Teoría microbiana

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Por Mª Luisa Gómez-Lus, José González

La teoría microbiana de la infección constituye no solo constituye uno de
los hitos clave de la historia de la Medicina y el punto de partida de la
Microbiología científica, sino también uno de los más importantes avances
sociosanitarios en la historia de la humanidad. El establecimiento de la
teoría microbiana de la infección tuvo sus principales repercusiones en el
impulso de la mentalidad etiopatológica en la asistencia al enfermo, en el
progreso de la higiene y la sanidad públicas, en la evolución de la asepsia y
la antisepsia y, con ellas de la profilaxis quirúrgica, así como en el
desarrollo de la quimioterapia y la inmunización a partir de las
investigaciones de Paul Ehrlich.

Precursores de Pasteur en la búsqueda del origen de las enfermedades
contagiosas

Ya en la culturas antiguas y clásicas existen precedentes de la intuición de
algunos médicos y escritores no médicos de la presencia en el aire de
organismos productores de enfermedades. Así, podemos encontrar en
Varrón (siglo I a. C.) la denuncia del peligro de los pantanos como fuente
de contagio porque “engendran pequeños animales imperceptibles que
penetran en el cuerpo por la boca y las narices con el aire que se respira y
provocan enfermedades molestas”.

Sin embargo, el primer gran peldaño en la búsqueda del origen específico
de la enfermedad infecciosa hay que buscarlo en la obra de Teofrasto
Bmbast von Hohenheim, más conocido como Paracelso (1493-1541), el
gran rebelde contra la patología humoral galénica. Paracelso hizo
frecuentes referencias a muchos procesos infecciosos descritos por la
medicina tradicional, introduciendo en sus descripciones elementos nuevos,
entre los que hay que destacar la concepción de la enfermedad infecciosa
como la alteración de mecanismos químicos en el organismo, que podía ser
provocada por el desarrollo de “semillas morbosas” a causa de la
corrupción del cuerpo debido al “ens astrale” o al “ens Dei”. Paracelso basó
sus ideas en la observación y en la experimentación y tuvo el mérito de
buscar un remedio específico para cada enfermedad, preconizando el
empleo de mercurio para el tratamiento de la sífilis, enfermedad cuyo
nombre procede de un bello poema: Syphillis sive morbus gallicus (1530)
del médico italiano G. Fracastoro, quien describió imaginativamente las
aventuras de un pastor –Syphillo– que comete un grave ultraje contra Apolo y éste le castiga enviándole un mal espantoso, del cual el pastor sólo
se libraría tras bañarse en aguas mercuriales.

Años después, Fracastoro defendió en otro famoso libro, De Contagione et
Contagiosis morbis, que la sífilis y otras enfermedades infecciosas, como la
peste, la viruela y el sarampión, eran causadas por diminutos “gérmenes” o
“seminarias” y se transmitían de persona a persona. La obra general de
Fracastoro representa un verdadero hito en la patología infecciosa, pues
contribuyó decisivamente al conocimiento y al control de las enfermedades
infecciosas pudiendo considerarse punto de partida de la moderna
epidemiología. En ella se estudian de forma amplia y precisa las causas, la
naturaleza y las consecuencias del contagio. Según el gran médico veronés:
“Para que exista el contagio son necesarios siempre dos factores, ya sean
dos individuos diferentes, ya sean dos partes continuas de un mismo
individuo”. Además, de acuerdo con los planteamientos de Fracastoro, es
necesario distinguir tres tipos de contagio: la transmisión de hombre a
hombre, la transmisión indirecta por medio de objetos y la transmisión a
distancia.

Aunque la teoría de Fracastoro sobre el origen de las enfermedades
infecciosas era de una extraordinaria claridad, no se pudieron hacer
progresos en su conocimiento hasta que se inventaron los microscopios y
pudieron ser utilizados para la identificación exacta de las “seminarias” de
Fracastoro. El primero en comprobar las tesis de Fracastoro fue el jesuita
alemán A. Kircher, a quien puede atribuirse el inicio de la microscopía
médica. Kircher advirtió hacia mediados del siglo XVII la presencia de
colonias de seres vivos en la sangre y en la materia órganica corrompida,
que corresponderían a las semillas de Fracastoro, aunque sin comprender la
naturaleza de lo que veía. Es más: llegó a confundir agrupaciones de
hematíes con pequeños gusanos perniciosos que él identificaba con los
supuestos gérmenes de Fracastoro.

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