Foto: Domingo Leiva

 

Fue un tenebroso día de noviembre en mayo. El viento de poniente desangraba las playas del Cabo de Gata y el cielo incendiado de azul de los días anteriores se había convertido en un yuyal. En la sombra de la primera esquina de la madrugada lo aguardó embozada la de la corvilla alargada y filosa. No tuvo tiempo de sentir pavor ante la muerte. Tras la tajadura, su corazón se desplomó noche abajo hasta ser un golpe de tierra sin latido, apenas un puñado de talco desparramándose en la más negra de las penas. Aquella noche estaba solo, sin los brazos ávidos de otras noches en las que no deseaba más que la vida. Aquella noche nos dejó a todos a solas con nuestro silencio, huérfanos de su corazón.

Augusto Peláez apenas tenía cincuenta años recién cumplidos y su nombre de emperador romano era tan solo un disfraz de quien fue el más respetuoso entre los hombres, el más sencillo entre los médicos. Consideraba que la medicina es el paradigma de las profesiones al añadir a las condiciones del exclusivo saber técnico especializado el hecho de que su ejercicio se realiza en beneficio de otros. Por eso, -decía- el médico necesita interesarse por todo lo humano para ejercer de manera óptima su profesión, pues nada de lo humano puede serle ajeno. No podía entender que se pudiese ser un médico completo si, al mismo tiempo que se aprenden las bases científicas de la medicina y las habilidades prácticas en la atención al enfermo, no se interesa uno también por todos aquellos aspectos del ser humano que le lleven a tratar a los enfermos como “un todo”. Por eso, quiso abrir una nueva vía en la atención al paciente psiquiátrico, integradora de la medicina de familia y la psiquiatría, que los homeópatas del orden médico-político –fraygerundios tan bien hablantes como mal actuantes- malversaron.

Compartía con el profesor José de Portugal, con quien tan buenos ratos y provechosas conversaciones tuvimos durante los cursos de verano de la UCM en Almería en la década de los años noventa, que “la medicina es una actividad llena de hombre, de ser humano, y si pierde este contenido se quedará en una técnica, físicamente eficaz pero humanamente pobre y peligrosa”. Acaso influido por la lectura de las historias clínicas de Sigmund Freud -cuya redacción está no pocas veces a la altura de los mejores relatos literarios-, afirmaba que no hay nada mejor que la elaboración de una buena historia clínica. Para ello, se requieren tres herramientas tan sencillas como ausentes muchas veces en la práctica médica actual: silla (“el mejor instrumento del médico”, según Gregorio Marañón), palabra (sin ella no es posible el diálogo con el enfermo) y tiempo (Michael Balint recordaba lo provechoso que resulta dedicar “seis minutos más al enfermo”). Los pacientes de El Acebuche, La Bola Azul, Torrecárdenas … fueron testigos durante años de que el doctor Augusto Peláez predicaba con el ejemplo.

Pero el buen médico emerge desde la condición de buena persona, cuya esencia viene determinada por tres actitudes fundamentales: el respeto, la tolerancia y la solidaridad. La primera responde al comportamiento de quien actúa de forma cuidadosa para no ofender a nadie y trata con miramiento y consideración a los demás, al tiempo que no consiente que otros le humillen o le priven de sus derechos (respeto a los demás y a sí mismo). La tolerancia es la cualidad del que respeta las creencias, opiniones o prácticas de los demás, aunque sean diferentes a las suyas, del que comprende el valor de las diferentes formas de entender la vida, siempre y cuando no atenten contra los derechos de los otros. Por último, la solidaridad es la actitud del que se siente moralmente obligado a ayudar a los demás y a compartir sus problemas. Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena, nos da una buena pista: “Moneda que está en la mano/ quizá se deba guardar;/ la moneda del alma/ se pierde si no se da”.

