El cloro, de símbolo Cl, es uno de los elementos más significativos para la vida. Cuando es puro se presenta como gas tóxico, olor sofocante y color verdoso, que reacciona rápidamente formando compuestos abundantes y variados. Muchos tienen interés en medicina, por sus aplicaciones o efectos tóxicos. Destacan: las sales, como el cloruro sódico y los ácidos, como el clorhídrico o el hipocloroso. Además se han desarrollado un gran número de medicamentos y pesticidas clorados.

“No es Cl-oro todo lo que reluce”.

Los optimistas deben tenerlo en cuenta porque muchos éxitos deslumbrantes han terminado en serios problemas.El cloro (del griego chloros, verde) ha creado en Medicina algunas confusiones. Cloroma, cloroplastos, clorofila o clostridios,  nada tienen que ver con el elemento citado. La clorosis, palidez verdosa-amarillenta, de moda entre las jovencitas del Romanticismo, se debe a tuberculosis o anemias ferropénicas, como causas probables.

 El ejemplo del DDT. Entre los clorados más impactantes en Medicina figura el dicloro-difenil-tricloroetano (DDT). Procedente del cloroformo, se puso de moda, tras descubrir el suizo P. Müller, galardonado con el Nóbel, su acción insecticida. Arruinó la economía de pequeñas empresas y boticas productoras de remedios para moscas, mosquitos, pulgas, piojos, ladillas, etc. Por ejemplo, desaparecieron los ingeniosos anuncios sobre preparados para ladillas, envejecidos durante años en paredes, pancartas y periódicos. “Ladillol”, “Mataladillas Bomba” “Aceite inglés, ladilla que toca, muerta es” o “Aceite inglés, todos saben para qué es”, eran algunos. El DDT acabó con todos de la noche a la mañana.

La 2ª Guerra Mundial fue el banco de pruebas para el control de piojos, tifus y malaria, y el debate quedó servido. En la balanza pesaban las vidas salvadas; enfrente el daño al medio ambiente, superior al de otros productos. Concluyó con la prohibición progresiva en todo el mundo desde los años 70; ¡y todavía quedan restos contaminantes!

El paradigma de los CFC (Cloro-Fluoro-Carburos). Al principio solo se encontraron ventajas a su empleo y fueron imprescindibles en nuestras vidas. Se buscaban refrigerantes no tóxicos que sustituyeran al amoniaco y se encontraron en estos freones enormes ventajas. A partir de los 50 se generalizó su uso. No quedó hogar, coche, taller o centro médico, sin sustancias dispensables por spray gracias a los CFC. Los insecticidas, antisépticos, analgésicos, antihistamínicos, etc. se beneficiaron de este nuevo sistema. Un día se detectó un descenso del ozono estratosférico con serias repercusiones sanitarias, demostrándose algo inimaginable: ¡una de las causa eran los CFC! Desde 1.987 se adoptaron medidas internacionales para su reducción, a la vez que aumentaban las discrepancias; el debate sigue abierto.

¿Estarán actuando los diferentes compuestos clorados de forma solapada en la salud humana? No hay pruebas concluyentes sobre su acción en la fertilidad, cáncer, resistencias microbianas, etc. pero alerta a muchos científicos.

¡La guerra es la guerra! Con frecuencia los avances maravillosos, utilizados maliciosamente, son demoledores. En la 1ª Guerra Mundial la lejía (hipoclorito) salvó numerosas vidas como desinfectante en hospitales militares, ambulancias y agua de bebida. A la vez, el gas mostaza (compuesto di-clorado) masacraba a miles de soldados con la denostada guerra química. Los diferentes tratados firmados desde 1.675 sobre uso de venenos en la guerra nunca fueron un problema insoslayable, ¡dependen de la interpretación!

El dominio francés con los gases lacrimógenos fue respondido inmediatamente por los alemanes. Tras varios intentos frustrados, el genial químico Fritz Haber (síntesis amoniaco, Premio Nóbel…) encontró una horrible arma de guerra: el gas mostaza. Su vida transcurrió entre honores, premios, juicios y persecuciones; toda una novela en rosa y negro, de genial a villano. Su obra se tradujo en miles de muertes, incluidas las de su esposa e hijo, que se suicidaron por sentimientos de cómplice culpabilidad. Por cierto, hace poco menos de 100 años, tampoco España resistió la tentación de utilizarlo como represalia tras el desastre de Annual. Y lamentablemente, la guerra química sigue de actualidad en pleno siglo XXI.

