automedicación
Foto por Christine Sandu en Unsplash

¿Puede explicarse una curación «milagrosa» por la fe? ¿Es capaz una simple inyección de agua salada de curar un cáncer?  ¿Son más eficaces  los fármacos ingeridos en forma de cápsulas grandes, de colores fuertes y alto precio? En 1955, el médico norteamericano Harry Beecher publicó un artículo titulado «El poderoso efecto placebo» (Journal of the American Medical Association). Demostró que el responsable de tales efectos no es otro que  nuestro organismo. Todavía hoy se desdeña su papel en el panorama científico, aunque se les reconocen algunas aplicaciones médicas.

Precedentes

 El «efecto placebo» es conocido desde la  antigüedad y son abundantes las referencias religiosas médicas y literarias. 

Fe y curaciones. Los creyentes de todas las religiones disponen de un sinfín de historias documentadas sobre «curaciones milagrosas».  Todas ellas presentan un importante componente psicosomático que ejerce un verdadero efecto placebo. Un ambiente de altísima tensión emocional  reina en santuarios religiosos, como Fátima o Lourdes. En  este último,  tras el paso de miles y miles de enfermos, sólo 54 sanaciones milagrosas han sido reconocidas por la jerarquía católica. Esto no impide que infinidad de personas aseguren haber sido curadas de sus dolencias. Lo mismo cabría decir de grupos y sectas religiosas que aseguran estar curando todo tipo de enfermedades sin más recurso terapéutico que la fe. Siempre en entornos que propician una gran sugestión colectiva. 

Historias actuales sobre placebos. Existen muchas. Es llamativa  la de un paciente norteamericano llamado Wright. En 1957 le diagnosticaron un linfosarcoma con algunos tumores de tamaño considerable. Estando hospitalizado, con evolución desfavorable, se enteró de la aparición de un nuevo fármaco anticancerígeno a base de suero de caballo, llamado «Krebiozen». Lo pidió a su médico (Bruno Klopfer) que, ante el pronóstico fatal del enfermo, accedió a administrárselo. En unos días, Wright se encontró eufórico y  fuera de peligro. El facultativo anotó: «las masas tumorales disminuyeron como bolas de nieve en una estufa, y en pocos días se redujeron a la mitad de su tamaño original.

Una recuperación mucho más rápida que la que podrían experimentar los tumores con un intenso tratamiento de radioterapia». A los diez días fue dado de alta. Dos meses más tarde cayó en sus manos un documento en el cual se dudaba de que aquella pócima tuviera efecto curativo alguno. Rápidamente comenzó de nuevo a empeorar. Alertado por su deterioro, el médico contraatacó diciéndole que la medicina sí era eficaz. Además le inyectó un líquido – ¡agua!– que describió como «un nuevo compuesto dos veces más eficaz que el original». Wright se recuperó inmediatamente, pero dos meses después conoció otro informe que demostraba, sin lugar a dudas, la inutilidad del suero de caballo. El enfermo murió a los dos días.

Nadie duda del poderoso impacto emocional que ejercen sobre sus pacientes los «curanderos psíquicos» del estilo de Zé Arigó o Alex Orbito. El supuesto sanador, tras introducir aparentemente su mano en el cuerpo del enfermo, extrae unos despojos feos y sanguinolentos, «indudable» causa de la enfermedad. Por más que  se haya demostrado el fraude, el enfermo experimenta un alivio en sus síntomas, aunque raramente se produzca su curación. Todos, desde el brujo de la tribu hasta los practicantes de las modernas «medicinas alternativas» intentan aliviar los sufrimientos humanos. El  90% de los remedios, según algunos expertos, se basan en placebos.

El estudio GERAC analizó la eficacia de la acupuntura en un amplio número de pacientes aquejados de los típicos dolores de espalda. Un grupo fue sometido a terapias médicas contrastadas como masajes o fisioterapia. A un segundo grupo le fue aplicada acupuntura tradicional y, finalmente, otros recibieron una acupuntura «ficticia». Sólo una cuarta parte de los pacientes del primer grupo mostró un cierto alivio, frente a un 50% de la acupuntura «verdadera». Pero la acupuntura «ficticia» brindó alivio en un porcentaje de casos sólo un poco inferior.

«Yo habría apostado por una mayor diferencia entre la acupuntura auténtica y la ficticia», resaltó el acupuntor y director del estudio, Albrech Molsberger. Para muchos, estos resultados demostrarían que la acupuntura se basa fundamentalmente en el efecto placebo. Pero también que este efecto puede ser más poderoso , aunque ensombrecido por los deficientes protocolos médicos.  Algunos expertos han criticado la metodología del experimento calificándola de «sesgada», por lo que la polémica proseguirá durante mucho tiempo.

Según Herbert Benson «el cerebro almacena en su memoria ciertas rutas de acceso hacia la sanación y emite señales para producir elementos químicos  curativos». Pero no hay muchas certezas. Los médicos no se sienten cómodos con este tipo de situaciones, porque  ignoran casi todo sobre los fenómenos psicosomáticos

Los discutidos estudios clínicos

Claro que el tema es polémico. En un metaanálisis, A. Hrobjartsson y colaboradores (The New England Journal of Medicine)  revisaron 114 estudios incluyendo más de 8.500 pacientes. Se concluía que la supuesta mejoría de los enfermos tratados con placebos era «un mito». Revelaba la completa inutilidad terapéutica en el tratamiento de procesos tales como la esquizofrenia, la depresión, o la infertilidad.

