enfermedad
Foto por Syed Ali en Unsplash

La pobreza se puede considerar una enfermedad en sí misma; por el contrario la riqueza se identifica mejor con la salud. Con datos estadísticos así parece ser, pero ya sabemos que la Estadística es solo una herramienta. En este artículo se pretende destacar las enfermedades de los dos extremos: la miseria o pobreza y la opulencia o riqueza.

En los países más pobres, son llamativas las enfermedades infecciosas, carenciales,  bucales, oculares  y las discapacidades motoras. Una foto de niños hambrientos y cubiertos de moscas o de adultos caquécticos, desdentados y lisiados, dice más que cualquier estadística.

Pero esta foto no es exclusiva de países pobres; muchas barriadas de  grandes urbes desarrolladas también son “tercer mundo”. Por eso es más humillante la diferencia comparativa con las sociedades ricas. En los últimos 30 años han mejorado las estadísticas de morbilidad y mortalidad, pero el descenso no es satisfactorio. Podríamos decir que “la pobreza es estadística y la miseria es realidad”.

Enfermedad y miseria

La miseria, definida como la extrema pobreza, lleva a sufrir cualquier desgracia que los demás son capaces de sortear. Se suele identificar con la indigencia de un individuo o familia. Las guerras con mayor poder destructivo y las migraciones, con empobrecimiento en origen y en destino, son causas habituales. Además, el desarraigo familiar, prostitución, adicciones, cárceles, incultura y otros factores se retroalimentan, creando el escenario de la miseria.

No hay peor enfermedad en el siglo XXI que la desnutrición de un niño que muere de hambre, para desgracia del niño y vergüenza social. Como es también una vergüenza la explotación infantil en sus múltiples facetas: sexual, laboral, delictiva, etc. También los niños se llevan la peor parte en las infecciones “de los pobres”: disenterías, neumonías, parasitosis…

Otro ejemplo de miseria es la indigencia del vagabundo o la del preso enfermo, sobre todo si padece una enfermedad transmisible (Sida,tuberculosis…) ¿No es terrible verse solo o privado de libertad, aislado y además enfermo? Un infierno, peor que una cárcel medieval, que todavía las hay.

Este oscuro escenario adquiere tintes tenebrosos con la pandemia, que no hace distingos en su ataque, pero rápidamente asistiremos a sus consecuencias. Es seguro que aumentará el número de personas que vivirán en la pobreza y en la miseria.

Medicina y opulencia

Las sociedades ricas gozan de mejor salud, bienestar y expectativas de vida, pero debemos insistir: ¡es la estadística!  Porque a nivel individual, ni los ricos que viven en la mayor opulencia están libres de enfermar. Sería tremendamente injusto poder comprar la salud y que los ricos pudieran sortear el castigo divino impuesto tras el pecado original. ¡Pues algunos lo creen y lo exigen!

 Es evidente que la miseria no es exclusiva de países pobres. Ya hemos citado ejemplos de indigencia presentes en sectores marginales de países ricos. Además, sabemos con harta frecuencia de ancianos millonarios y solitarios con síndrome de Diógenes, demencia, u otras enfermedades, que viven en la miseria. Y ha tenido que llegar una pandemia para saber de muchos ancianos residentes en instalaciones de lujo, que viven en condiciones lamentables.

En otro sentido, algunos autores hablan de las enfermedades de la opulencia como la epidemia del siglo XXI. Campillo-2010- achaca al genotipo “ahorrador” la causa más importante de esta situación. Según él, el hombre acumulaba grasas corporalmente para los periodos de hambre.

Ahora, miles de años después, lo sigue haciendo, pero sin gastarlas. En la sociedad de la opulencia, ni se pasa hambre ni se metaboliza con el trabajo físico; domina el sedentarismo. Así explica la epidemia de obesidad, diabetes, hipertensión y enfermedad coronaria. La gota, emblemática de la opulencia, se relaciona con la ingestión de carne, marisco, champán, etc., lo que indica su preferencia por la riqueza.

Como complemento del genotipo ahorrador, debe existir algún otro genotipo ¿suicida?, que explicaría la adicción (drogas, tabaco y alcohol). Junto a caros deportes y turismo de riesgo, parecen diseñados para reducir el número de opulentos.

Enfermedades tan distintas como depresión y ansiedad o alergia están llamadas a ser protagonistas de las sociedades opulentas. Y en estas sociedades, donde son mayores las expectativas de vida, también son más frecuentes el  alzheimer, cáncer e ictus.

En resumen

 Los opulentos pagan un caro peaje en la vida, hasta llegar al mismo punto de los que vivieron en la miseria. Falta ver por quién se decantará la pandemia que padecemos. De momento, pobres y ricos están en tablas.

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