Cloruro sódico

La sal común ha estado ligada al desarrollo de la humanidad. Ha condicionado asentamientos poblacionales y se llegó a utilizar como unidad monetaria, objeto de impuestos y motivo de guerras. Define el salado, sabor básico, y es el condimento más universalmente utilizado.

Un valor añadido es su actividad antibacteriana. Las salazones evitan la putrefacción de alimentos, fundamentalmente por la acción del cloro ionizado y la diferencia de presión osmótica creada (deshidratante celular). La cecina, jamón curado, bacalao, arenque, etc., siempre dieron seguridad, independencia y libertad al hombre. Permiten almacenar para tiempos de escasez y hacer largos viajes, con reservas alimenticias.

En terapéutica hemos redescubierto el cloruro sódico. ¡Cómo descansan los pies cansados en agua con sal! La solución salina se utiliza para lavados conjuntivales, bucales y de heridas infectadas por acción de limpieza mecánica y descongestionante. Y si hablamos de su trascendencia sanitaria, la hidratación con suero salino fisiológico probablemente ha salvado más vidas que cualquier otro fármaco. En el laboratorio, la solución salina a diferentes concentraciones se usa para todo: diluciones, mecánica celular, medios de cultivo, etc.

Hipoclorito. La lejía

Siempre estuvo en el punto de mira de nuestras madres. Una gota en un traje supone una marca indeleble por destrucción de tintes, pero es imprescindible en el hogar. Es el desinfectante universal más eficiente para fregaderos, suelos, aseos, etc.

La historia del control de las infecciones hospitalarias está ligada a la lejía. Ya se citaba a finales del XVIII su eficacia en la “podredumbre” hospitalaria reduciendo las infecciones. Durante el XIX, Labarraque y Alcok ampliaron sus indicaciones a la limpieza de heridas infectadas, gangrenosas y lavado de manos en quirófano. Debieron tener pocos seguidores, porque las prácticas del excéntrico y gris Semmelweis levantaron una tormenta científica en Europa.

Demostró en 1.846 la alta frecuencia de fiebres puerperales y mortalidad en los pabellones frecuentados por alumnos, tras prácticas con infecciosos y autopsias. El lavado de manos con una solución de cloruro cálcico, similar a la lejía, redujo la mortalidad en parturientas del 27 al 0.2 %. ¡Pues prevaleció el escepticismo mucho tiempo y, todavía hoy, hay que recordar constantemente la eficacia del lavado de manos!

La demostración de la etiología infecciosa desencadenó una serie de hallazgos y aplicaciones de la lejía. La eliminación del bacilo tuberculoso de muestras patológicas, ropas, etc. fue el comienzo; ningún nuevo patógeno descubierto resistía a su acción. Con el hipoclorito se cercó a la infección preparando una eficaz estrategia: el control del agua de bebida, como se demostró en las epidemias de cólera. Desde entonces es imprescindible en abastecimientos de agua, piscinas, etc. constituyendo una de las medidas sanitarias más importantes de todos los tiempos.  

Cuando muchos pensaban que la lejía quedaba algo anticuada, nuevos escenarios de los últimos 30 años la han puesto de actualidad. Es de los mejores desinfectantes frente a virus; valor seguro en SIDA, hantavirus, priones (“vacas locas”), etc. para jeringuillas, utensilios, superficies y restos patológicos. En la pandemia de COVID se confirmó su eficacia, aunque dejara un cierto “regusto” en algunos Presidentes de Estado.

El cloro en antisépticos y medicamentos

Adquirió tal fama, para lo bueno y lo malo, que se buscaron todo tipo de aplicaciones.   Se iniciaron con el presidente americano Coolidge, aplicándole en 1.924 cloro inhalado para un resfriado con buenos resultados. “El gas cloro, aniquilador bélico, ayuda al resfriado del Presidente”, publicaban los periódicos. El Post destacaba: “El cloro salvará más vidas al año que las bajas causadas en la guerra”. Fue un espejismo, como la reciente repetición en el resfriado COVID, en este caso con lejía, del presidente Trump. 

