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Foto por Sharon McCutcheon en Unsplash

La luz y el color, como el aire, llenan el mundo donde vivimos sin percatarnos de su existencia; pero su ausencia, la homogénea oscuridad, la imaginamos terrible. (“Dale limosna, mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ser, ciego en Granada”-F. de Icaza).

El sentido de la vista es el más genuino de los aplicables a nuestro mundo. La visión del sol, la luna y las estrellas hizo creerse al hombre en el centro del universo. La ciencia le puso en su sitio, un pequeñísimo segmento de longitudes de onda dentro de las radiaciones electromagnéticas (<0,0001 nm y  >100m). La luz que estimula la retina está en el pequeño espectro (380nm-780nm) entre la luz ultravioleta y la infrarroja, invisibles por el ojo humano.

El sentido de la vista

Nuestros ojos tienen mecanismos para captar la luz, forma, tamaño y colores de un objeto, que el cerebro codifica como imagen. Puede diferenciarla del entorno, como atractiva o peligrosa, con precisión y de forma instantánea. Si es interesante, la fija espacialmente, la abstrae del conjunto y, si está en movimiento, la sigue.

 En el sentido de la vista destacan la instantaneidad del proceso y el contraste de objeto y entorno, especialmente del color. Los animales depredadores, los diseñadores de moda, los publicistas o el “ojo clínico” médico son algunos ejemplos de agudeza visual profesional.

La vista en el hombre es dominante sobre los demás sentidos. Nos proporciona un observatorio alejado del peligro, con distancia de seguridad. Para degustar o tocar un objeto, potencialmente peligroso, se requiere contacto. El olfato y el oído no codifican imágenes. Solo la vista ofrece la mejor panorámica del entorno.

La vista ha dado una categoría superior a los seres humanos, capaces de llegar a dar sentido conceptual a lo que ve. Después de “mirar”, el hombre cierra los ojos para soñar, pensar, imaginar, abstraer, formar metáforas, comparar e identificar. Es capaz de evocar y relacionar una lesión clínica que ha llegado a conocer, en un enfermo o en una fotografía, con el “paisaje” de otro enfermo. Es clave en el diagnóstico clínico. Confiamos tanto en la vista que se reta a cualquiera con la indiscutible afirmación: ¡lo vi con mis propios ojos! Este concepto de evidencia, está tan arraigado en Clínica que es uno de los fundamentos de la moderna “Medicina basada en la evidencia”.

Debido al procesado cerebral de las imágenes por cada persona, caben diferentes interpretaciones. Por eso en Medicina la visión se reafirma con pruebas como fotografía, ecografía, microscopía,…Entonces la evidencia es inapelable.

El color

Todos los componentes (luz, forma, tamaño y color) percibidos por el sentido de la vista están integrados. Cualquier alteración de los órganos visuales que afecte a un factor, altera todo el proceso. Pero en esta serie de artículos centraremos la atención en el color.

Sin embargo, el color como tal no existe. Pero somos unos románticos y nos resistimos a admitir que ni las flores ni el césped tienen colores. Tampoco el plumaje del pavo real, los ojos y el pelo de la gente o los objetos que nos rodean.

¿Entonces cómo explicar lo que vemos? Unas moléculas, como el agua, difractan la luz en ondas de diferente longitud. Otras, como las de pigmentos biológicos o tintes industriales, reflejan la luz con distinta longitud de onda. Pero las ondas no tienen color. En ambos casos, es la retina la que capta y el cerebro el que traduce las ondas luminosas a su color correspondiente, sea el arco iris o cualquier color dominante

 ¿Qué pasa, “alucinamos” en colores? Algo parecido, porque es nuestro cerebro el que, según la longitud de onda luminosa que le llega, “ve” subjetivamente el color correspondiente. Significa que podemos medir instrumentalmente la longitud de las ondas, pero los colores son interpretaciones cerebrales. Así se explica la distinta percepción del entorno y su importancia en Medicina.

 Sin embargo simplificamos el discurso asignando el color a los objetos y hablamos de:”es de color…” o “tiene un color…”. En cuanto a matices se acepta que  “Cada uno lo ve según el color del cristal con que lo mira”.

 Estamos tan inmersos en el mundo coloreado, que solo reparamos en los colores cuando cumplen su papel biológico. Esto es, contrastan alertando de una compensación, un peligro o afectando al ánimo.

 Esta atmósfera de colores modula la Medicina ofreciendo contrastes llamativos. ¿Luz o color, desde cuándo? ¿Importancia social o clínica? ¿Causa o consecuencia médica? ¿Interés teórico o práctico? ¿Ciencia o arte? Se intentará ordenar este “colorido” campo en los

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Médico. Universidad Complutense de Madrid

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