Sin embargo, el panel «Uso y abuso del placebo» (Congreso Internacional, Madrid, 1.999),  asumió  el efectivo componente terapéutico para el dolor,  depresión y  ansiedad. Así es. En el Instituto Karolinska, se compararon pacientes que recibían analgésicos con aquellos a quienes se suministraban placebos. Ambos producían  notable alivio del dolor y  aumento importante de la actividad cerebral registrada por Tomografía Emisión Positrones en el córtex cingulado anterior.

También funciona en otros procesos. En 2001, la revista Science recogía las conclusiones de científicos canadienses con algunos placebos. Llegaban a elevar la liberación de dopamina tanto como los fármacos químicamente activos en el tratamiento del Parkinson. En esta misma enfermedad, investigadores italianos inyectaron inicialmente un  específico  a varios pacientes, pero luego fue sustituido por agua salina. Los enfermos no sólo declararon encontrarse mucho mejor, sino que hasta la rigidez propia del Parkinson disminuyó. Y en otro estudio sobre el mismo mal, emprendido por médicos norteamericanos en  Denver, simularon realizar un trasplante de neuronas a los afectados, y la mejoría real de estos se prolongó durante más de un año.

El efecto placebo en Cirugía . En 1959, The New England Journal of Medicine publicó los resultados de un nuevo método –hoy en desuso– para tratar la angina de pecho. La idea era bloquear la arteria mamaria para desviar la sangre hacia el corazón, mejorando así su irrigación. El experimento se hizo con 17 voluntarios cuyo diagnóstico había sido confirmado.

De forma aleatoria, en unos casos la arteria fue ligada y en otros no. Cinco de los 8 intervenidos mejoraron, pero también lo hicieron 5 de los 9 no operados. Incluso  2 de estos últimos declararon que habían vuelto a realizar ejercicio físico. Nada sorprendente ni excepcional en la práctica quirúrgica como bien saben los cirujanos. Si al intervenir a un paciente,  encuentran que nada pueden hacer, vuelven a coser sin más. Si por las circunstancia que sean, el enfermo lo ignora o cree que le han intervenido eficazmente, en algún caso mejora  espectacularmente.

Ensayando nuevas medicinas

Actualmente los placebos se han incorporado inexcusablemente al método científico para investigar cualquier nuevo producto terapéutico o preventivo. La observación del efecto placebo en los ensayos «doble ciego» depara no pocas sorpresas. En  la Sociedad Europea de Cardiología,  Finner informó presentó un medicamento capaz de bloquear un receptor de cannabinoides, involucrados en la sensación de ansiedad. Sería útil para seguir una dieta o dejar de fumar. Entre las 1.507 personas obesas que se prestaron voluntariamente al experimento, quienes recibieron el fármaco redujeron su peso en 8,5 Kg., y su diámetro de cintura en casi 9 cm. Pero los que consumieron el placebo lograron bajar 3,8 Kg. y 4,5 cm., respectivamente. No está mal, ¿verdad?.

  Algún día se utilizarán placebos para otras patologías. Científicos de la Universidad de UCLA estudiaron el efecto con placebo en 51 pacientes aquejados de depresión. Los resultados positivos fueron sólo ligeramente inferiores a los de antidepresivos clásicos, aunque ambos actúen sobre mecanismos cerebrales distintos. ¿Será posible, como afirman, que del 50 al 75 % de los efectos causados por  antidepresivos consumidos a toneladas sean  efectos placebo?  Sólo tenemos unos cuantos botones de muestra, pero quien quiera entender,… 

¿Tienen futuro los placebos?

Necesitamos investigar más, aunque tenemos algunos puntos de partida.  En 1991, Solomon, Kemeny y Temoshok demostraron algunas acciones tras administrar un placebo. Las  endorfinas, inmunopéptidos, moléculas de la llamada «cascada del stress» y  defensas, como los neutrófilos y linfocitos, se alteran significativamente. Una vez más, se demuestra que algo inmaterial como la sugestión –en suma, un pensamiento– provoca efectos físicos reales y tangibles.

En cualquier caso, se vislumbran posibilidades. El psicólogo  Nicholas Voudouris puso en marcha una investigación  con estudiantes voluntarios. Estudió los efectos de  descargas eléctricas de baja intensidad aplicadas sobre una crema supuestamente anestésica. Luego se les dijo que en realidad se trataba de un placebo, pero el producto siguió ejerciendo el mismo resultado. ¿Cómo pudo ocurrir? Pues porque fueron entrenados para que asociaran la crema con la sensación de alivio, provocando así una «respuesta condicionada». Así que, con técnicas avanzadas como el biofeedback, quizá se logren resultados más rápidos y duraderos. En la medicina psicosomática, casi todo está por descubrir, pero no parece que las grandes multinacionales  vayan a ir contra sus propios intereses investigando los placebos. 

  El futuro de los placebos estará sujeto a problemas éticos y legales, sobre todo en Occidente. Se mire como se mire, no deja de ser un engaño para el paciente. Y cuando se le dice la verdad, generalmente el efecto desaparece. Quizás por eso, en muchas facetas de nuestra cultura se puede afirmar que «con placebos se vive mejor«.

Médico. Universidad Complutense de Madrid