La clorohexidina, anciano compuesto de más de 70 años de edad, goza todavía de buena salud. Tras el fracaso en varias indicaciones, se aprobó en 1.954 como antiséptico para heridas de piel y preparación del campo quirúrgico. Pero su fama se debe a la Odontología: colutorios, barnices, dentífricos, chicles, etc. Ya en los años 90 se usaba en 100 países con unos cinco mil millones de aplicaciones anuales.

De los medicamentos clorados, destacan los antibacterianos. Los más importantes surgieron de los Streptomyces, habitantes microbianos de la tierra. El cloranfenicol (1.947), considerado el primero de amplio espectro, complementó el espectro de penicilina y estreptomicina. Su descubrimiento fue como una película de suspense. No faltaron: espionaje industrial, celos profesionales, competición científica y persecución del mismo objetivo. Un año más tarde se une el cloro a la tetraciclina, la clortetraciclina, que inauguró la carrera de antibióticos semisintéticos.

Otros antibacterianos clorados de interés corresponden a la clindamicina, cloxacilina, y clofacimina, con indicaciones muy precisas e historias relevantes todos ellos. De los antifúngicos, ketoconazol y posaconazol son clásicos representantes de los azoles, grupo que arrancó en 1.960 con un compuesto clorado también, el clotrimazol.

En otros campos terapéuticos destaca el cloroformo, anestésico histórico sustituido hace más de 50 años, pero imprescindible todavía en el laboratorio. Prácticamente todas las especialidades cuentan con algún medicamento clorado. La introducción de clorpromacina, marcó la denominada “4ª revolución de la Psiquiatría”. En diabetes se usa la clorpropamida, en oncología el clorambucil, en alergología la clorfeninamina, en ginecología el clomifeno, en hematología clopidogrel, etc. De uso común a varias especialidades, disponemos de corticoides como el clobetasol o anti-inflamatorios no esteroides como el diclofenaco.

¿Tóxico o inocente?

La toxicidad del cloro es, cuando menos, paradójica. ¿Por qué el ácido clorhídrico, corrosivo, muy ácido y usado como desincrustante de tuberías, es inocuo en el estómago? La realidad es que su producción gástrica, para la imprescindible acción digestiva y defensiva, está perfectamente regulada. La patología por hiperclorhidria y reflujo con acción en el esófago desprotegido, puede ser de mal pronóstico. Suele ser peor la inhalación de gases clorados, ya sea accidental en cloración de piscinas o en guerra química, por ejemplo. El aparato respiratorio es más vulnerable, produciéndose desde una irritación aguda mucosa a la asfixia agónica inmediata.

El cloruro sódico, vital para el hombre, bajo diversos factores, causa hipertensión con consecuencias cardiacas. La lejía es motivo de nefastas negligencias domésticas cuando se guarda en recipientes inadecuados, que parecen ejercer una especial atracción a los niños. Al menor descuido, la ingestión de este desinfectante provoca lesiones esofágicas muy graves.

El panorama de los medicamentos clorados es diferente. Se utilizan por sus bondades, ¡pero es que algunos…! El cloranfenicol, sin ir más lejos, que se saludó triunfalmente, pronto enseñó su peor cara: la grave anemia aplásica. Quitándole el cloro, se obtuvo el tianfenicol, resolviendo el problema parcialmente, como cuando se modificó la clortetraciclina a oxitetraciclina.

Aunque la toxicidad no siempre sea achacable al cloro, en general el margen de seguridad terapéutica es estrecho en los medicamentos clorados. Es como jugar a las siete y media. O no llegas, y no cura, o te pasas de dosis, en cuyo caso conviene leer los innumerables efectos secundarios referidos en el prospecto. 

Juzgando su toxicidad, se anotan serios agravantes, especialmente con el cloro libre. Por tanto se le condena a la pérdida de libertad y a ser recluido en compuestos con menor toxicidad, sometidos a estricta vigilancia.

Médico e investigador español en Esfera Salud | Ver sus artículos

Médico, microbiólogo e investigador. Fue profesor de varias universidades españolas donde dirigió Tesis Doctorales y proyectos de investigación sobre: diagnóstico, nuevos antimicrobianos, simulaciones en modelos de cultivo continuo y arquitectura de poblaciones bacterianas. Su labor, plasmada en numerosas publicaciones en revistas científicas, libros y artículos de divulgación, ha sido reconocida con diversos nombramientos y premios. En Esfera Salud, sus artículos de divulgación sobre historia y actualidad de la Medicina, están dirigidos al público interesado en temas de Salud.

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