pandemia
Foto por engin akyurt en Unsplash

El patrón de conducta social ante una epidemia es siempre el mismo. Se inicia con la DESESPERANZA por miedo a lo desconocido, la desconfianza en los políticos al observar las discrepancias entre lo que dicen y lo que hacen- mejor dicho, lo que no hacen-, la búsqueda de culpables y las protestas a sabiendas de su inutilidad; todo en medio de un caos informativo.

 Le sigue la conducta ESPERANZADA; ya antes de finalizar la inevitable tragedia, la sociedad se lanza a la búsqueda de oportunidades basándose en sus puntos fuertes ( fe, solidaridad, solvencia económica, situación geográfica, demografía,…). El olvido es tendencia general y se impone el optimismo y la desidia previsora  de cara a la siguiente epidemia, donde se repetirá el mismo patrón de conducta.

 En la revisión de la pandemia de gripe de 1918 se ven situaciones superponibles a la actual de la COVID-19. Veamos algunos ejemplos.

Definición

La explicación aparecida en periódicos, que las autoridades daban a enfermos y ciudadanos en 1918, al principio de la pandemia, es que se trataba de una gripe más, prácticamente como un resfriado. Era una forma de tapar la ignorancia sanitaria, lo que provocó en unos, falsa seguridad y en otros, desconfianza; ningún factor era bueno para evitar la diseminación y minimizar las consecuencias.

 La actual pandemia se explicó por muchos como un simple resfriado, del estilo de una gripe benigna; se adelantaron datos epidemiológicos-“habrá uno o dos casos a lo sumo”-y se prescindió, naturalmente, de tomar medidas sanitarias. El conocimiento inmediato de su etiología y los avances médicos del siglo XXI, no aportaron muchas ventajas respecto a la gripe de 1.918, cuya etiología tardó en conocerse más de 15 años.

Terminología

No fue España el primer país con la gripe de 1918, pero no controló absolutamente la información, como hicieron los países en guerra. En verano, el corresponsal en Madrid de “The Time” destacaba la llamada “enfermedad de moda” en España, haciéndose eco de la información en toda Europa que, solo entonces, reconocieron su existencia, pero con el nombre, difundido desde Italia, de “gripe española”.

 Los periodistas españoles, recordando “el mal napolitano” o sífilis, hicieron intentos de neutralizar la idea italiana con el nombre de “Soldado de Nápoles”-serenata pegadiza como la gripe- (de la zarzuela “La canción del olvido”, estrenada en marzo de 1918). No pasó de una broma compatible con el principio benigno de la gripe en marzo. Las serias protestas de la débil diplomacia española no evitaron que, con esta injusta marca, quedáramos marcados como país sucio y mal preparado sanitariamente. No sería la única vez: mal español, neumococo 23-F y neumonía Benidorm son otros  ejemplos.

 En el siglo XXI, varios debates prueban la importancia del nombre, como SARS, gripe A (H1N1) y virus (H1N1)pdm09. En la pandemia del resfriado por coronavirus,  frente al virus chino, resfriado chino, neumonía de Wuhan…, el creciente  poder de China en la OMS impone los términos “ COVID-19” para la nueva pandemia y “SARS-CoV-2” para el agente causal. Pero no cantemos victoria, con estos nombres, tan raros como  impopulares. Quedan muchos hallazgos por denominar.

Silencios y desinformaciones

 Los intereses bélicos, comerciales, políticos o la simple incompetencia, las más de las veces, estuvieron detrás de la información en las epidemias.

  Gripe de 1918.-Después de mucho tiempo se supo que un cocinero de un campamento militar norteamericano, desde el que salían tropas para Europa enfermó de gripe el 4 de marzo del año 1918. A mitad de primavera se había extendido por toda Europa; pero la información estaba censurada por el estado de guerra. En las naciones implicadas ¡no había gripe! hasta el 11 de noviembre, fecha del final de la guerra, aunque el número de funerales no había dejado de crecer.

 En España, que era neutral, la información existía pero de manera peculiar. Hubo en Madrid una rara complicidad Gobierno-periódicos para justificar la gripe de mayo como atípica,  benigna y de corta duración por la llegada del calor. ¡Y porque había que salvar las fiestas de San Isidro! (no había manifestaciones feministas 8-M), pero los enterradores se quejaban por haber duplicado su trabajo.

  La información oficial inicial, como en todas las epidemias, fue parca por ignorancia, descoordinación y pánico a la reacción de los ciudadanos. Desde el mes de marzo la gripe preocupaba a sanitarios, funerarias y registro civil y confundía con rumores descontrolados a la población.

