Diccionario Médico
Foto por Dmitry Ratushny en Unsplash

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Para los científicos, el humor supone el cuarto estado de la materia: el estado de ánimo. La forma en la
que se presenta depende de la cohesión entre sus moléculas, siendo el bueno, el buen humor, el que da valor a la realidad de las cosas.
Para los artistas, el humor es el sexto sentido: el sentido del humor, el genio que nos hace ver la vida con
otros ojos, acariciarla y sentirla de otra manera, escucharla de otro modo, saborearla de otra forma, olerla
hasta respirarla, amarla.
Para la medicina, que es ciencia y arte a la vez, el
humor es tan vital que se puede prescindir del alimento, del aire, pero no de la risa. Humor es cualquiera de
los líquidos del cuerpo humano… siempre que esté lleno de ingenio y agudeza.
Desde los tiempos más remotos, el humor ha sido el
haz de fibras que compone esa cuerda tensada en cada
uno de sus extremos por la salud y por la enfermedad
y sobre la que cada día ejercemos de equilibrista.
En las culturas arcaicas y en los pueblos primitivos,
la enfermedad fue atribuida al enojo, al mal humor, de
los dioses, mientras que la salud se manifestaba por el
contento y la satisfacción de las divinidades, es decir, por
su buen humor.
Cuando con los griegos surgió una explicación natural de la salud y la enfermedad, éstas se atribuyeron
a la armonía o alteración de los cuatro humores esenciales del cuerpo humano: la sangre, la flema, la bilis
amarilla y la bilis negra.
Más tarde, la doctrina galénica y la medicina medieval harían corresponder otros tantos temperamentos
fundamentales con cada uno de los humores hipocráticos, dando lugar a los siguientes tipos: el sanguíneo,
siempre enfadado y dispuesto a «hacer sangre» por cualquier cosa; el flemático, nunca excitado, sino tranquilo,
imperturbable, cachaza a fin de cuentas; el amarillo, el
de la risa oficial, el que ríe sin pensar, el que se muestra cómico, pero no tiene un fino sentido del humor; finalmente, el negro, el que es capaz de salvar hasta las situaciones más trágicas o dramáticas con una sonrisa.
Mientras tanto, San Isidoro de Sevilla, con sus etimologías, había vislumbrado ya la posibilidad de construir la medicina del revés ¡un milenio y medio antes
que nosotros!
Sin embargo, no todo este tiempo ha sido en balde,
ya que la risa es de los quehaceres humanos que más se ha
refinado y enriquecido con nuevos matices a lo largo del
tiempo, como lo demuestra el espléndido muestrario del
refranero español, que abarca desde el análisis psicológico
(«de hombre que nunca se ríe, nadie se fíe») hasta la buena muerte («más vale morir de risa que de ictericia»), pasando por el espantapenas («quien ríe y canta sus males espanta») y un largo etcétera.
Con la llegada del Mundo Moderno, el hombre se
sitúa como centro del universo, y el gran humanista
español Juan Luis Vives, en su Tratado del alma, pone
a la risa en el centro del hombre, como síntesis de todas las razones de salud, alabándola de forma reiterada y afirmando de manera categórica que «la risa hace
más felices a las personas».
Al mismo tiempo, el llamado empirismo racionalizado empezó a desarrollar, a través de la experimentación
sistemática, el sentido del humor como modo de preservar la salud y prevenir o aliviar la enfermedad; los
cuatro elementos presocráticos originarios de los humores (agua, aire, tierra y fuego) son transformados
por la alquimia de Paracelso en las tres sustancias de
cuya mezcla y cooperación resultan los diferentes humores humanos: el sulfúrico es «lo combustible», el humor que da calor a la vida; el mercúrico es lo volátil,
aquello por lo cual una situación seria puede transformarse en vapor; el salado es «lo fijo», lo residual, lo que
queda en el ánimo de todos, la materia orgánica procedente de la transformación del existir en el vivir, en
suma: el principio dinámico, la «sal de la vida».

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