Darwin y el viaje del Beagle

 

Sin duda el segundo de los viajes de exploración del Beagle es considerado como el de mayor repercusión en la historia de la ciencia. Después de varios meses de demora por diferentes causas el Beagle, un bonito bergantín de tres palos, 240 toneladas de peso y 27,5 metros de eslora, al mando del joven capitán Robert FitzRoy, levantó anclas del puerto de Davenport (Plymouth), en la costa suroeste de Inglaterra, la mañana del día 27 de diciembre de 1831. Y lo que se había previsto como un viaje de dos años de duración para “completar el reconocimiento de Patagonia y Tierra del Fuego, comenzado bajo la dirección del capitán King de 1826 a 1830, hacer un estudio de las costas de Chile, Perú y de algunas islas del Pacífico, y efectuar una serie de medidas cronométricas por todas partes del mundo”, se convirtió en casi cinco años de navegación por “esos mares de Dios”. En ese momento, Charles Darwin solo tiene 22 años, es un joven entusiasta, aunque no pueda decirse que sea un aventurero, acaba de diplomarse en Cambridge, donde ha seguido estudios de teología, completados con cursos de botánica, geología e historia natural. Se ha incorporado a la expedición en sustitución del naturalista inicialmente previsto “para recoger, observar y anotar todo lo que merezca la pena en el campo de la Historia Natural”, recomendado por su amigo y profesor John Stevens Henslow. Pronto la tripulación del Beagle lo conocerá como “el filósofo” y será testigo de su meticulosa dedicación a la recolección de muestras geológicas y al estudio de la flora, la fauna o los fósiles de los lugares por los que van pasando.

Tras pasar por Madeira y Tenerife, donde no pudieron atracar para disgusto de Darwin que tenía mucho interés en conocer la isla, a mediados de enero atracaron en Porto Praia en la isla volcánica de Santiago, perteneciente al archipiélago de Cabo Verde, lugar en donde Darwin vio por primera vez la vegetación tropical y comenzó la descripción de su diario publicado. Desde aquí la expedición se dirigió a San Salvador de Bahía, quedando impresionado por los bosques amazónicos. Luego, emprendieron rumbo a Río de Janeiro y bajaron por la costa sur americana, observando una noche que estaban anclados en el Río de la Plata el fenómeno conocido como “fuego de San Telmo” (“Todo estaba en llamas, en el cielo había rayos y en el agua partículas luminosas, e incluso los propios mástiles estaban coronados con una llama”). Visitaron posteriormente Uruguay y la Patagonia, llevándose una imagen muy positiva de los gauchos, a los cuales describirá como hombres de campo, muy superiores a los que residen en las ciudades, y dice de ellos: “El gaucho es invariablemente muy servicial, cortés y hospitalario. No me he encontrado con un solo ejemplo de falta de cortesía u hospitalidad. Es modesto, se respeta y respeta al país, pero es también un personaje con energía y audacia”. Y es que, junto a sus observaciones de naturalista, Darwin no deja de anotar con la curiosidad y el interés de un antropólogo las costumbres, las formas de vida de los distintos pueblos con los que se encuentran e incluso las anécdotas que surgen del contacto con las gentes en los puertos y en las poblaciones de tierra adentro.

El Beagle cruzó el estrecho de Magallanes por los canales australes, en torno a Tierra del Fuego, y subieron por la costa de Chile hasta Valparaíso, en cuyo puerto recalaron en julio de 1834 para recorrer el interior del país andino, siendo la ascensión al cerro de La Campana uno de los acontecimientos que relata con mayor gozo: “Pasamos todo un día en la cima y nunca gocé otro más plenamente. Chile, limitado por los Andes y el Pacífico, se veía como en un mapa. El placer de ese escenario en sí mismo hermoso aumentaba por las muchas reflexiones que éste provoca (…). ¿Quién puede evitar maravillarse ante la fuerza que levantó estas montañas, e incluso más al pensar en las incontables edades requeridas para romperlas, removerlas y nivelarlas?”. Un año después, el Beagle se alejaría de la costa de América para iniciar el último de sus itinerarios: el del Océano Pacífico, eso sí, previa parada en las Islas Galápagos, la cual resultaría de vital importancia en la historia de la ciencia, ya que las observaciones de Darwin sobre las tortugas, iguanas y pinzones en estas islas desempeñaron un papel crucial en la elaboración de la teoría de los mecanismos de transformación de las especies (curiosamente, mientras Darwin estaba en la Galápagos, Herman Melville, bajo el pseudónimo Salvador R. Tarmoor, publicó Las Encatadas, un conjunto fragmentario de relatos sobre las  las islas Galápagos, en los que añade ciertos elementos ficcionales a descripciones de amplia base realista). Posteriormente, el Beagle visitaría Tahití, Nueva Zelanda, Australia y la Isla de Mauricio. Tras doblar el Cabo de Buena Esperanza, volvió a tocar la costa brasileña y, desde aquí, ya se dirigió a Inglaterra a través de las Azores. El 2 de octubre de 1836 atracó en el puerto de Falmouth (Comwall), muy cerca de su punto de partida.