  Finalmente, salvadas las fiestas de San Isidro, la desesperanza se hizo sentir con protestas generalizadas y ante una prensa hostil y sensacionalista, el 26 de mayo ¡3 meses después!, el Inspector General de Sanidad, Martín Salazar, se hizo eco de la situación, y poco más. Acosado por todos los sectores y para eludir responsabilidades declaró el 28 de junio: “la Sanidad es una guerra, se necesitan armas, soldados y oficiales que manden, elementos todos de que se carece en gran parte”. Todavía no estaba en el poder la Dictadura y pudo decirlo ¡sin dimitir!

Los rumores mezclados con las malas noticias corrieron por todo el país, peligrando los Sanfermines entre otras fiestas. En una reunión del alcalde de Pamplona con el Inspector de Sanidad y los periodistas acordaron exigir el fumigado de bares y negar las noticias sobre la rabia, el tifus y, especialmente, silencio total sobre la gripe, ¿Cómo una gripe de verano iba a poder con San Fermín?; el Obispado, más prudente, eliminó el precepto del festivo para evitar riesgos por la excesiva concentración de fieles. El debate estaba servido, llegó el verano y la ciudadanía asumió que nada podía esperar del Gobierno.

COVID-19

Revisemos algunas de las muchas similitudes con la Gripe de 1918:

 ¡Tres meses¡ sin actuar la Administración, pero sí conoció “la que se nos venía encima” con información de China, Italia y U. Europea, se cesó  al experto policial, J.A.Nieto, que se atrevió a alertar, y el Director de Alertas (F. Simón) “echando balones fuera” afirmó: tendremos un caso o dos como mucho. Eso sí, se salvaron las manifestaciones feministas del 8-marzo.

 Inmediatamente después, para eludir responsabilidades y no ser tachado de opacidad, el Gobierno “engrasa” a la prensa sensacionalista, propone el Estado de Emergencia, e inicia unas ruedas de prensa diarias que quedarán para la Historia: el Director de Alertas, algo desaliñado, flanqueado, que no detenido, por Generales impecablemente uniformados , ofreciendo una ensalada indigestible de datos con series incompletas. Sin discrepancias oficiales ni de los medios de comunicación. ¡Y sin dimitir!

 A las interminables ruedas de prensa se une la diaria, reiterativa, incomprensible y anestésica  intervención en TV del Presidente. Ora señala que, ante la guerra que libramos  todo está controlado, ora que ante una enfermedad desconocida, se hace lo que en el resto del mundo… con promesas de asistencia y suministros inmediatos (respiradores, mascarillas, vacunas,…) que decaen a los pocos días. Toda España es COVID en medios de comunicación y redes sociales, pero nadie se entera qué pasa, excepto los sanitarios, los hospitales colapsados y las funerarias. Al llegar el verano con la evolución favorable, el disneico Gobierno respiró aliviado y “echó balones fuera” pasando  las responsabilidades a los gobiernos locales, porque estaba advertido de la llegada de otra oleada.

 ¿Fue mejor el cuasi silencio informativo de 1918 o el exceso desinformativo del 2020? El resumen lo tenemos con la “perla” que soltó en una de las solemnes ruedas informativas en TV el General Santiago: ”… tenemos la misión de minimizar el clima contrario en las redes a la gestión del Gobierno”. ¡Fue ascendido inmediatamente!

 Datos

 La guerra de datos siempre estuvo presente en las estrategias informativas. En 1918.- Martín Salazar daba inicialmente los datos de los enfermos diagnosticados clínicamente con certificado médico de gripe y los fallecidos con confirmación de autopsia. ¡No existía la PCR, ni falta que hacía!

Era una buena coartada para los primeros meses, pero la prensa ¡Ay la prensa! (tenía datos,7.479 fallecidos por gripe en 1917-) y le apretó las clavijas reclamando aclaraciones sobre varios temas, a saber: los carpinteros trabajaban a destajo haciendo ataúdes, el ejército fue encargado en algunas ciudades de llevar los cadáveres en camiones por la noche a no se sabía dónde, los enterradores duplicaban su trabajo, los médicos enfermaban y 146 fallecieron, tras visitar a sus enfermos, lo que fue reconocido como una heroicidad profesional y un drama para la escasa plantilla existente.

   Lo curioso es que los datos de los muertos estaban en los Ayuntamientos de todos los pueblos (mayoritarios en la España rural), en los meticulosos libros de defunción de las parroquias y ¡en el Registro Civil Provincial!

   Finalmente Martín Salazar admitió que había una epidemia de gripe, pero no muy grave, porque enfermaban los que tenían patologías asociadas y  los que morían no era por la enfermedad sino ¡por las complicaciones! Y ya se ofrecieron datos:

  Entre 1.911 y 1.918  fallecían mensualmente por gripe en España entre 500 y 600 personas. Desde enero de 1918, según datos oficiales, la media mensual alcanzó entre 12 y 14.000, hasta los 147.114 fallecidos en 1918, para una población de 20 millones.

