teorías para explicar y legitimar tales vesanias.

Los críticos menos perturbados por tan grosera falsificación nos dicen que la pintura de vanguardia rechaza la copia servil del natural, al alcance de cualquiera (en mi sentir no lo han logrado plenamente sino un centenar de genios auténticos), sino en. simbolizar la realidad, traducir pensamientos abstractos, sugerir emociones nuevas, etc. ¡Como si la copia estricta de la Naturaleza, más o menos poetizada, fuera incapaz de alegorizar y de comunicar sentimiento e ideas!…

Otorgando a estos críticos, harto ingenuos e indulgentes, las virtudes de la sinceridad del juicio y de la honestidad crematística, yo les diría: ¿No advertís que falseáis el concepto característico y tradicional del arte, que fue siempre, por definición, imitar fielmente la Naturaleza? ¿Es que no basta para acentuar y diferenciar una personalidad artística ese amplio margen representado por el estilo, el tema, la luz, la historia y el paisaje? ¿No echáis de ver que invadís el terreno de la literatura, cuya misión primordial consiste en sugerir emociones, pensamientos y actos?

(…) España es una de la naciones menos infestadas por la lepra del arte moderno. Sin embargo, al visitar las exposiciones recientemente advirtiesen, aunque con rareza, salpicaduras y resabios del morbo pictórico de la postguerra. Para calificar tales extravíos, han inventado el maestro D. José Ortega y Gasset una designación feliz y expresiva deshumanización del arte. Lo malo es que los aficionados a lo feo y a lo deforme, no sólo desnaturalizan al hombre si no que los desnaturalizan todo: paisaje, indumentaria, cielos, edificio, mueblaje, naturalezas muertas. ¡Grata comodidad! Necio fuera quebrarse la cabeza –una cabeza sin cerebro, naturalmente– en copiar concienzudamente la realidad. Tarea ruda, laboriosa, que pide aptitud nativa, tiempo y paciencia.

No hemos caído aún, repetimos, por fortuna en España en las idioteces deliberadas de Picasso en su primera manera (pueriles simbolizaciones geométricas), de Delaunay, Matisse, Carvá, Chirico (caballos de tiovivo), Kundesky (manchas caóticas indescifrables, inferiores a los dibujos del hombre cuaternario), Citroen (ciudades de terremoto), Metzungler (caballos de juguetes y mujeres de cartón); Erenest (fantasías delirantes donde se funden monstruosamente mujeres descabezadas y palomas), Cézanne y otros muchos idólatras de lo feo o arbitrario embadurnadores de lienzos al acecho de fáciles e incautos clientes.

Entre nosotros, sólo contamos hoy –y lo digo con reservas, pues presumo que atraviesan una fase de contrición y arrepentimiento– con algunos artistas talentudos, sugestionados por dichas modas ultrapirenaicas. Cuento entre ellas a Anglada–Camarasa, Miró, Cossío, Vázquez Díaz, Gutiérrez Solana, para no comentar sino casos que considero todavía curables. Ni aun el ilustre impresionista Zuloaga (y en parte los Zubiaurre) se ha librado enteramente de la moda modernista que, en fin de cuentas, no es ninguna novedad por ser la manera de los primitivos”.

Y en esto coincidía con Pablo Picasso cuando afirmaba que “después de Altamira, sólo está el vacío”. Pero el encuentro se producía yendo cada uno en direcciones opuestas. No importa, dos genios tampoco tienen por qué viajar juntos; cada uno puede “hacer camino al andar” por sí mismo, y con ello, salimos ganando todos al disponer de distintas alternativas con las que llenar el zurrón del caminante tan ávido de aventura como de cultura.

 

Santiago Ramón y Cajal. Por José González Núñez.  Referencia: García JA, González J, Prieto J.

Santiago Ramón y Cajal, bacteriólogo. Barcelona: Grupo Ars XXI, 2006

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

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