Paludismo

 

Algunos pueden pensar que la malaria o paludismo tiende a minimizarse. En cierto modo es verdad. Estamos lejos de los 2 millones de muertes anuales que se citaban por el año 2000. Pero el escenario actual dista de cualquier tipo de optimismo.

La OMS la tiene entre sus prioridades desde hace muchos años. En la lucha antipalúdica se han involucrado numerosos países, ONGs, mecenas y sociedades científicas. A pesar de todo, se estima que anualmente mueren directamente por la enfermedad más de 400.000 personas. Aparte de las consecuencias negativas en los campos de la sanidad, educación y economía.

Hasta ahora las mejoras se han logrado a base de medidas profilácticas sencillas como mosquiteras, ahuyentadores, fármacos… y cultura. Pero en África los resultados han sido muy pobres; más del 90% de las muertes ocurren en África.

Hasta la fecha, los experimentos con vacunas no han dado buenos resultados. En su día se ejecutaron varios proyectos dirigidos por el colombiano Patarroyo con resultados negativos. Simultáneamente trabajó el español Pedro Alonso en África con un proyecto de GSK con resultados alentadores pero no definitivos. Afortunadamente, antes de abandonar el proyecto, el mecenazgo de la Fundación “Bill y M. Gates” permitió a GSK culminar la producción de “Mosquirix” con una eficacia parcial en lactantes. No superaba el 36% de protección en los niños vacunados a partir de los 5 meses.

Los citados resultados decepcionaron parcialmente en el mundo científico y sanitario. Se sabe que la variación del protozoo en un ciclo tan complejo y con su mosaico antigénico dificulta la obtención de buenos resultados. Seguramente era preciso explorar nuevas vías, nuevos tipos de vacunas.

El grupo de la Universidad de Nijmegen (Países Bajos) liderado por Saurwein infectó con esporozoitos vivos, por picadura de mosquitos, a voluntarios sanos asociando cloroquina (antipalúdico) en la primera inoculación. Así se logró la protección frente a inoculaciones posteriores.

Este experimento tan interesante se publicó en el “NEJ of Medicine”. Era una forma nueva, aunque irrealizable, de proteger frente al paludismo.

En esta línea el grupo de Medicina Tropical de Tubinga, liderado por Kremsner inyecta los protozoos atenuados (radiaciones, genética…), que mantienen una capacidad infectante, pero menor. También lo asocian con cloroquina como seguridad. Los resultados, aunque limitado el número de voluntarios, arrojo una efectividad del 100%. Este trabajo se publicó a mediados de Febrero (2017) en la revista “Nature”. Parece que, ahora sí, se vislumbra la luz al final del túnel.

Pero no nos engañemos, por mucho que se progrese con las vacunas, si abandonamos las demás medidas profilácticas sencillas y baratas poco podremos avanzar. Y todo pasa por centrar la atención en las áreas endémicas, especialmente africanas.

 

Dejar respuesta