 Podríamos asegurar que el verano salvó al Gobierno. Todo el mundo se fue de vacaciones, los balnearios se llenaron y la gripe desapareció de los registros, que no de los cementerios. ¡Julio, agosto y septiembre sin cifras oficiales de fallecidos!

 Pero la ciudadanía percibía un problema mayor que el Gobierno no quería ver, a pesar de que la mortalidad documentada de ese año arrojó 432.560 fallecidos más que la media de los 10 años anteriores. ¡Una diferencia de casi 300.000 entre la cifra oficial y la real!

La COVID-19 presenta en 2020, escenarios superponibles en algunos aspectos: la fabricación de ataúdes es uno de los pocos sectores con superávit; el ejército ha colaborado en multitud de labores, especialmente usando sus camiones para el transporte de cadáveres, con total discreción (prohibición a periodistas), como se vio en el Palacio de Hielo de Madrid habilitado como morgue; las Funerarias no daban abasto con protestas, que siguen, de los trabajadores; los sanitarios contagiados ascienden a más de 75.000 y los fallecidos a 95 (51 médicos).

 La ventaja en la actual pandemia la tenía el Portavoz oficial con índices, tasas, curvas, picos, hospitalizaciones, altas,…para justificar una transparencia ininteligible. Y pasada la primera ola, el Presidente del Gobierno declara vencido al virus animando a los ciudadanos a veranear y gastar con alegría. ¡El error está a la vista! La 2ª ola llegó a la vuelta del verano.

  A 1 de noviembre del 2020, los contagiados ascienden a 1,19 millones y los fallecidos registrados por el Gobierno son 35.000. La curiosa contabilidad se hizo y mantuvo por las PCR positivas, cuando esta prueba escaseaba en número y fiabilidad al principio de la pandemia. Hay que añadir el lamentable baile de cifras en las comunicaciones diarias de las Comunidades Autónomas.

  Estas cifras manejadas como oficiales por el Gobierno difieren en más de un 50%  con las del Instituto Nacional de Estadística y con las del Instituto de Salud Carlos III, ambos Organismos Oficiales. ¿Sabremos algún día la causa del empeño gubernamental en no admitir los datos oficiales más fiables que los suyos?

Logística

  En la gripe de 1.918 decía Martín Salazar que la Sanidad era la guerra y, como tal, tenía un  mando único con autoridad, él mismo. Se apoyó en un “Estado Mayor” de expertos pertenecientes a: la propia Dirección de Sanidad dependiente de Gobernación (Cortezo y Murillo entre otros), la Academia Nacional de Medicina (Codina, Marañón, Pittaluga,…), la Academia Médico-Quirúrgica ( Ruiz Falcó, Hernando…), e Higiene Militar (Palanca).

 Nada aportaron al Inspector General, porque se dedicaron a discutir si eran galgos o podencos, especialmente sobre ¡el bacilo influenza! como causa de la gripe.

 En 1918 se ordenó la aplicación de desinfectantes, fumigaciones y sahumerios a los viajeros de las estaciones del Norte y Mediodía en Madrid y demás capitales, así como en los edificios oficiales. Desde el Parque Central de Sanidad que dirigía el Dr. Cortezo confirmaron la salida para todas las provincias de estufas, desinfectantes y demás material. Pero las provincias estaban muy lejos y, o no salían o no llegaban. ¡Y Cortezo mirando para otro lado!

 El tratamiento de la gripe, establecido por los expertos, era cama, salipirina, sulfato de quinina, dieta láctea y, cuando llegaba la habitual complicación bronconeumónica, suero antidiftérico. El Gobierno intentó requisarlos, pero como los rumores corrían más veloces que las normas, estos productos desaparecieron de las boticas, reapareciendo en el estraperlo, adulterados y a precios prohibitivos para la población.

 El panorama debió ser desolador: los médicos de baja, la ausencia de recursos y las viviendas atestadas de enfermos, permiten imaginar el escenario. No debió quedar un  atisbo de rabia al ver las diferencias asistenciales con gobernantes y la escasa clase acomodada de la época. En realidad la terapéutica era ineficaz, todavía quedaban dos años más de pandemia y el virus no respetó las clases sociales; el Rey, el Presidente y numerosas personalidades lo padecieron.

  En la COVID-19 las similitudes bélicas eran evidentes, con las ruedas de Prensa copadas por mandos militares, el confinamiento, la declaración del estado de emergencia, el control parcial de la información y la participación  militar en algunas labores. El toque de queda vendría después.

