imagen de La Monalisa con mascarillas quirúrgicas
Mascariila

Los expertos coinciden en que el virus del COVID-19 ha venido para quedarse; posiblemente será así, pero lo seguro es que el uso de la mascarilla se mantendrá  mucho tiempo. Este signo externo, el más popular frente al COVID, se generalizará en los alérgicos a pólenes y en la prevención frente a cualquier infección  respiratoria. Podría llegar a constituir un distintivo social en la “Nueva Normalidad”.

Fundamentos

Nos enseñaron en Medicina, como algo elemental, que la protección frente a un microorganismo patógeno debe ser multifactorial sobre los tres eslabones de la cadena epidemiológica: la fuente de infección, el mecanismo de transmisión y la población susceptible.

En el mecanismo de transmisión de infecciones respiratorias es muy importante considerar la carga microbiana, que depende del foco de infección (tipo, estadio y emisión al toser, etc.) y del tamaño y tipo del recinto (especialmente los cerrados). Por eso son útiles las medidas químicas (desinfectantes…) y mecánicas, como la separación entre personas(distancia física de seguridad), la dispersión microbiana(ventilación), filtración del aire (filtros selectivos), radiaciones U.V. o las populares mascarillas.

¡Ninguna medida da una seguridad al 100 %! Pero si logramos rebajar la carga con el uso de dos o tres medidas sencillas como distancia, ventilación y mascarilla, el resultado será sinérgico y el grado de protección será muy alto.

MASCARILLA

Es la tela o similar, que cubre nariz y boca para proteger de la inhalación o evitar la exhalación de agentes patógenos y nocivos. Conocida también como tapabocas, barboquejo, barbijo, etc., ha sido y es objeto de varias campañas sanitarias y políticas en esta pandemia.

 Se trata de una medida de barrera del 2º eslabón de la cadena epidemiológica. Todos los virus respiratorios se eliminan y dispersan en diferente grado al estornudar, toser, hablar y espirar. El tamaño de un virus, muy inferior a una micra de diámetro, explica su presencia en las gotas salivales de Flügge, que sedimentan rápidamente, pero sobre todo, en los aerosoles (Núcleos de Wells) que se mantienen en suspensión mucho tiempo.

Este último mecanismo es muy importante en la transmisión de los virus, aspecto elemental enseñado en Medicina. Es de sencilla demostración con el “efecto Tyndall”: en una habitación oscura, al dejar entrar un rayo de sol, se verá gran cantidad de partículas de polvo en suspensión, que son de un tamaño muy superior al de los virus. No dejo de preguntarme por qué los “expertos” han negado esta evidencia tanto tiempo. ¿Quizás porque no había mascarillas o por no alarmar? No me lo puedo creer.

Tipos

Hay muchos tipos, desde simples adornos hasta verdaderas “escafandras”, por lo que conviene seguir la clasificación del Ministerio de Consumo en:

 a) mascarillas higiénicas (con especificaciones UNE 0064 y 0065, con otras especificaciones y sin especificaciones). Pueden ser reutilizables o no, con una eficacia del 90 y 95 % respectivamente ¡en filtración bacteriana!

b) mascarillas quirúrgicas tipos I y II, más eficaces que las anteriores; deberían llevar certificado europeo y

c) las mascarillas EPI (de Equipos de Protección Individual), que deben estar homologadas como FFP 1, 2 ó 3. Para situaciones necesarias de estricta protección antivírica, la OMS y los Ministerios de Salud recomiendan las mascarillas ajustables y con filtro especial, denominadas Mascarilla 95, 99 ó 100, según el porcentaje de protección frente a todas las partículas aéreas.

CAMPAÑAS

La citada “sencilla” clasificación es confusa para los ciudadanos, aspecto utilizado para campañas comerciales abusando de términos como la eficacia o la eficiencia.

 Aclaremos: “eficacia” Se refiere a las grandes diferencias de filtrado de mascarillas usando suspensiones microbianas (en general bacterianas) en el laboratorio. Estas diferencias se minimizan cuando se analizan en humanos, ”efectividad”, dependiendo de numerosos factores (ajuste facial, tiempo de uso, hábitos…) y todas serán buenas, al reducir la carga microbiana inhalada. Es lo que se conoce como «efecto Pollyanna” (tendencia a optimizar cualquier situación, de la novela de E. H. Porter). La “eficiencia” contempla la efectividad, pero también las molestias, efectos adversos y, sobre todo el precio, como estamos viendo en esta pandemia. Podemos utilizar la regla nemotécnica: “eficaz en el matraz, efectivo “in vivo” y eficiente, lo que decida el gerente”

Las campañas políticas de precios, han sido patéticas, aunque “eficientes” desde mi punto de vista. Recuérdense los debates con el Gobierno sobre el 21 % del IVA, que escondían unos jugosos ingresos a costa del contribuyente, hasta que la Ministra, magnánima, se avino a rebajarlo…pero ¡solo para un tipo de mascarillas!, como se supo después.

 Peor fue la campaña inicial sobre la inutilidad de las mascarillas, transmitida a la población frente a la evidencia y lo que se veía por TV en otros países. Particularmente incómoda resultó la visita de una autoridad sanitaria oriental, cuando se declaró escandalizado al ver a la gente sin mascarilla. Y es ¡porque no había mascarillas!, como se reconoció después, por la nefasta gestión sanitaria.

 Confusa fue la campaña sobre su necesidad: compras fallidas, aviones que no llegaban, desabastecimiento, requisitorias, etc. Se pasó de considerarla inútil, a aconsejarla y, finalmente hacer obligatorio su uso con una campaña infalible: “decreto y multa” .

 La campaña pedagógica sobre su uso con varios ministros implicados resultó infantil, cuando no cómica. ¡Qué hubiera sido de ellos explicando el “póntelo, pónselo” de la campaña del SIDA! Inolvidable fue la intervención, en clave de humor, del Ministro de Ciencia en TV, que no acertó a colocarse la mascarilla.

 Todo el mundo está de acuerdo en la importancia pedagógica de la imagen y del ejemplo. Frente a los consejos para viajar en transporte público (mascarilla y silencio), hemos visto los debates en el Congreso de los Diputados: mucho tiempo sin mascarillas, unos reprochaban a otros no saber utilizarla, gritando más que hablando, algunos parecían escupir virus. ¡Vaya ejemplo! Parece que están rectificando.

 Donde sigo viendo un despropósito es en algunas ruedas de prensa y en las tertulias de TV, especialmente donde participan sanitarios haciendo campaña sobre la necesidad-obligación de la mascarilla y ¡nadie la lleva! Sé que trabajan en condiciones especiales, pero ¿no se dan cuenta de la contradicción  pedagógica que supone para el espectador? La imagen de médicos sin mascarilla, instando a su uso, ¡no es ejemplar!

 En resumen

La mascarilla es ya un emblema pandémico. Quien la utiliza por convicción, implícitamente guarda distancia de seguridad, sigue las normas de higiene de manos, evita las situaciones de riesgo y hace educación sanitaria; se protege mejor y, solidariamente, protege a los demás. La corrección de errores y una buena pedagogía son fundamentales.

En la práctica: una mascarilla “higiénica” o una del tipo “quirúrgica” será suficiente habitualmente y una FFP-2 si el riesgo es evidente en locales cerrados, con mucha gente, vulnerables, sanitarios…y ¡siempre! debe ser una medida más de protección, no la  única.

Médico. Universidad Complutense de Madrid

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