En 1839 aparece publicado su diario de viaje, Viaje alrededor del mundo de un naturalista, también conocido como El viaje del Beagle, que, dada su alta calidad literaria y amenidad, tendrá un éxito muy superior al del relato de la expedición escrito por el capitán FitzRoy. Darwin consigue convencer al lector de que lo maravilloso existe y es real, por más insólito que pueda parecer: ¡Qué admirables vistas al atravesar las colinas situadas detrás de Praia Grande! ¡Qué espléndidos colores, qué hermosísimo tinte azul oscuro! ¡Cómo parecen disputar entre sí el cielo y las tranquilas aguas de la bahía acerca de quién eclipsará a quién en magnificencia! Sin embargo, Darwin sabe combinar el gozo con el sufrimiento que toda aventura lleva implícito, mostrando la dureza del medio y el encuentro con la enfermedad, el dolor, la desdicha o la barbarie humana, unas veces en el primitivismo salvaje y otras, en la crueldad de un colonialismo feroz. Además, Darwin hace ver el carácter transformador de todo viaje iniciático, que queda reflejado en su propia experiencia vital: embarcó un joven estudiante de teología y regresó todo un naturalista convencido de la evolución de las especies y de que debía prevalecer la observación científica a su formación religiosa.

No obstante su profundo convencimiento de la existencia de la selección natural desde el momento mismo del regreso, Darwin necesitará más de 20 años para organizar su trabajo, cuyo plan verá precipitarse por un acontecimiento inesperado surgido en el verano de 1858. En efecto, en esas fechas, Darwin recibió una carta del naturalista Alfred Rusell Wallace sellada en Ternate, una pequeña isla del archipiélago malayo, pidiéndole su opinión acerca de un artículo en el que exponía esencialmente las mismas ideas que Darwin había formulado desde hacía mucho tiempo, pero que no había publicado todavía, tratando de dotarla de la mayor solidez científica posible. Este acontecimiento aceleró la publicación de El origen de las especies en 1859, obra que obtuvo un éxito inmediato. Al exponer el mecanismo por el cual las especies evolucionan adaptándose a su medio ambiente, se cambió el concepto de inmutabilidad y se puso en tela de juicio el dogma religioso de la Creación, provocando una fuerte polémica que todavía continúa hoy en ciertos círculos. Si Galileo, con su telescopio, cambió la idea de la Tierra como centro del universo (geocentrismo), Darwin, con su viaje del Beagle, puso fin al planteamiento del hombre como centro de la misma (antropocentrismo). La genialidad de Darwin fue aunar una gran capacidad expositiva con un profundo espíritu crítico y sentido analítico. En 1871, cuando ya sus ideas transformistas se habían abierto camino, dio a luz su trabajo El origen del hombre y la selección sexual. Así resume el escritor Antonio Muñoz Molina las cualidades literarias del científico británico: “En una época en la que las imágenes de lo no directamente familiar eran muy escasas Darwin describe lo desconocido haciéndolo visible. Por los mismos años en los que él escribía Flaubert se exasperaba buscando la palabra justa. Juan Ramón Jiménez le pide a la inteligencia que le diga el nombre exacto de las cosas: las palabras de Darwin tienen la precisión de la poesía y de la ciencia. Con cada una de sus observaciones infinitesimales estaba tanteando, construyendo sin saberlo aún, la teoría de la evolución, la trama de novela más colosal y verdadera que nadie ha inventado nunca”.

Y para terminar, el reconocimiento a Alfred Russel Wallace, cooperador imprescindible en la publicación de la teoría de la evolución por parte de Darwin (“¡no podría haber escrito un mejor resumen!”), que lejos de disputarle a Darwin la paternidad de la misma, le mostró siempre su respeto y afecto incondicionales. Pero, además, Wallace fue un notable naturalista (es considerado como el padre de la biogeografía), un prolífico escritor y un viajero infatigable que, primero, recorrió el Amazonas y el Río Negro y, luego, pasó ocho años (1854-1862) explorando el archipiélago malayo y recolectando miles de especies animales. La historia de estos estudios y aventuras fueron publicadas bajo el nombre de El Archipiélago Malayo, obra que se convirtió, a través de sus sucesivas ediciones, en uno de los diarios de exploración científica más populares e influyentes hasta las primeras décadas del siglo XX.

 

 

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

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