 El comité de expertos coordinados por F. Simón y el Presidente del Gobierno, al decir de los irónicos, eran tres: el Dr. Fernando, el Dr. Simón y el Dr. Fernando Simón, porque después de tantas semanas de seguir el criterio de los expertos, el Presidente se descolgó declarando que no existía tal Comité. Así se evitaron las discrepancias.

  Respecto a la adquisición de suministros, más de un caso terminó en acciones cómico-trágicas: compras fraudulentas a precios desorbitados, respiradores que no llegaban, adquisiciones inexistentes,  mascarillas sin homologar, fármacos requisados…

 El tratamiento  (paracetamol e hidroxicloroquina) es prácticamente igual al de 1918, pero con algunas novedades en los casos graves (hospital, oxígeno, corticoides). En la COVID no hay problemas aparentes de acaparamiento de fármacos, pero sí, y graves, con las Residencias de ancianos y los Hospitales.

  El panorama desolador de ancianos muriendo solos en su Residencia, así como los enfermos “aparcados” en pasillos de  hospitales saturados y los sanitarios protegidos con plásticos rotos, es decir sin protección, son un lastre difícil de olvidar.

  La rabia de los ciudadanos contra la gestión política, de datos, de discrepancias institucionales, etc. se ha ido suavizando con el aplauso a los sanitarios, la empatía con las personalidades que han padecido la enfermedad y las promesas y apoyos a los más desfavorecidos, pero se intuye una gran tensión social y esto no ha terminado, ni mucho menos.

El humor

  Es una faceta muy poco estudiada, a pesar de su significación social. Las expresiones o manifestaciones festivas en un contexto de enfermedad y muerte, se explican por la necesidad de reaccionar contra el miedo y pánico. En el humor nadie festeja la comicidad del paciente, que bastante tiene con su enfermedad; la gente se intenta liberar por esta vía de sus propias aprensiones.

 De la gripe del 1.918 la prensa recogía chistes y anécdotas muy celebradas de W. Fernández Flores, “Xaudaró”, Tapia,…y  la gente tarareaba “Soldado de Nápoles” en plan guasón cuando le preguntaban por la salud. Los madrileños adaptaron el coro de médicos, de la Zarzuela “El rey que rabió”, a las informaciones de autoridades y expertos con ejemplos como:

 “…juzgando por los síntomas/ que tiene el animal,/ bien puede estar resfriado,/ bien no lo puede estar “ “…el cansancio / prueba es de gripe,/ pero al mismo tiempo/ bien puede probar/ que el enfermo está cansado/ de tanto andar”

  El humor se volcó con el tratamiento y los desinfectantes, como las referencias al “calor de pecho ajeno”, la aspirina, quinina (polvos de la condesa), leche caliente con aguardiente aunque no llevara leche, el zotal o las desinfecciones. “…al entrar en Zaragoza/ me quisieron fumigar/ y después de fumigado/ no me dejaron entrar.”

  Por supuesto las fiestas, ferias, corridas, teatros y bailes se mantuvieron, para evitar revueltas, con la complicidad de las autoridades, salvo excepciones. Se suspendieron parcialmente en Cáceres, Sevilla, Zaragoza y Valladolid. Eso sí, se acordó con el clero anular algunos servicios religiosos y procesiones y el Gobierno aplazó la tradicional apertura de curso “hasta nueva orden”.

  Con la COVID-19 cambiaron las formas: las restricciones han sido más rigurosas, con confinamiento al principio, limitaciones de reuniones y las comunicaciones (TV, redes sociales). En el fondo, la necesidad de festejar con humor cualquier atisbo de buena noticia, es la misma de 1918.

 Hace pocos meses, ya parecen lejanos, nos divertían los conciertos, recreaciones, etc. desde los balcones. Tanto en el “encierro” como después, los ingeniosos, en You Tube y whatsApp con chistes, coplas, gifs,…durante muchas horas diarias, han “reseteado” nuestra vida haciéndola más agradable, dentro de lo razonable. Estamos viendo más “gracias” que nunca del Portavoz, Ministro de Sanidad, Presidente, médicos y enfermos resfriados. Esperamos con impaciencia los carnavales con sus chirigotas.

 A la menor ocasión, se practica una escapada a la playa, al restaurante o a echar unas risas con los amigos, y si es al límite de lo prohibido, más excitante y liberador. Algunos llegan a la indeseable y delictiva actividad de los “botellones”, manifestaciones vandálicas, fiestas nocturnas clandestinas y otras orgías de jóvenes y adolescentes. Esto, naturalmente, no tiene ninguna gracia.

              En conclusión

LA HISTORIA DE LA PANDEMIA SE REPITE

Médico. Universidad Complutense de Madrid

Dejar respuesta