médico de familia

Fantástico libro de J.González y A. Orero que nos hará viajar a lo largo de la historia relacionando los acontecimientos con la medicina desde la perspectiva del arte. Mira una parte:

Este modo de plantear el estudio histórico también es compartido por otro de los grandes historiadores españoles, A. Castro:
“Si no ‘se ve’ previamente la forma en que la vida ocurre, es poco útil intentar narrarla, porque el resultado sería un anecdotario indefinido (…). Los ‘hechos’ (solos) no son historia, sino
indicios o síntomas de ella”.
La clara ubicación del análisis de las actitudes
del hombre ante la enfermedad y, por ende,
ante la vida, como punto de partida para la
compresión de la historia, ha sido descrita de
forma envidiablemente precisa por el profesor
D. Gracia. De acuerdo con el historiador y experto en Bioética, ante un acontecimiento humano como la enfermedad, caben cuando menos dos tipos de acercamientos intelectuales.
Uno de ellos consiste en el análisis de los “hechos”, es decir, el estudio pormenorizado de los
datos que las fuentes históricas ofrecen sobre
quiénes padecieron, cómo, cuándo, por qué,
etc., así como de los “hechos” o “descubrimientos” científicos, diagnósticos, pronósticos,
terapéuticos, etc., relacionados con ellos. Es el
primer nivel de análisis del tema, tan elemental
como imprescindible. Por encima de él hay otro,
no por más sutil menos interesante. La historia,
como la vida, no consiste en hechos aislados sino en conexiones de hechos, en argumentos. Es el nivel de las
“actitudes”. Siendo individualmente diversas, esas actitudes pueden ser, y son de hecho, social e históricamente homogéneas, de modo que pueden agruparse en torno a unas pocas, las actitudes fundamentales o
actitudes históricas.
Pero, ¿cuáles son dichas actitudes? En nuestro ámbito, uno de los acercamientos más interesantes… corresponde a P. Laín Entralgo. El autor de La espera y la esperanza resume a tres las posibles actitudes cardinales del hombre ante la enfermedad: el espanto, la resignación y la rebelión lúcida y meditabunda. Cada una
de ellas es descrita de forma sucinta en los siguientes términos:
“La actitud más elemental y primitiva es el espanto,
y a ella corresponde, como reacción, la huida.
El terror primario que impone el espectáculo y la
amenaza que el terror lleva consigo, mueve al
hombre de modo inconfundible a la huida …
Al espanto irreflexivo de la carne se opone la
humilde resignación del espíritu que de un modo
o de otro –en definitiva, como consecuencia de una
concepción religiosa de la vida– ha logrado
desasirse de la tierra:

Salió Satán de la presencia de Yahvéh e hirió a
Job con una úlcera maligna (probablemente
lepra) desde la planta de los pies hasta la coronilla
de la cabeza. Rascábase con un tejón y estaba
sentado sobre la ceniza. Díjole entonces su mujer:
¿aún sigues tú aferrado a tu integridad?
¡Maldice a Dios y muérete! Pero él le replicó:
como mujer necia has hablado.
Si recibimos de Dios los bienes, ¿por qué no también los males?
La enfermedad, misteriosa y azorante criatura de Dios,
debe ser sumisamente recibida por el hombre,
espiritualmente aceptada…
Pero el hombre no es sólo carne espantadiza, ni
sólo espíritu desasido de la tierra; es carne espiritual,
pensante y animosa, ¿cuál puede y debe ser
entonces la actitud más plenamente humana
frente a la enfermedad propia y ajena?
Sólo una: la inconformidad reflexiva y resignada.
Con ella, el espanto primario se trueca en deseo de
vencer la morbosa imperfección de la naturaleza,
y la resignación del límite a que en cada situación
alcance el esfuerzo de rebelión contra la enfermedad…”

Para descargar el libro completo en formato de pdf pincha abajo:

El médico de familia en el arte

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