Pues bien, pocas personas como Augusto Peláez han puesto en práctica la bondad humana a través del ejercicio diario de los valores morales anteriormente comentados. Buena persona es “quien de verdad quiere serlo” y, en ese sentido, podría decirse que a él le sobró vocación. Siempre tuvo una fina sonrisa de comprensión e indulgencia para las debilidades humanas, una vez que se despojó en el diván de Alejandro Gállego de los infernales temores del catecismo astetiano que le oprimieron como un soguerío durante su infancia y adolescencia y toda vez que hubo transmutado el marxismo-leninismo juvenil por el marxismo grouchiano de la edad madura, fuente que le proporcionaba su mordaz ironía, el análisis cabal y el convencimiento de que uno no tiene la culpa de todas sus flaquezas, y de que no hay certezas, sino que la verdad de hoy se hace con renuncias a las verdades de ayer y de mañana. En los últimos años de su vida pasó buena parte de su tiempo en el huerto de Epicuro, cultivándolo con la morriña de Xinzo de Limia, el sol de la Axarquía malagueña y la luz del Retamar almeriense. Allí encontró, hasta mimetizarse con ella, la buena sombra del algarrobo, la mejor entre los árboles.

Y, junto al buen médico y la buena persona, el buen amigo. La amistad es la más libre y la más gratuita entre todas las vinculaciones que se puedan establecer entre las personas. Decía Aristóteles que en la amistad se concreta la inteligencia, la libertad y la dignidad del hombre, teniéndola por “lo más necesario para la vida” (Ética a Nicómaco), mientras que Pedro Laín, el maestro de la historiografía médica española, pensaba que “la amistad consiste, cuando se reduce a su quintaesencia, en dejar que el otro sea lo que es y quiere ser, ayudándole delicadamente a lo que debe ser”. Sabedor de todo ello, Augusto Peláez trató de cosechar con paciencia campesina las espigas de las que se alimenta la amistad: la benevolencia, la beneficencia, la benedicencia y la benefidencia o confidencia. Fue el caminante que hizo camino al andar, el romero que solo llevaba a cuestas un zurrón repleto de bondad para descargarlo en las posadas de la amistad y dar cuanto tenía o hacía, también lo que era. Quizás nunca la pronunció, pero seguramente sentía como suya aquella frase que un día leyó en un relato de Álvaro Pombo: “Yo soy mi corazón y tú también”. Nadie sabe cuántas palabras caben en el silencio del amigo.

Han pasado diez años. No se han escrito obituarios ni elegías de quien tan solo fue -nada más y ¡nada menos!- que un buen médico, un hombre bueno. A su tumba no cavada no ha llegado la sentencia implacable del olvido, la que nos convierte a todos en verdaderos muertos. Si, como asegura Emilio Lledó, “somos necesariamente en el otro y cuanta más memoria guardan los demás de nosotros más somos”, entonces Augusto Peláez es, aún sigue vivo. Para los demás, ha resultado muy duro seguir moviendo el corazón todos los días casi cien veces por minuto sin su ayuda, pero la huella de su voz cordial, de su palabra cardial no se ha borrado del hipocampo de sus pacientes, de sus amigos, de su familia, de todos aquellos con los que supo hacer la pequeña gran historia de cada día.

Aquel sábado sin arrebol una inmensa minoría quedamos atrapados en la siniestra tela de araña de su ausencia. Diez años después, seguimos necesitando oír el susurro de su voz bajo ese disfraz de caracola que un buen día encontró en el piélago de su apellido. Para entender el mundo por lo sencillo, por la grandeza de las pequeñas cosas: el trabajo bien hecho, el apretón de manos que siente el corazón, la palabra dialogada e interpretada en el otro, el ser condoliente con el que sufre, el tratar de hacer el amor -nunca la guerra- siempre que se pueda … y, cuando la ocasión sea propicia, hacer el humor y no pillar perras.

 

 

 

 

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

1 Comentario

  1. Fantástico artículo. Se nota la proximidad, la complicidad y tú sensibilidad desde el conocimiento y la amistad

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