En el primero de sus relatos autobiográficos, El pequeño Wilson y el gran Dios, Anthony Burgess dibujó el esperpéntico cuadro que encontró su padre cuando regresó a casa procedente del campo de batalla: junto a la cuna dónde él estaba yacían muertas su madre y su hermana. El escritor evoca con gran realismo el primero de los trágicos hechos que marcarían su vida y su obra:

“Los primeros recuerdos de uno suelen ser indirectos: te dicen que hiciste o participaste en algo; uno lo dramatiza y guarda la imagen falsa en los anales de los recuerdos verdaderos. Pues bien, tengo menos de dos años cuando veo, sentado sobre un hombro, a una multitud en el Picadilly de Manchester, agitando banderas y vitoreando el armisticio. Entonces se apagan las luces. A principios de 1919 mi padre, aún no licenciado, llegó a Carisbrook Street en uno de sus permisos regulares, probablemente irregulares, y encontró muertas a mi madre y a mi hermana. La pandemia de gripe había atacado Harpurhey. No cabía duda sobre la existencia de un Dios: sólo el ser supremo podía inventar un sainete tan ingenioso después de cuatro años de sufrimiento y devastación sin precedentes. Por lo visto yo cloqueaba en la cuna mientras mi madre y mi hermana yacían muertas en una cama en la misma habitación. No debía cloquear, sino gritar de hambre; quizá la vecina, que también estaba enferma, me había traído un frasco de tónico. La actitud de mi padre hacia su hijo debe ser ahora demasiado complicada para resultar inteligible…”.

Como los de tantas otras personas que sobrevivieron a la epidemia, la gripe también destruyó los sueños y esperanzas de Miranda, la protagonista de Pálido caballo, pálido jinete y “alter ego” de la escritora norteamericana Anne Katherine Porter, que sufrió los estragos de la enfermedad en su juventud y quedó marcada por ellos el resto de su vida.

Al principio, la manera de presentarse hizo que, en muchos casos, la gripe se confundiera con otras enfermedades y que no se le diera la importancia debida. De acuerdo con A. W. Crosby, “el brusco acceso de la infección y el grado de postración en el que se sumía el paciente –el término técnico es ‘fulminante’– parecía demasiado extremo para ser atribuido a la gripe”. Pero pronto los contundentes datos epidemiológicos y la detallada observación clínica hicieron que el diagnóstico de gripe no ofreciera dudas, a pesar de los confusos datos que ofrecían los análisis de laboratorio a causa de las complicaciones bacterianas secundarias y por el hecho de que se siguiera creyendo que el patógeno responsable era el bacilo de Pfeiffer –actualmente conocido como Haemophilus influenzae–, que había sido aislado durante la epidemia de 1890. Sólo a partir de 1919 comenzó a sospecharse el origen vírico de la epidemia, teoría que empezaría a tomar cuerpo de manera sólida diez años después.

En cuanto al origen, durante mucho tiempo la epidemia de 1918-1919 fue conocida como “gripe española” o “spanish lady”, intentando señalar su supuesto origen español. Hoy en día esta hipótesis carece de fundamento científico y se atribuye a que la difusión de tal denominación fue más bien debida al interés de los franceses e ingleses, por una parte, y de los alemanes, por otra, en desviar la atención hacia España, dada su posición de neutralidad durante el conflicto bélico, así como por la amplia difusión que hizo la prensa de nuestro país de la epidemia a partir del mes de mayo de 1918, cosa que no sucedió -sino todo lo contrario- con la de los países involucrados en la guerra. También se ha especulado con su posible origen asiático, tal y como había ocurrido con las epidemias de 1847 y 1890; en este caso habrían sido los 200.000 coolies chinos trasladados a Francia a principios del año 1918 para trabajar en la retaguardia del ejército aliado los principales vehículos de infección, pero esta hipótesis choca con el hecho de que los primeros enfermos de que se tienen noticia en China aparecieron en el mes de julio, es decir, varios meses después de haberse recogido los primeros casos en Estados Unidos y cuando se contaban por miles las personas afectadas en toda Europa. Por tanto, la hipótesis más plausible es la del origen americano y el pronto intercambio de gérmenes entre Norteamérica y Europa, lo que viene reforzado por el aumento de gripe porcina experimentado en Estados Unidos durante la explosión de la gripe humana y la relación existente entre los virus responsables de ambas enfermedades.

En efecto, hace algo más de una década el equipo del doctor J. Taubenberger, analizando la secuencia del ARN de los fragmentos del virus de la gripe de 1918 –aislado a partir de tejidos pulmonares de un enfermo muerto durante la epidemia que se conservaban adecuadamente– y comparándola con la de otras cepas almacenadas en distintos bancos genéticos de Estados Unidos, Europa y Japón, llegó a la conclusión de que el virus que provocó la terrible pandemia era totalmente nuevo y estaba muy relacionado con un subgrupo de cepas que infectan habitualmente a los hombres y a los cerdos; una de las posibles explicaciones es que el “nuevo virus” fuera una recombinación genética entre un virus porcino y otro humano, aunque también existe la posibilidad de que el virus porcino hubiera adquirido capacidad para infectar a las personas o incluso de que el virus bien pudo haber estado “escondido en algún lugar desconocido” hasta que reapareció con un nivel de virulencia inusitado y una gran capacidad de penetración en el sistema respiratorio.

Leer capítulo 1: La verdadera historia de la Gripe del 18. Guerra y Gripe

Próximamente: La gripe llega a España

José González
José González Núñez

Doctor en Farmacia
Autor de los libros: La Historia oculta de la Humanidad, La Farmacia en la Historia, Ajuste de cuentos y Viaje al levante almeriense, entre otros

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